El baile estaba programado para el fin de semana. Pensé quedarme en casa porque no sabía bailar. Años atrás mi madre intentó enseñarme y desistí porque afirmó que en vez de bailar parecía con ganas de ir al baño. Esa misma noche mi madre organizó una fiesta. Tal vez se sentía sola desde la partida de papá, pues en los últimos días hablábamos lo necesario. Además, tenía un nuevo trabajo como ama de llaves. El tiempo libre lo dedicaba a las flores, a los oficios de la casa y a jugar dominó con sus amigas. En las noches de los viernes o sábados escuchaban música de los años sesenta, tomaban ron con Coca-Cola y reían a carcajadas. Por ello, era más sensato salir. Sus amigas no me gustaban porque siempre parecían felices y en vez de reír ladraban. Igualmente, solo me determinaban cuando mamá estaba cerca. De lo contrario me evitaban. Claro, no todas eran unas brujas. Sería injusto con Maricela. Ella tenía dos hijos, era delgada, de cabello rubio y ondulado. Me gustaba verla a distancia.
Salí y a unas cuadras me encontré con Carlos que iba en su bici. Nos saludamos. Me senté en la barra. Él puso sus manos en mis hombros y llevé las mías al manubrio. Era una noche estrellada. Vi una estrella cuyo resplandor me atraía. Alrededor otras más pequeñas intensificaban su brillo. Era hermosa. Se la indiqué a Carlos. Él dijo que cada uno de nosotros tenía una estrella en el cielo. Tal vez esa era la mía. Sonreí y sentí el viento en la cara.
En la portería del colegio estaban Jairo, Rubén y Fabio. Después de saludarlos dejamos la bici apoyada en un poste. Entramos al patio principal donde había colgada una farola en forma de balón. Era lo último en luces para fiestas estudiantiles. Al parecer, el hijo del rector la consiguió en la ciudad. La farola giraba y pequeñas luces se proyectaban en todas las direcciones cambiando del tono amarillo al rojo o al verde. Al tiempo que las luces iban y venían en la mitad del patio, la mayoría de estudiantes bailaban y gritaban. Seguían una especie de coreografía liderada por algunos amigos del hijo del rector (por esos días iniciaba el furor de la música americana), a intervalos cambiaban de música.
Al cabo de unos minutos empecé a sentirme mareado. Por ello, les dije a los de la sociedad que respiraría un poco. Empezó a incomodarme la música, los gritos y la manía de los estudiantes de levantar las manos al unísono. Eran chimpancés pidiendo bananas. Me alejé con la intención de marcharme. Cuando iba a cruzar la puerta me encontré con Carolina quien me sonrió y me llevó de la mano hasta la mitad del patio. Me invitó a bailar. Respondí que no quería. No le importó.
En la pista de baile Carolina empezó a mover las caderas al son de un merengue mientras yo intentaba seguir los consejos que recordaba de mi madre. La clave estaba en sentir la música y dejarse llevar. En caso de no encontrar el ritmo bastaba con mirar los hombros de la mujer. Miré los hombros de Carolina pero no me decían nada, y ¡trácate! Pedí disculpas.
Carolina salió detrás de mí. Al cabo de unos metros me alcanzó. Sentí el quemón en el estómago. Intenté decirle que se alejara porque cuando me ardía la panza no era un sujeto de fiar, pero ella me abrazó con tal dulzura que el ardor disminuyó. Me dijo que no me preocupara. La abracé.
Vi un alboroto. El hijo del juez, íntimo del hijo del rector, estrujó a Fabio porque invitó a bailar a una niña. Fabio se quedó quieto y observó cómo la niña se alejaba. Luego, Ramiro y sus compinches rodearon a Fabio. Jairo intervino. Más tarde llegaron Rubén y Carlos. Le dije a Carolina que tenía que irme porque me necesitaban. Ella intentó detenerme. Al final aceptó. Al llegar vi a Jairo frente a Ramiro.
―No tenían que estrujar a Fabio. Al que está quieto no lo molesten o llegará el momento en que alguien les enseñe a respetar.
―Jajaja… ¿Ustedes nos enseñarán a respetar? Espera me río de nuevo… jajaja… es lo más gracioso que he escuchado. ―Expresó Ramiro con la frente casi pegada a la frente de Jairo, y en tono amenazante continuó―. Si se sienten muy guapos porque no vamos hasta “Los tanques”.
―Bueno, no es mala idea ―manifestó Jairo algo socarrón y provocativo. Ramiro estaba con siete amigos. Eran más que nosotros y más corpulentos. Jairo parecía sereno y nosotros temblábamos, hasta a Carlos que era el más fuerte se le resbalaban las manos del manubrio de la bici. Llegamos a “Los tanques” y Ramiro y sus compinches nos rodearon.
―Ah… miremos la situación. Son cinco y nosotros ocho. Pero de esos cinco hay tres hombres y medio, así que no sé cómo van hacer para que nosotros nos traguemos las palabras, partida de imbéciles ―agregó Ramiro mientras sacaba una navaja al igual que sus amigos.
―El problema es que hablas mucho. Ya van dos veces que te veo correr ―contestó Jairo sin moverse mientras nosotros, que no teníamos ni un cortaúñas, temblábamos. Miré al cielo en busca de mi estrella antes de la inevitable golpiza. Estaba cubierta por una nube. Los amigos de Ramiro reían.
―¡Enseñémosle a estos retardados quiénes somos! ―gritó Ramiro al tiempo que Jairo alzó una mano sobre la cabeza con el dedo índice apuntando al firmamento y se escuchó ¡Bunnn! ¡Pum! Era un disparo. Ramiro y sus amigos se quedaron paralizados.
―Mira, cabrón, esta es la última vez que se meten con alguno de nosotros ―dijo Jairo mientras guardaba el revólver. Ramiro y sus amigos, desconcertados, se fueron.