El sonámbulo

1276 Palabras
De niño era sonámbulo. Mi padre, ignoro el cómo, me encontraba y conducía de nuevo a la cama. Él empezó a investigar sobre las causas y descubrió que me afectaba la luz. También fue donde Domitila, quien le recomendó que me hiciera durante tres noches un baño con ruda, me­jorana, leche y sal. Esa fue la primera vez que la vi. Ella sonrió y me miró a los ojos. Le quité la mirada y abracé a mi padre. Ella afirmó, como una sentencia, que así como los arroyos desembocaban en los ríos y estos en el mar, yo iría a ella. Mi padre tocó mi cabeza para tranquilizarme y nos marchamos. Me hice los baños y el sonambulismo mermó sustancialmente. A veces hablaba dormido. Nada alarmante. Sin embargo, volvió. La primera vez que lo noté fue a la semana en que me enfrenté con Ramiro. Soñé que él tenía dos agujeros en vez de ojos de los que salían gu­sanos. El aire faltaba. La sensación de ahogo me despertó. Estaba sentado en una silla, en calzoncillos, con las manos abrazando las piernas y la cabeza entre las rodillas. Asimila­ba el estado de vigilia en sollozos. Me limpié las lágrimas y volví a la cama. Después fui a la plaza de mercado, compré la ruda y la mejorana. Domitila me vio y me preguntó si seguía sonámbulo. Afirmé con la cabeza e intenté irme. Ella puso una de sus manos en mi hombro. Sus manos eran grandes, como de aserrador. Sentí mucha calidez. La miré y ella con un gesto dulce, casi de súplica, me invitó a sentarme: ―¿Cómo está María? ―Domitila buscó una silla. En frente mío, con una sonrisa, observaba. ―Bien ―respondí con la esperanza de irme, aunque la calidez era reconfortante. ―¿Y tú cómo estás? ―La yerbatera frotaba unas hojas en sus manos y un olor a monte molestaba en las fosas na­sales. No contesté y ella continuó. ―Eres corto de palabras. Lo imaginaba. No te asustes. Con el tiempo nos haremos buenos amigos. Para iniciar nuestra amistad te confesaré un secreto. Todos creen que soy una simple yerbatera. Pero no, antes estudié biología y teología. Luego me interesó la magia. Por cosas de la vida, los magos tuvimos que buscar un oficio discreto, algo que no llamara la atención. Por eso me volví yerbatera. Además, me especialicé en las historias. Sobre todo en las fábulas. Cada mago tiene un don. Co­nozco uno que es experto en refranes. Los dice sin esfuer­zo y casi siempre en el momento indicado. Yo, en cambio, narro historias de animalitos. Por ejemplo, escucha esta so­bre conejos. Hace tiempo estaban varios conejos reunidos cerca de unos arbustos que lindaban con un estanque. El líder les decía que no se asustaran porque todos juntos eran invencibles. Afirmaba que la unión hace la fuerza. Además, el lobo tenía una sola boca y ellos eran muchos. Podrían tenderle una trampa. En ese momento los conejos vieron que las ranas se sumergieron. El líder de los conejos gritó que tuvieran valor, mientras huía. El resto de conejos hu­yeron también. Al instante, en vez del lobo, aparecieron entre los arbustos dos ardillas que arrastraban un aguacate. La moraleja es que el miedo nos hace ver lobos donde hay ardillas. El miedo nos hace hablar más de la cuenta. Me incomodó esa historia. También me asustaba la yerbatera. Sobre todo su declaración de que era maga y que seríamos amigos. Medio sonreí. Luego, me dijo que yo tenía el don de percibir cosas en el otro. En ese momento di media vuelta y me marché. Me hice los baños y volvió el sonambulismo. El se­gundo episodio fue después del incidente con Fabio. Esa noche mi madre jugaba parqués con sus amigas. Sonaban canciones de Leo Dan, Palito Ortega, Leonardo Fabio… Las escuchaba desde mi cuarto antes de quedarme dor­mido. No recuerdo lo que soñé, pero creí que dormí plá­cidamente. Cuando desperté fui a la cocina a hacerme el desayuno. Saludé a mi madre y no respondió. La miré de reojo. Cuando me ignoraba era porque prefería morderse la lengua para no ofenderme. Algo andaba mal, y no sabía qué. Creí que la mamá de Fabio había hablado sobre el accidente, mas era improbable porque en la noche mamá estaba tranquila. Era imposible que la mamá de Fabio hu­biera llegado a media noche. Así que me quedé callado y cuando quise volver a mi habitación sentí un pellizco en el brazo. Después declaró que si volvía a hacer lo de ano­che me encerraría en un hospital mental. No entendía. Ella manoteaba y sus palabras salían en desorden. Lo único que escuché fue que iba a pedirle una cita a Domitila. Con ese nombre quedé paralizado porque lo que menos quería era verla. Tragué saliva y con los ojos aguados le pedí una explicación. Mamá se sentó en un mueble y me dijo que le hice pasar una gran vergüenza. Después sus palabras fue­ron más dulces, pero continuaba con la idea de que si no hacíamos algo le echaría llave a mi habitación. Su enfado radicaba en que me levanté dormido. Ella estaba con sus amigas y al verme les advirtió que no hablaran porque podría despertarme sobresaltado. Mi madre se le­vantó de la silla y con voz delicada me indicó que volviera a la cama. Dije que quería decirle un secreto a Maricela. Mamá intentó ignorar mi petición y Maricela se acercó. Al instante llevé mis manos a sus senos y los amasé. Ella brincó y para no gritar se llevó las manos a la boca. Mi madre, ya no tan amorosa, me condujo al cuarto creyendo que su hijo tenía un trastorno mental. Me disculpé. Mamá me abrazó. Le comuniqué que Carolina se iba y por eso anda­ba triste, aunque también me perturbaba el accidente de Fabio, las armas de Efraín y la conversación con Domitila. Mi madre pareció olvidarse del enfado y me sugirió que consiguiera una flor blanca: una margarita, un novio, un beso… Y luego la sembrara en una matera. Debía escribir en una hoja en blanco el nombre de Carolina y ese papelito enterrarlo cerca de las raíces de la flor. Quedé con la boca abierta y expresé que eso era brujería. Ella sonrió y argu­mentó que no era brujería, era un truco que le había dado Domitila para ayudarla a olvidar a mi padre. La abracé y le conté el episodio con la yerbatera en la plaza de mercado. Ante eso, manifestó que pensaba que me daría más tiempo. Pregunté a qué se refería. Entonces contó una parte de mi historia que desconocía. Cuando nací mi madre vivía en casa del abuelo. Él estaba con su segunda esposa. Mi padre trabajaba en la escuelita de la vereda, en el suroeste del departamento. Por esa época mi abuelo asesinó a un familiar. Por tal motivo, mi padre intentó llevar a mi madre para un lugar seguro. Sin embargo, el abuelo se negó y lo persiguió con un machete. Por esos días Domitila había llegado de un viaje largo. Al enterarse de la situación ayudó a mis padres a escapar. Mi abuelo le temía a la yerbatera, su hermana. Por lo que no hizo mayor cosa para impedir que partiéramos. Había algo en su hermana que evitaba. Así había sido desde jóvenes. La yerbatera nos condujo hasta un lugar seguro. Después desaparecía por épocas y luego volvía a abrir una tienda naturista. Cada que se instalaba en el pueblo buscaba a mi madre. Al parecer, ambas me cuidaban con un trato especial, como si en mí hubiera algo más allá de lo evidente.
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