La borrachera

1284 Palabras
Salimos en bici por la ribera del río. Íbamos a acampar a las afueras del pueblo. Vimos los banqueos gigantescos. Muchos empresarios compraron grandes extensiones de mangas para sus emporios económicos. Había máquinas cavando la tierra. Escuchábamos el rugido metálico de es­tos artefactos que dejaban el aire pesado, con partículas de óxido. Como sucede en un viaje de avión, al llegar al lugar de destino, sin transición, el paisaje golpea al ojo. Algo pa­recido ocurría con la ribera del río. De la noche a la mañana surgieron grandes edificaciones con chimeneas que deja­ban una densa capa gris en el aire. Al tiempo, las retroexca­vadoras profanaban el silencio de la montaña, anunciaban la llegada del progreso, la mafia de la publicidad, las ocho horas laborales, la venta y compra de tierra para viviendas de interés social, la fuerza burocrática de empresarios, las diversiones rutinizadas, las lecturas seleccionadas, el paseo de los domingos, las reuniones sociales alrededor del tele­visor, las partidas de naipes, los lunes, los marzos, los años y la enajenación. Las retroexcavadoras eran como cuchillas de afeitar tasajeando la piel de la montaña. Nos alejamos de los banqueos y el ruido de las máquinas no cesaba. Subi­mos por una carretera destapada rodeada por búcaros. En el suelo se veían las flores como un tendido naranja. Deja­mos las bicis en un lugar seguro. Luego caminamos hasta el lugar que había descubierto Carlos. Allí manifestó que deseaba que le robáramos a su padre. Tal vez así se diera cuenta de que la familia era más importante que el dinero. Rubén respondió que pensáramos mejor las cosas. Ante esto, Jairo refutó a Rubén y ambos se expresaron palabras fuertes. Tanto que intentaron golpearse. ―¡Alto! Si se van a cascar que sea lejos de nosotros ―dijo Carlos en voz alta. ―Carlos, espero que no me mal intérpretes, pero creo que lo del robo es muy complicado. ¡Imagínate si nos des­cubren! Esto no es una travesura ―precisó Rubén sin qui­tarle la mirada a Jairo. ―Creo que lo mejor es que por hoy dejemos las cosas así. Después hablamos lo de mi padre ―concluyó Carlos algo molesto. ―Listo, ya es hora de que empecemos a armar la carpa ―manifestó Fabio y con agilidad empezó a unir las varillas. Rubén y Jairo, pese a la resistencia, fueron por leña e hicieron el fuego. Pasadas unas horas, Jairo sacó de su bolso media de aguardiente (o tapetusa) que fue destilada en al­gún lugar oculto de la montaña. Nos tomamos el primer trago. Sentí que me quemaba la garganta y me quedé unos minutos intentando apagar el ardor con saliva. El licor lo destilaban los campesinos en lo inhóspito de la montaña. Buscaban lugares inaccesibles donde no llegaba la policía. Luego, bajaban y repartían el licor en puntos estratégicos. Este licor era de mejor calidad que el oficial y mucho más económico. Por eso era ilegal y el Estado creó un decreto que restringía su distribución. Solo se permitía la venta a las empresas autorizadas. Dudé en tomarme el segundo trago, pero ya todos se lo habían tomado, así que cerré los ojos. Sentí que tragué un tizón encendido. Vi la cara roja de Fabio que aguantaba las ganas de llorar y para no hacer lo mismo dije que iba al baño. Me alejé lo más que pude y vi que Jairo estaba vomitando. Jairo se hizo el fuerte y afirmó que no era nada grave. Cuando él se fue empecé a vomi­tar. Al volver vi que Carlos y Fabio se alejaban. Jairo y yo sabíamos a lo que iban. Dudamos en tomar el otro trago. Sentí que esa era mi oportunidad de demostrar que era el más hombrecito, así que sin dudarlo alcé la botella. Carlos, para no sentirse menos, hizo lo mismo. Igual Jairo, Rubén y Fabio. Bastaron unos minutos para que todos al tiempo, sin poder evitarlo, vomitáramos. Lo sorprendente fue que al cabo de un rato no lográbamos sostenernos en pie porque estábamos borrachos. ―Creo que la cabeza me da vueltas ―dijo Fabio. ―Y se vuelve uno volteretas a la vuelta de la esquina ―respondió Rubén. ―Rubén, te quiero mucho y te respeto. Aunque eres insoportable ―declaró Jairo. ―Ja-ja-jairo. Tu nombre es una carca-cajada. Escucha: jajaja…ja, ja, ja… ―dije. ―Vueltas y la cabeza no se detiene, mira, los árboles se mueven. ¡Ah!, Carlos, tienes cabeza de vaca ―manifestó Fabio. ―Y tú pareces un topo con dientes de ardilla y cerebro de lombriz. Eres un echacuervos, un ratón con gafas y un pan deforme… ―¡Ah, Dios, las vacas hablan! ¡Mira!, Rubén parece un gato… miau… miau… ―dijo Fabio mientras se llevaba las manos a la boca para contener la risa. Continúo dirigién­dose a mí― ¡Florentino está enamorado! Y tiene cara de oso perezoso. ―Sabes una cosa, Florentino, eres muy inquietante. Sien­to que estás en una nube de cristal. Debes creerte la historia con esa niña. ―Eh… Rubén… y… bue-bueno… es que me cuesta acercarme a las mujeres. Ven, dime: ¿cómo te va a ti con las chicas? ―Las mujeres son como un partido de fútbol. Sabes, todo puede pasar en el juego. ―No entiendo, es que-que no juego fútbol. ―Bueno… eh… yo creo que uno no debe demostrarles que está chorreando la baba. ―Y eso, ¿cómo se relaciona con el fútbol? ―Bueno, te explico, en los partidos uno piensa una es­trategia. Vea, es bueno observar cómo juega el otro para po­der verle sus puntos débiles y ya sabes, anotar el gol… ―¡Cuál! No seas iluso Rubén ―tomó la palabra Jairo―, si te quedas quieto llega otro y tíquili y queda usted mirando el chispero. ―Sí, un chispero que lo deja con la boca abierta. ¡Ay!, en mi cabeza hay muchas vueltas y me mareo. ¡Qué vuelta! ―Estás borracho Fabio ―continuó Carlos―, nada de ridiculeces. Las mujeres lo que necesitan es un hombre de­cidido. Yo no le daría tanto rodeo al asunto. La tomaría y ya. ―La to-tomaría ¿Cómo un refresco? ―O como un toma corriente ―precisó Rubén. ―Ah… o la toma del brazo y la chupetea y le dices “toma nena” ―agregó Fabio. ―Florentino, o le das un coscorrón ―complementó Ru­bén. ―O un ron de cosco ―continuó Fabio―. Jajaja... Ah… y la invitas a tomar ron y le dices: “ Te cosconozco”. O si quieres le preguntas: ¿Tú cosconoces a Jajaja… Jairo? ―El amor es una enfermedad que no se cura y si te curas procura curar el corazón porque si no, ni el mismo cura te puede curar, pero si te curas puedes del amor aliviar ―adujo Rubén. En la madrugada nos despertaron los reflejos de algunas lámparas. Fabio que tem­blaba. Carlos le indicó que no hiciera ruido y luego, con tierra extinguió lo poco que quedaba del fuego. Rubén y Jairo se alejaron fueron averiguar quiénes eran. Identificaron a Ramiro y a sus amigos que llegaron hasta la base de un árbol. Dos de sus compinches empezaron a cavar. Después sacaron una caja grande y extrajeron una bolsa. Volvieron a esconder la caja. Cuando se marcharon, Jairo y Rubén fueron hasta el agujero que estaba otra vez cubierto. Fabio, Carlos y yo nos acercamos. Entre todos abrimos la caja. Encontramos armas. Jairo tomó una y la guardó sin que lo notáramos. Devolvimos la caja a su escondite. Solo el rugido metálico de las retroexcavadoras, a lo lejos, interrumpía el silencio.
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