Carolina entraba en mi habitación y danzaba como una serpiente. Se aproximaba. Veía sus senos que le decían a mi boca ¡ven! La abracé con todo el sentimiento. En la espalda sentí un escalofrío, un estremecimiento y desperté con una sustancia viscosa en el vientre. Cerré los ojos para encontrarme de nuevo con ella, pero hallé un sinfín de imágenes que se sobreponían unas a otras, sin ilación, sin inicio ni final.
En la mañana mi madre me despertó jalándome las cobijas. Intenté decirle que me dejara dormir otros cinco minutos:
―¡Muchachito, es hora de ir al colegio!
―Ehhh… ehhh… todavía hay tiempo. Espera un momentico, uno cortico…
―No señor. ¡Siempre es lo mismo! Para levantarlo hay que pelear con usted. Así que arriba… A ver… ¡Arriba! ¡Florentino! ¡Cuántas veces le he dicho que no se sacuda la nariz en el saco!
Después de las clases, los de la sociedad entramos a una cafetería que administraba Maricela, la amiga de mi madre. Pedimos café con pan. Rubén le pasó una nota a Fabio. Carlos intentó interceptarla y Fabio gritó. Las demás personas miraron y Carlos, con los cachetes colorados, trató de ignorarlo. Fabio se reía.
Jairo preguntó por el hallazgo. Sin dudar expliqué los pasos para ser invisibles. Carlos aseguró que con ellos era un hecho el robo a su padre. Estaba empeñado en el asunto. Parecía no importarle que ahora Efraín nos tuviera en la mira. Jairo, en silencio, se rascaba la cabeza. Fabio y Rubén se limitaron al café y el pan.
Cuando Carlos iba a tomar la palabra entró Carolina y se paró frente a mí. Estaba pálida y tenía los párpados hinchados. Les pedí a los chicos excusas. Salí con ella y nos sentamos en la acera. Con la voz quebrada, como si las palabras le dolieran, me preguntó si la quería. Le respondí que sí. Ella lloró. Me sentía extraño. No entendía. Ella me hizo prometer que no la olvidaría. De pronto, como un golpe en la cara, confesó que se marcharía del pueblo. Se iba con la familia. Se llevó las manos a los ojos. Puse una de mis manos sobre uno de sus hombros y lloró. Un señor se sentó en frente esperando a que yo agrediera a la muchachita para él defenderla. Carolina me dijo que la abrazara con fuerza. Lloró. Luego me besó lento, casi sin mover los labios. Saboreaba la sal de sus lágrimas, se me ocurrió decirle que nos viéramos en unas horas. Ella dudó; prefería que dejáramos la despedida así, sin más drama. Insistí.
Corrí a mi casa y llené mi cama de pétalos de flores. Quería hacer el amor con ella para recordar su cuerpo en la distancia. Anhelé ese encuentro para hacerme a la idea de que ella no estaría. De un momento a otro todo cambió. Pasé de alegre a triste, de inventor de métodos de invisibilidad a mendigo de afecto. Me bañé. Me perfumé y me senté en la sala a esperarla.
Pasaron los minutos, la media hora, la hora y ella no llegó. Sentí el ardor en el estómago y con rabia tiré las flores a la basura. Grité de impotencia, de soledad, de rabia. Me dije que nunca más me volvería a enamorar. El amor era una desgracia. Cuando más se amaba más se sufría, cuando más seguro estabas del otro, más fugaz era. Cuando bebías la miel del amor también era necesario beber el ácido del desencuentro. No entendía por qué. Quería solo la miel del amor. Era injusto.
Salí de la casa en bicicleta y pedaleé con todas mis fuerzas. Imaginaba estrellarme contra lo que fuera para no sentir más esa opresión. Pasé por el parque sin saludar a los chicos que cruzaban una calle en sus bicis. Ellos cambiaron de ruta y me siguieron. Pedaleé y me vi más allá de los banqueos para las nuevas empresas.
Llegué a una vía muy curva, en bajada, que conducía a una hacienda cafetera. Atrás iban los chicos y apenas tocábamos los frenos. Rubén gritaba. Carlos se inclinó para ganar velocidad. Jairo y Fabio se me adelantaron.
En una vuelta Fabio intentó pasársele a Jairo y se desvió del camino. Se introdujo por un rastrojo y su bici se estrelló contra un alambre de púas. Fabio pasó por encima del cerco y cayó en un potrero. El chico se levantó al instante y reía. Decía que voló como un pájaro. Mientras, Carlos y Jairo sacaban la bici, Rubén y yo verificamos que Fabio no tuviera fracturas. Estaba perfectamente, excepto un raspón en la mejilla. En ese instante me olvidé de Carolina. Respiramos y Rubén le dio una botella para que sorbiera un poco de agua. Fabio bebió, y el agua salió rojiza por la mejilla. Rubén gritó y Fabio empezó a llorar. Jairo lo tranquilizó mientras Carlos alejó a Rubén.
Fabio se puso en la mejilla un pedazo de papel higiénico y Carlos se acomodó la bici en la espalda. Caminamos. Estábamos estupefactos. Ninguno hablaba. Fabio pudo morir o cualquiera de nosotros. Excedimos el límite de velocidad. Cuando la sangre estancó Fabio se montó en la barra de mi bici y nos dirigimos hacia su casa. Jairo, Rubén y Carlos se alejaron. Pensé que eran unos cobardes. Además, ellos fueron los que me siguieron. Pensaba en justificaciones para compartir la culpa que ahora se sumaba al desamor.
De pronto, vi la calle en la que vivía Fabio y empezaron a temblarme las piernas. Imaginar la escena con la madre de Fabio explicándole el accidente me quitaba el aliento. A Fabio le empezó un hipo. Para menguar el susto le dije que todo iba a salir bien y que estaría con él hasta al final. Él sonrió y se alegró.
Al llegar a su casa vi su bici estacionada al lado de la puerta. Le di la mano y le dije que tocara. Apenas dio la espalda empecé a pedalear con todas mis fuerzas. En lo único que pensé fue en mi lugar predilecto: el árbol de mangos.
Pasé la bici por encima del cerco. Luego la llevé en la mano hasta el árbol. Ascendí hasta una rama donde podía recostarme. Empezaba el ocaso y escuché un batallón de pájaros que animaban la tarde. Vi cómo un aguilucho perseguía a otra ave más pequeña. Con gran agilidad, en el aire, la atrapó. El sol tenue y naranja alumbraba las plumas del ave que se posó en un árbol sin hojas. Al lado suyo había otro aguilucho. Algunos rayos dieron su último resplandor al tiempo que se escuchaba el croar de las ranas. Al ver las aves evoqué a Carolina y lamenté su partida. Estaba de nuevo solo. Volví a sentir el ardor en el estómago. Para apaciguarlo pensé en lo bello de la relación. La recordé recostada en mi cama. También cuando nos besamos por primera vez. Me quedaba la electricidad de sus labios en los míos, el recuerdo de mi boca en su boca. Nuestras bocas eran peces de luz que alumbraron la soledad de la adolescencia. El beso eléctrico bombeaba nuestros corazones y entre los latidos ella guardó mi recuerdo y yo su manilla.