Efraín aparecía de pronto en una esquina, en una cantina o pasaba por alguna de nuestras casas. Por lo tanto, decidimos encontrarnos en el parque los días más concurridos. Aunque nos hacían falta el campo y los árboles. Por lo tanto, Carlos nos invitó a acampar en una meseta que estaba cerca de la casa de Estela, una tía suya.
Nos encontramos en la madrugada. Las calles reflejaban en la humedad la luz de las farolas. El aire olía a pantano. Se escuchaba el croar de las ranas y el ladrido de los perros. Rubén hizo uno de sus comentarios agudos. Dijo que el pueblo crecía rápido. De un momento a otro las dos empresas eran cinco y otras más se construían. Llegaba mucha gente de afuera y los edificios…
Rubén extrañaba esas casas coloniales que vio desde niño. Aseguraba que entre más gente llegara más solos estarían. Esa frase se quedó en la cabeza de Jairo. Le inquietaba la imagen del crecimiento demográfico y la soledad expandida. Durante el camino recordó las calles por las que corrió descalzo tras una pelota o con un espejito en la mano persiguiendo un globo. También evocó las tardes en las que jugó a las escondidas o la rayuela. Se le encharcaron los ojos. Le dio vueltas al asunto hasta que Carlos lo interrumpió para mostrarle la casa de Estela.
Estela era sesentona, robusta, lavaba ropa en una piedra en forma de batea. Al frente, en un alambre, tendía camisas, medias, pantalones… Ella saludó e indicó que sus hijos y esposo trabajaban. Carlos le contó que acamparíamos en la meseta y más tarde bajaríamos a conversar.
Ascendimos por un sendero que antiguamente utilizaron los arrieros. Al llegar vimos árboles frutales. A lo lejos, entre unos guayabos, Carlos observó una casa abandonada. No la recordaba. Decidimos descansar antes de seguir explorando.
Armamos la carpa. Horas después Jairo sacó uno de sus cigarrillos deformes. Rubén fumó. Hasta ese momento sentía mareo, letargo o incapacidad para hablar, pero nada que sobrepasara los límites de la imaginación. De pronto, Rubén dejó de escuchar los latidos del corazón. Exhaló y sin señales. Expresó que iba a orinar. Cuando estuvo lejos se sentó en una piedra. Despacio levantó la camisa y vio una incisión de unos seis centímetros debajo la tetilla izquierda y no sangraba. La tocó y dolió. Acto seguido, la piel empezó abrirse. En la abertura se asomó el corazón y saltó al césped. El órgano, aprovechando los latidos que le servían para impulsarse, se desplazó hasta un arbusto. Se contrajo para dar un salto de cinco centímetros. Hizo el mismo ejercicio produciendo un ruido acuático, como el de las botas de caucho cuando tienen agua. Luego, cual pimentón reseco, saltó unos diez centímetros. En la parte superior, donde van las arterias, se abrió y tragó una mariposa. El órgano volvió. Subió por el ombligo hasta la incisión. Luego la piel restituyó el tejido sin dejar cicatriz. En ese instante entre latido y latido escuchó el aleteo. Sacudió la cabeza. Incluso era más fuerte que la voz de Fabio.
Como pudo Rubén se incorporó. Fabio, al verlo tan mareado, lo ayudó. Carlos y yo hablábamos. Jairo meditabundo. Rubén, aparte del aleteo, olfateaba un olor a tubérculo. Ese olor sobresalía. Por ello se asombró cuando manifesté que sentía un olor extraño en el aire, como a tubérculo o a tierra amarilla. Rubén se llevó las manos a las fosas nasales. Carlos se extrañó con el comentario y declaró que era porque estábamos en medio de la naturaleza.
―No es eso. Desde hace mucho te-tengo una sensibilidad por los olores. Puedo relacionarlos con un sentimiento o sensación. Hay olores que-que se sienten y que son imposibles de definir o relacionar porque no hay un referente. En cambio otros sí. Por ejemplo: el deseo huele a nico-cotina, ají y queso; la tristeza a vinagre de frutas, libro viejo y guayaba podrida; el odio a aceite quemado, gasolina y etílico; la muerte a jazmín, a ropa húmeda y cebolla; los días grises a pa-pantano y detergente; y el olvido a café frío, a perro recién bañado y agua de panela empezando a vinagrarse. Pero este olor a tubérculo me incomodaba porque me huele a soledad.
―¿Eso significa que puedes oler la soledad? ―repuso Jairo con la boca abierta.
―Algo así ―respondí con una leve sonrisa.
―Bueno, creo que estás más loco de lo que creí ―continuó Carlos―. Es la primera vez que me dicen que huelo a tubérculo. Creo que tú hueles a papa podrida.
―No juegues con eso Carlos. Yo siento lo mismo que Florentino. Es muy extraño. Es como si desde que efectuamos los pasos para la invisibilidad los olores se intensificaran o la percepción de las cosas tuviera otros registros ―reiteró Rubén, quién alzó el rostro, movía el labio superior e inhalaba.
―Están exagerando, más que la invisibilidad lo que han logrado es la imbecilidad ―concluyó Carlos con una carcajada.
―Si hablamos de olores, Carlos huele a zarigüeya cuando se asusta.
―Mira, Fabio, no empieces con tus chistes…
―No Carlos, te insultaría, pero tendría que explicarte el insulto. Así que no tiene mucho sentido decirte cualquier cosa.
―¡Cállate! ¡Yaaa! o te volteo la nariz de un puñetazo.
En la mañana exploramos la zona rumbo a la casa abandonada. Decidimos quedarnos allí. Era más cómoda que la carpa. Nos sedujo el arroyo, las enormes piedras en las que podríamos acostarnos a recibir el sol y los árboles de mangos y guayabas.
Durante el día nos bañamos, pero Jairo seguía pensando. Algo lo inquietaba. Fabio y Carlos organizaron una especie de cama con unas tablas y largueros que acomodaron entre dos paredes de la última habitación, la que estaba llena de escombros. Sin embargo, por no tener techo, era ideal para pasar la noche y mirar las estrellas.
Fabio dirigió la empresa. Construyeron un piso improvisado. Nos acomodamos y cuando tratábamos de descifrar las constelaciones vimos, lejos en la montaña, unas luces que se aproximaban. Estábamos en la parte más deteriorada de la casa. La otra parte conservaba el techo y era una habitación y lo que pudo ser la cocina. Fabio empezó a temblar y Jairo sugirió que visualizáramos la nube gris. Tres hombres entraron. Descargaron unos costales. Uno de ellos, de voz ronca, algo gutural, dijo:
―Se están agotando las provisiones. Desde que cuidan las fincas es más difícil conseguir alimento o visitar el pueblo. ¿Zorro, qué has averiguado de esos hombres? ―expresó el hombre alto, delgado, nariz aguileña y cejas tupidas.
―La verdad, poco. Los campesinos no los conocen. Pero cada vez son más fuertes. Ya han dado de baja a varios de los nuestros. Los están cazando como a animales. Eh… Comandante, ahora que recuerdo, el Gusano conoce a uno de ellos ―afirmó Zorro, un hombre delgado, de mediana estatura, de nariz pronunciada, ágil con la palabra.
―¿Es cierto, Gusano?
―Sí, Comandante, tú también lo conoces. Pero no sabía que era parte de ellos hasta que lo vi armado. Se llama Efraín. Trabajó con nosotros en la fábrica. ¡Esos miserables capitalistas algún día pagarán por la manera en que nos explotaron! ―aseguró Gusano, un hombre calvo y pequeño, de papada pronunciada y ojos grandes.
―Lo recuerdo, era muy irritable. Bueno, por ahora no podemos hacer nada. Necesitamos organizarnos y luego le haremos una visita a ese desgraciado. Por ahora descansemos. Mañana será un día largo ―se quedaron callados. Rubén estaba inquieto con el tono de voz gutural. Era sugestivo. Yo abracé a Fabio. Jairo se rascó la cabeza y con la mano en la boca nos indicó hacer silencio.
―Jefe, creo que escuché algo.
―Ve a averiguar, aunque puede ser alguna zarigüeya de las que anidan en estas casas abandonadas ―ordenó el Comandante. Gusano corrió unas tablas para ingresar al lugar donde escuchó los ruidos. Una de las tablas cayó levantando una capa de polvo. Gusano estornudó. Jairo tenía una piedra en la mano. Fabio me abrazaba con fuerza. Carlos vio como el hombre con una lámpara alumbraba bajo nosotros y de pronto lo llamaron:
―Ah… ¡Una rata! ¡Qué susto me dio! ―expresó Gusano.
―Mejor descansemos, mañana hay mucho trabajo ―agregó el Zorro. Carlos respiró. Por un momento, al igual que nosotros, sintió que el corazón le iba a explotar. Ninguno pudo dormir. En la madrugada los hombres se marcharon. Con cautela bajamos.
―¡Me quiero ir a casa! ―alegó Fabio.
―Tranquilo. Debemos esperar. Esos hombres son la razón por la que Efraín consiguió esas armas. Imagino que también están armados. Si salimos y nos ven no creo que nos dejen ir ―repuso Rubén.
―Es cierto, por primera vez estoy de acuerdo contigo ―habló Jairo y agregó― están pasando cosas extrañas. Creo que esto se pone peligroso. Es mejor esperar un rato, ir por nuestras cosas y volver a casa.
Jairo revisó el lugar. Al cabo de una hora emprendimos el camino de regreso. Fabio estaba muy nervioso. Afirmaba que todo había sido un error. Intenté calmarlo y me empujó. Perdí el equilibrio y rodé por un barranco. En la caída me doblé el tobillo.
Llegamos hasta la casa de Estela. Mientras ella me vendaba, Jairo entendió por fin a lo que se refería su amigo cuando habló de la soledad. Lo miró fijo a los ojos. Estaba asombrado por la agudeza de las cosas que dijo durante el día. Quería abrazarlo y se contuvo porque entre ambos existía la discrepancia. Asimismo, era admirable. Jairo pensó en esa soledad que también era oscuridad. Soledad de tanta gente que llegaba al pueblo y oscuridad de tanta lámpara que iluminaba las calles. Reconoció que esa oscuridad, la de la excesiva luz, la que encandilaba y generaba desconfianza, germinó de la soledad expandida, la que llegó con los foráneos. Eso lo afligió. Sin embargo, se planteó para sí la hipótesis de que esa era la causa por la que de un momento a otro el pueblo se militarizó. Los soldados eran los nuevos patrulleros de las calles. Jairo miró la luz de las velas, tenue y acogedora.
En la mañana, Juan, el primo de Carlos, el menor de los seis hijos, salió en busca de helecho en las mangas aledañas. Cada ocho días, Antonio, el marido de Estela, mataba un cerdo y vendía la carne. Al cerdo, que ya estaba muerto, lo cubrieron con el helecho y lo encendieron. Después, Antonio le quitó la ceniza con un cuchillo, con el mismo que lo descuartizó. Sobre una mesa puso la carne, y de la nada (no había vecinos cerca) llegaron personas a caballo o a pie. Entre los visitantes aparecieron tres hombres, uno de ellos se acercó. Fabio tembló al escucharlo, y miró el piso de tierra. Rubén identificó al hombre, era uno de los primeros que despidieron de la fábrica. Cuando su tío asumió el cargo de supervisor prescindió de sus servicios por orden del jefe. Ese hombre, al enterarse, golpeó al tío de Rubén quien le mostró una foto para que lo recordara. Con los días desapareció porque se rumoraba que era cómplice del robo a un hacendado, uno de los mayores accionistas de la fábrica de hilos. El hombre era cadavérico, de barba y ojos claros. Su rostro asustó a Rubén. Jairo se hizo al lado de Antonio. Tenía curiosidad. Antonio lo saludó y le entregó una bolsa.
―¿Quiénes son estos muchachos? ―preguntó con su voz ronca.
―Ah… son amigos de mi sobrino. Están de visita. No se preocupe por ellos. Son muchachos del pueblo… Pero se van mañana. Pues un muérgano de esos se dobló una pata y el Ernesto Morales me prestó un caballo para llevarlo hasta la parada del colectivo.
El hombre miró a Jairo a los ojos. Como no le bajó la mirada afirmó que parecía un muchacho valiente. Le dio una palmada en la espalda y se fue sin pagar. Nadie habló del asunto. Cuando Jairo quiso preguntarle a Antonio quién era ese hombre él sonrió y evitó el tema.
Entrada la tarde, Estela empezó a lavar el patio, Antonio guardó su indumentaria, Juan apareció con una llanta de camión a la que le introdujo dos palos de escoba en la abertura donde iba el neumático. Frente de un naranjo seco las gallinas empezaron a subirse por una tabla que se apoyaba de una horqueta. Estela explicó que se acomodaban según el rango. Es decir, en el copo dormían el gallo y las dos gallinas más bellas. Debajo las gallinas más jóvenes que estaban sobre un gallo que principiaba a cantar. Al lado las gallinas más antiguas que ya no alcanzaban el copo, y que no obstante eran las dueñas y señoras del árbol.
Estela prendió los candelabros. Antonio se sentó en una banca con sus hijos e introdujo los pies en una ponchera con agua tibia. Sirvieron frijoles con arroz y un pedazo de carne de cerdo sofreída. El murmullo de las voces se mezcló con el croar de las ranas y el cacaraqueo suave de las gallinas que soñaban con granos de maíz y con lombrices.