Practicando los pasos para ser invisibles

1260 Palabras
A Fabio le pusieron cuatro puntos en la mejilla y al mes la herida casi había desaparecido gracias a una cre­ma de caléndula que le untaba su madre. Alegres con su regreso le contamos que nos preparábamos para el gran golpe. Por ello practicábamos los pasos para ser invisibles. La idea era pasar desapercibidos a conciencia. Fabio deci­dió acompañarnos. Ese día era gris y nos dirigimos has­ta el parque principal. No salíamos a las afueras porque Efraín nos tenía en la mira. Era domingo y el parque estaba poblado de personas y frutas. Llegaban olores fantásticos como el de la naranja. La gente salía a hacer sus compras. Otros aprovechaban para vender sus productos. Las voces se mezclaban. Todo fluía. Era el día en que las cosas esca­paban de la rutina. Algún hombre en su caballo cruzaba el parque. El viento movía las ramas de los árboles. Sin em­bargo, a pesar del milagro del instante, el sucederse, pocos veían. Padecían la incapacidad de ver lo que estaba pegado a sus narices. Por lo tanto, hacían de la ignorancia un atajo hacia la ingenuidad. Y como si estuvieran anestesiados del paisaje, del canto de los pájaros, se acoplaban al entorno, como bien podrían hacerlo a un traje usado o una pequeña molestia. Vivían, respiraban, puteaban, amaban, odiaban, volvían a amar y al final pocos abrían los ojos. Llevaban en silencio sus interrogantes y sufrimientos… En fin, reto­mando lo de la sociedad. Nos reunimos. Después de hacer unos pequeños acuerdos, cada uno buscó el individuo indi­cado para mimetizarse con el paisaje. Para elegirlo bastaba con sentir afinidad. La afinidad era cierto agrado o inquie­tud por alguien. Claro, sin conocerlo. Fabio se ubicó cerca de un campesino de unos sesenta años. Jairo, al lado de una señora que hablaba con su nieta. Carlos, diagonal a un señor de esmoquin que tenía un maletín y folletos religio­sos. Rubén, paralelo a un hombre alto, delgado, con patillas largas. Yo, atrás de una señora cincuentona que llevaba una carterita azul, apretada entre las manos. Cuando estábamos listos, el único contacto que hicimos fue visual y respira­mos lento. Al cabo de unos minutos una gallina voló de una banca. El ave aleteó y cacareó hasta que una niña de unos doce años la agarró en el aire. Después, un señor gor­do, con bozo espeso, de sombrero y camisa desabotonada hasta el ombligo, sacó del carriel un paquete de bocadillos. Dijo que estaba consiguiendo el pasaje para volver a las mi­nas de oro al occidente de Antioquia. Explicaba que se veía en esa penosa tarea porque la noche anterior lo atracaron. El hombre no tenía cara de mendigo y el sudor le man­chaba la camisa en las axilas. Fabio habló con él. Luego, nos señaló a todos y le dio unas monedas. Con los dedos destapé el bocadillo y sonreí porque incumplimos uno de los pasos. La señora miraba en la plaza, cerca de los kios­cos de verduleros y carniceros, a una niña que alimentaba a las palomas. Con la lengua diluí un pedazo de bocadillo en el paladar mientras miraba los árboles. El viento movía los ramajes como el peluquero que da los últimos retoques a un corte de cabello. El sol estaba oculto entre las nubes. Era un día perfecto. A pesar de tanto movimiento, seguía siendo un día gris. Lamenté que el gesto de Fabio interfiriera en la sensación que me brindaba la nube. Era similar a lo que quedó en el pecho después del primer beso con Carolina. Claro, con matices diferentes, pues el beso fue un acontecimiento sin precedentes y la nube era un suceso predeterminado. Pero en ambas me conecté con la natu­raleza. Escuché los pájaros, los insectos… Era el regocijo. Fluía tranquilo. Ocurría en el último paso. Pensé, sin certe­za, que los chicos lo percibían. Carlos se enojó con Fabio porque el gordo lo asustó. Rubén reía. Jairo propuso que lo intentáramos de nuevo y nos encontráramos en el lugar de partida. Luego cada uno, por aparte, se mezcló con los transeúntes. Cada uno intentaría familiarizarse con esa sen­sación de vacío que tanto asustaba. En lo personal, avistaba cosas que antes ni imaginaba. Por ejemplo: olores, sonidos y muy contada vez alguna emoción de un transeúnte. Me explico: si un anciano estaba melancólico, algo de eso me invadía. Esa vez, más que la emoción ajena, me inquietó el viento. Escuché su silbido entre las ramas, su voz de flauta, incorpórea, evocando el canto prístino del origen. Venía de otro tiempo a dar testimonio de la eternidad, del más allá. Venía de cualquier parte, sin rumbo, y refrescaba el presen­te, el ahora. Era el soplo de algo sin tiempo… De regreso encontré a Fabio con el rostro pálido, en silencio. A los minutos llegaron Rubén y Carlos. Jairo con una sonrisa, porque creía que estábamos listos para el robo. Rubén res­pondió que necesitábamos más tiempo. Jairo se enojó y le manifestó su desacuerdo. Dijo que con la técnica para ser invisibles podríamos hacer muchas cosas. Carlos encaró a Rubén. Para evitar otra discusión propuse que aplazáramos el robo hasta el día en que Fabio dominara los pasos para ser invisible. Fabio giró la cabeza bruscamente y sonrió. Con dificultad narró su experiencia: ―Extraño. Al principio tuve miedo. Empecé a respirar y caminar sin prisa. Eso fue difícil, siempre voy rápido, como huyendo de algo. Solo me siento tranquilo en casa. Los veía a ustedes entre la gente y no entendía. Yo los vi. Me dije que estaban locos y el más loco era Florentino por ocurrírsele tales burradas. Sin embargo, sentí un do­lor fuerte en el pecho y fue difícil respirar. Ustedes habían desaparecido. Al rato pasó el dolor, pero la sensación de tristeza no. Reviví el abandono de mi papá y dos lágrimas aparecieron en los ojos. Entonces vi la nube. Era espesa y oscura. Tanto que me detuve y una señora chocó conmigo. Curioso, se disculpó porque no me vio. Al instante desapa­reció la nube y quedó la sensación de abandono. ―Hiciste un gran avance. En poco tiempo serás el más invisible de todos ―aseguró Jairo. De regreso a casa iba con Rubén. Pasábamos cerca de una casa antigua que derrumbaban para construir un edifi­cio. Sobre la montaña vimos aparecer la luna en plenilunio. El momento en que aparece es indescriptible, como una niña tímida asoma la coronilla luminosa y luego, muestra todo su rostro plateado, redondo. Sucede tan rápido, tan fugaz, tan de ayer. Es como recordar un destello de algo inmenso. Después se instala en el firmamento como un reflector de gran formato e ilumina las calles, los techos, la silueta de las montañas... Sentí de nuevo el viento. Silbaba entre los arbustos. Los cocuyos, farolitos intermitentes, se alzaban en busca de una corriente de aire. De pronto escu­chamos un camión. Rubén, con el codo, me sugirió mirar. Carolina sacaba la cabeza por la ventana y se despedía. Co­rrí tras el camión. La distancia era cada vez más grande. Al final me detuve y con la respiración agitada llevé la mano derecha a los labios. La empuñé. En el agujero que se hizo al enrollar el dedo índice debajo del pulgar eché un beso. Luego, como si tirara una roca, lo lancé. El camión dobló la esquina y desapareció. La luna iluminó ese lugar de la calle, el cruce donde segundos antes la vi por última vez. Rubén ya no estaba. Volví a casa. La luna resplandeciente en el cielo, el viento alegre jugando con los cocuyos y mi corazón oscuro, desolado, cubierto de nubes.
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