Solía sentarme en la cama con una taza de café y un cigarrillo para intentar ordenar las ideas. Algunos días mi cabeza era un cuarto desordenado. Los pensamientos, cosas tiradas en el piso, unos sobre otros. Si buscaba alguno era imposible y esto me sumergía en la tristeza. Logré identificar que ese caos lo originaba el miedo. Intenté buscar el temor.
Recuerdo que mi primer miedo, del que no me libro por completo, era enamorarme. Me aterraba y lo anhelaba. Imaginaba la compañera que me hiciera sentir menos triste y a los minutos me aburría sin remedio. Sin embargo, fantaseaba con besarla en un acto religioso. Claro que en un lugar para los dos, porque no me atraía la idea de sentarme en un parque y exhibir el amor como una prenda de vestir de última moda. Me indisponía ver a aquellas parejas que se besaban con las manos y las piernas como si les faltara aire. ¡Ah, a lo que hemos reducido el arte de besar! Pues el beso debe ser pausado y tranquilo para que exprese lo que las palabras insinúan. Debe ser un ritual y no un espectáculo de circo barato. Debe ser un acontecimiento estético que erotice el espíritu y produzca ese mareo comparado a la ebriedad del vino. Pero no, las parejas en los parques se besan como si tuvieran hambre y quisieran comerse el banquete del cortejo de un bocado. Como si ese beso fuera el único y el último de sus vidas. Como si se les fuera la vida y con ella la oportunidad de volver a besar. Si es así, estamos perdidos porque eso evidencia la incapacidad de sentir a conciencia. Y si no podemos vibrar con la magia de un beso porque nos puede el instinto… ¿Qué será del amor? Tal vez un recuerdo de algunos o una moda en desuso para los más civilizados, los que se creen avanzados. Cuando hablo de civilizados me refiero a los que aman la tecnología, pero sin ella parecen cavernícolas: jauría de tristes devorándose los unos a los otros. Quisiera no reflexionar sobre el asunto, y cuando veo esos espectáculos siento repudio.
Pero al pensar en Carolina volvía a reconciliarme con los besos. Recordaba la suavidad de sus labios. En sus labios los míos eran como un ave que abría las alas y surcaba el cielo de los suspiros. Volaba hasta el árbol de su rostro y entre los ramajes de sus mejillas mis labios se posaban con las alas abiertas para sentir el viento dulce y cálido que nacía en sus fosas nasales. Recordaba las veces en que nos sentábamos en las bancas que estaban cerca del restaurante del colegio y ella me abrazaba, sin prisas, sin tiempo, en un beso lento.
Con ese recuerdo intentaba dormir. Pues mis pensamientos divagaban con la imagen de las armas. Mis pensamientos arrumados en la sombra de mi cabeza. Mis pensamientos alterados y desordenados. Mis pensamientos casquillos de balas dispersos en el suelo. Era la primera vez que veía armas y trataba de hacerme a la idea de que era un mal sueño. No quería hablar de ese tema, pero Jairo… Ah, las anhelaba y propuso investigar a quién le pertenecían. Para tranquilizarme pensaba en Carolina. Sin embargo, después de sumergirme en las tierras de los sueños con la imagen de la amada, apareció Rubén con un agujero en la frente. Él lloraba y sus lágrimas se mezclaban con sangre. En sus pies un arma saltaba, con vida propia, rondándolo y de vez en cuando se escuchaba el estruendo de un disparo.
Me levanté de la cama sobresaltado. El cuarto estaba a oscuras. Dije el nombre de Carolina varias veces. Afuera un búho ululaba, sin parar. El ulular era semejante a una ambulancia. Tal vez era el búho una ambulancia que venía por el sueño donde Rubén agonizaba. Una ambulancia de lo onírico que viajaba en la noche en busca de los sueños heridos. A los minutos el búho se silenció y la lluvia se precipitó. Sobre el techo las goteras como balas de una ametralladora. Me introduje en las cobijas y en posición fetal pronuncié el nombre de Carolina hasta que se hicieron dulces los labios.