Los pasos para ser invisible

1971 Palabras
Estiré las manos para espantar el sueño. Luego, fui a la cocina para hacerme el desayuno. Me bañé, me puse el uniforme y recogí unas monedas que mi madre dejó sobre la mesa. Antes de salir me di un último vistazo en el espejo. Arrugué el entrecejo e indagué en mis pupilas. Estaba me­lancólico. Pensé que fui injusto con Carolina y debí que­darme con ella. También estaba asustado por la actitud de Jairo. Asimismo, empezaba a dudar de la sociedad que ha­bía formado. Tal vez Rubén tenía razón desde el principio. Todos los de la sociedad éramos donnadies por nuestra aptitud. Quizá por nuestros postulados filosóficos estába­mos destinados a crecer al margen de la élite a la que per­tenecían los hijos del rector y el juez. De pronto para no­sotros el destino era una ley a cumplir que decía que éra­mos la clase obrera emergente, los que trabajarían para los futuros empresarios y políticos, los que ya nos trataban como subordinados. Sin embargo, me vi en Fabio. Por ello la sociedad era una oportunidad, porque no nos ajustábamos a los pa­rámetros de la política progresista del comercio y a la ley del destino. Por eso nos agrupamos, para crecer al margen, como una sombra. No obstante, me asustaba Jairo y su manía por las armas. Es verdad que anhelaba un cambio, mas no por esa vía. “El que a hierro mata a hierro muere”. Aunque la ofensa a Fabio se pudo saldar gracias al acto heroico de Jairo. Sin él y su revólver hubiéramos recibido una paliza. No sabía qué hacer. La sociedad era todo para mí, y también se estaba convirtiendo en algo peligroso. Debía, lo sentí en el corazón, cambiar el rumbo de las cosas. Pero no encontraba cómo. Pensaba en Fabio. Imaginé que el rechazo fue para él como una daga en el pecho y sufría. Era muy probable que recordara sus fantasmas: su padre, su madre y su nana. Luego experimentaría la angus­tia de saberse menos que los otros. No era fácil. Busqué frente al espejo un rayo de luz en mis ojos que me alegrara un poco. Un destello que me permitiera aclarar mi situa­ción. Nada. No sabía si enojarme o celebrar los actos de Jairo. También me identificaba con Fabio. Estaba en blan­co. Necesitaba encontrar una señal que me dijera que no todo era gris, que era posible hablar con Jairo, que lo de Fabio no era tan grave. Pero no había luz, más bien los ojos estaban opacos. Afuera el viento movía los arbustos y uno que otro transeúnte cruzaba la calle. El frío era intenso y los vidrios de las ventanas destilaban gotas de agua. En definitiva estaba ante un día gris, uno de los tantos días que me dejaban sin energía. Los días del donnadie. Los días del rechazo. Los días en que estás inmerso en el paisaje sin que te determinen y a la hora de dormir descubres que no hay recuerdos que valgan la pena. Solo hay soledad y abando­no. Los días en que con la luz difuminada por las nubes vas como un autómata entre autómatas, encorvado, rumbo al olvido. Si hay una imagen para graficarlo sería la de una burbuja de jabón por la fugacidad y por el olor. A eso hue­le un día gris: detergente y pantano. Es lo único que hueles y entre más lo respiras más son las ganas de llorar. Claro, no lloras, no puedes porque los hombres no lloran, pero si te atrevieras sería una liberación porque en esos días nadie te conoce. Hagas lo que hagas da igual. Son días para el propio abandono, el propio abismo. Bien se podría tachar­los en el almanaque sin remordimientos porque en ningu­na de sus horas pareciera figurar alguna vivencia digna de rememorar. Por lo regular en los días grises suelo llevar, la mayor parte del tiempo, las manos en los bolsillos y de vez en cuando pateo piedritas en la calle. Son días en que el cielo está cubierto de nubes y uno es una especie de cifra en un tablero repleto de números, un anónimo entre anó­nimos, un nadie entre transeúntes, un hueco que sufre, un rechazo evidente, un Fabio con la mirada ausente, un olvi­do del libro que leerán las próximas generaciones. Respiré lento y supe, en el reflejo opaco de mis ojos, que estaba ante ¡un día gris! Fue cuando vi que no todo era tan gris y podría aprovecharlo. Es decir, encontré una forma de identificarme con Fabio partiendo de su dolor. Pensé en las infinitas experiencias que se pueden vivir si se es cons­ciente de ello. Si se observa bien, en los días grises uno es el ente, el abismo, el abandono, el rechazo, el peregrino invisible. Eso era un hallazgo. Por ende, me fascinó la idea de no figurar, de no ser tomado en cuenta para ser nom­brado en alguna página del libro de la Historia, de ser una especie de hombre invisible sin necesidad de ingerir póci­mas mágicas, el donnadie incapaz de trabajar en una em­presa, el abismo. Me entusiasmó encontrar que podía apro­vechar esa invisibilidad y actuar desde el escalón más bajo, el lugar de los marginados. Pues nadie ve lo que no le inte­resa y si lo ve se hace el de la vista gorda. De ahí la ventaja. La clave estaba en sentir lo mismo de siempre pero con un propósito. La idea era canalizar las sensaciones. Por ello era necesario seguir con el mismo deseo de no abrir la boca, respirar lento y saberse nadie. Esos tres pasos eran fundamentales. ¡Cuánto se podría! Volví a arrugar el entrecejo y me alegré. Esta vez vi mi melena rebujada, más de lo habi­tual. Para remediarlo, con las yemas de los dedos, milimétricamente, fui acomodando los rulos. Quería una despei­nada no muy escandalosa, a la medida, en el punto exacto. Pretendía aparentar despreocupación, aunque sin perder la pulcritud que me caracterizaba. Ambicionaba verme bien, y sin llamar la atención. Estaba alegre con el hallazgo y salí de casa con la determinación de aprovecharlo. Lo primero que hice fue evitar los saludos. Para ello debía ignorar a los que me encontraba. Lo segundo fue respirar lento y cami­nar a un paso moderado. Lo tercero era no hacer algo extraordinario que despertara interés. Así que caminé hasta el colegio con la mirada al frente. El frío era denso y los otros no lo percibían. Andaban con sus abrigos, sus bufandas, sus zapatos lustrados y con parches, sus loncheras, sus cua­dernos… sin estremecimientos. En cambio a mí el frío me dificultaba caminar o concentrarme. El aire parecía escar­cha y todo el pueblo era una nevera. Llegué al salón. Bus­qué mi cuaderno de artística donde hice un bosquejo de autorretrato. Con un borrador desdibujé una de las líneas del rostro antes de empezar la primera clase con Mondri, el de aliento insecticida. El cielo seguía gris. Escuché la voz del general que me dijo que saliera al tablero. Resolví el ejercicio. Luego volví a mi silla y seguí mirando el firma­mento. Cuando escuché el campanazo, ¡talán, talán!, que anunciaba el descanso, salí de último. Ese día no quería ver a ninguno de la sociedad, tampoco busqué a Carolina. Ellos se alejaron, no obstante quedamos de encontrarnos en la tarde en una tienda para hablar del arma. Carolina, afortunadamente, estaba resfriada y no asistió al colegio. Sonaron de nuevo las campanas. ¡Talán, talán! Camino a casa, con la mirada en frente, me encontré a un grupo de ancianas. Quise evadirlas. Al instante pensé en filtrarme entre ellas sin que se percataran de mi presencia. Si funcio­naba, había encontrado un método eficaz para darle utili­dad al abandono y la tristeza. Me ubiqué a un lado del gru­po de ancianas. Algunas me observaron y como seguí sin determinarlas escuché que hablaron algo entre ellas y des­pués de una cuadra me ignoraron. Poco a poco me fui acercando. Encontré el cuarto paso y era pensar que nadie me veía. Para ello, visualicé una nube gris que ascendía des­de los pies hasta la cabeza. Reviví mi tristeza, mi yo infe­rior, la angustia… Lo interesante era que entre más me concentraba la sensación de vacío era perceptible. Era como si el abandono, el rechazo, la marginalidad fueran una realidad inexplorada. Me entregué, sin resistencia, sin autocastigarme, sin culpas y me encontré sin tristeza ni ale­gría, sin abandono ni anhelos. Iba simple, sin deseos. Era, sencillamente. Estaba ante algo más grande que mis lími­tes. Seguí respirando. El frío desapareció y los sonidos de la naturaleza eran agudos. Los pájaros, el ladrido de los perros, el rumor de un arroyo que pasaba cerca, las voces de los transeúntes y de las ancianas. Mágicamente, durante el trayecto ninguna de las abuelas se fijó en mí. Entendí que entre la gente se puede ser invisible si se aplican los cuatro pasos: evitar saludos, respirar lento y caminar mo­derado, no hacer nada extraordinario y entregarse al aban­dono para visualizar una nube gris que cubre el cuerpo. Había descubierto un método para ser parte de todos. Lo que me inquietaba era si lo compartía con el resto de los muchachos, debido al último suceso. Fui a buscar a los chicos. Al llegar a la tienda pedí una aromática, y decidí aplazar lo mío ante la preocupación de Rubén, quien contó que Efraín, el hermano de Ramiro, le preguntó sobre si nosotros teníamos armas. De fondo so­naba una canción de los Cuyos. Rubén estaba asombrado porque Efraín, después de que lo echaron de la fábrica, era la primera vez que le dirigía la palabra. Sin embargo, no había rencores. La lluvia menuda empezaba a caer. Efraín concluyó que de enterarse de que teníamos armas ya no se­ría tan bondadoso. A Rubén se le hizo un taco en el pecho. Lo único que pudo expresar era que el arma la tenía Jairo, que no sabía de dónde la sacó. Pero de no ser por ella, Ramiro nos hubiera hecho un daño considerable. Efraín sonrió. Manifestó que él arreglaría con su hermano si no­sotros nos alejábamos de las armas. De lo contrario podría suceder un malentendido. Rubén preguntó a qué se refería con “un malentendido”. Efraín sonrió. Rubén quedó pen­sativo. Después de referir ese episodio, nos miró a todos. Jairo sonreía. Fabio miraba por la ventana. ―Jairo, dinos la verdad ¿de dónde sacaste esa arma? ―Rubén, no te pongas aguafiestas. Eso no es de impor­tancia. Bueno, la saqué ese día de la caja que encontramos. ―¡Dios santo! ¿Qué vamos hacer? ―expresó Fabio mientras llevaba las manos a su cabeza. ―¿Por qué Efraín está tan interesado en las armas? ―preguntó Jairo. ―Creo saber el porqué ―tomó la palabra Carlos―. Hace unos días escuché a algunos de los trabajadores de mi padre que mencionaban a ciertos hombres que salían en las noches y cuidaban las fincas. Pues desde hace un tiempo hay rumores de unos guerrilleros que están robando y los finqueros conformaron un grupo para defenderse. No sé. ―¿Qué tiene que ver eso con la caja? ―preguntó Jairo. ―Puede ser que Efraín sea parte de uno de los dos grupos. ¿Cómo se explica la presencia de Ramiro en aquel lugar? ―respondió Rubén. ―Creo que es mejor desaparecer esa arma y olvidarnos del te-tema por unos días. Y bueno… podemos centrarnos más en nosotros. Descu-cubrí algo importante. Pero solo se los comparto si de aquí en adelante nos olvidamos de las armas. ―Está bien, Florentino. Tienes razón. Ocultaré el arma. Admito que es mejor por ahora. ¡Qué frío hace! Bueno… eh… no pueden negar que estuvo regio lo del disparo. ¡Esa expresión de Ramiro! Creo que ese huevón se hizo pis en los pantalones.
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