Así como los futbolistas, los intelectuales, los políticos, los sociólogos, los sindicalistas, los jubilados y los retrasados mentales tienen algo que los reúne y diferencia, nosotros, los de la sociedad, tenemos algo que nos agrupa y caracteriza: la soledad. Nuestra soledad es irremediable y peligrosa porque nos tarja todos los días. Nuestra soledad es el cúmulo de sueños frustrados. Somos aquellos que ven la felicidad por la televisión porque así lo quiso el universo. Por ello nuestra soledad es la de los desdichados, la de los que no pueden interactuar con el mundo y constantemente no saben qué hacer con ellos mismos. Nuestra soledad es como una especie de carga pesada en la espalda que nos impide ser leves para poder reconciliarnos con nosotros mismos. Nuestra soledad nos obliga a encerrarnos en la habitación donde engendramos los más terribles rencores. Rencores que reprimimos y que alimentan la soledad del nuevo mundo, la soledad que no permite héroes, la que produce suicidios en serie, la que nos impide sentir el bienestar de sabernos sanos y alegres, la que nos obliga a hacer lo que no queremos, la que nos carcome el corazón porque amamos una utopía, la que nos dobla las rodillas, la que nos hace desear más la parca que la vida. Somos la soledad del mundo industrializado que todo lo uniforma y clasifica, la soledad del trabajador que se convierte en un apéndice de la máquina, la soledad de los autobuses, de los amores de cantina, del trabajo en las fábricas y sus sueldos miserables, de los sueños podridos en los dormitorios. Somos los hijos de la soledad. Somos los hijos de la indiferencia. Somos los hijos de nadie. Somos la soledad.