El encuentro con la yerbatera

1635 Palabras
Tiempo después pude recordar el primer encuentro crucial con la yerbatera. Tenía una repisa llena de frasqui­tos con esencias y estatuillas de tótems indígenas. Al lado había un cuadro del Corazón de Jesús, una estatua de San Miguel y otra de San Gabriel. Sobre una mesa un candelabro de siete puestos y más fras­cos con extractos de plantas. Ella afirmaba que le era fá­cil percibir la energía en las personas e identificar casi en un 80% de efectividad sus bloqueos emocionales. Gracias a sus estudios y a lo que había aprendido en sus viajes, era una con la Tierra. Esa mañana en su interior vio una luz y de pronto surgió mi rostro. Yo estaba en mi cuarto con fiebre y repetía una y otra vez la sílaba “te”. Ella abrió los ojos con una sonrisa y exclamó: “¡Ya es hora!”. Evocó el tiempo en que los magos utilizaban las imágenes para comunicarse. Enviaban una imagen de un paciente a otro mago. Este la recibía y diagnosticaba a distancia. Muchos eran médicos y alquimistas. Esas imágenes eran mentales. Cuando eran de magos llegaban en cualquier momento. Cuando eran mensajes de la Tierra ocurrían en el estado de oración o meditación. Pensó en mi rostro y por un momento creyó que era una imagen mental. Después descartó la idea. Domitila salió de casa hasta la plaza de mercado, donde tenía su consultorio o una especie de tienda naturista. Los tran­seúntes la saludaban con pleitesía. Su fama llegaba más allá de los límites del pueblo. Era una mujer discreta, delgada, de manos grandes, ojos inquisidores, piel trigueña y cabello ondulado. Le gustaban los vestidos de flores. A pesar de su prestigio no cambiaba su rutina. Y poco hablaba de ella. Trataba de ocultar que era una maga. Sin embargo, por alguna razón, a mí me revelaba su pasado. Domitila llegó al garaje que adecuó como oficina. Tenía una mesa, algunas sillas, un escritorio, una gran vitrina llena de esencias. En una de las paredes colgaban infinidad de bolsas con hier­bas. Una mujer la esperaba. ―¡Buenos días, Domitila! ―habló la mujer mirando las esquinas como ocultándose de alguien. ―Buenos días, Carmen. Dime en qué puedo ayudarte. ―Es mi esposo. Es que últimamente me trata peor que antes. Ya ni me saluda. Es como si yo no existiera. Lo peor es que mi hijo Carlos está siguiendo sus pasos. ―Siéntate. Mira, masca estas plantas. Trágalas. Son amargas. Trata de respirar y tranquilizarte. ―¿Esto cómo me ayuda? ¡Lo que quiero es recuperar mi hogar! ¡No te entiendo! ¡Vengo en tu ayuda y en vez de buscar alguna pócima para darle a mi marido me das un manojo de plantas amargas! ―Espera un momento mujer, no te apresures ―expre­só Domitila mientras le pasaba otras hojas por la cabe­za. Luego continuó―. Te contaré una historia. Cuando te tranquilices hablamos de tu marido. Primero la historia. Hace mucho tiempo un halcón, de esos hermosos que ahora poco se ven, estaba en las ramas secas de un sauce. De pronto vio un cazador con un arco e identificó que las flechas las adornó con plumas de un halcón igual a él. No le preocupó. Cuando quiso alzar el vuelo sintió la flecha bajo el ala y se precipitó al suelo. Antes de morir dijo: “De mí salieron las plumas de la flecha que me quitó la vida”. Luego el cazador lo desplumó. ―Esa historia no me tranquilizó ni la entendí. ¿Qué tiene que ver conmigo? Domitila, no estoy para charlas. Lo que me pasa es muy serio. ―Carmen, la historia es también muy seria. ¡Ah… eres tan corta de cerebro! ¡No eres capaz de ver más allá de tus narices! Te explicaré y verás cuánto se relaciona contigo. El halcón es aquel loco que, ante el peligro, no piensa en sí mismo. Esto en la vida cotidiana representa al pobre diablo que permite que otros abusen de él porque se cree menos que los otros, así sea un imponente halcón. Lo grave es que desconoce la virtud de ver por su propia alma. Entonces entrega de sí mismo el arma con la que le quitarán la vida. Tú eres el halcón y no confías en tus instintos. Por eso, mientras no confíes en ti misma no te alzarás del fango en que vives, donde te tratan peor que a una chancla. Eres la arrastradera del cazador. Tal vez eso lo soportes, pero tu hijo es la flecha que te desangrará. ―¡Eso no es verdad! ―respondió la mujer con los ojos encharcados. ―Querías escuchar mi opinión, a eso viniste. Si quieres te vas y sigues sufriendo sola. O si lo deseas trae a tu mari­do y déjame hablar con él. ―Él no viene ―repuso la mujer con tono suave, como una niña cuando su madre la reprende con justa razón. ―¿Tienes una foto de él? Entrégamela. ―Guardó el retrato en un cajón de su escritorio cuando vio que otra mujer llegó corriendo, agitada, solicitando ayuda―. ¡Ah, María! Cálmate para que pueda escuchar lo que te suce­de. Siéntate al lado de Carmen. ―Era mi madre que había ido para decirle que yo me había fracturado un pie y que en la noche tenía ataques de pánico. Ambas salieron a mi encuentro. Antes de marchar Domitila le comunicó a Car­men que luego seguirían con el tema de su esposo. Yo estaba en la cama con fiebre y pronunciaba la sílaba “te” repetidas veces como si en ella se comprimieran todas las palabras. La yerbatera extrajo de su bolso un manojo de albahaca y le aconsejó a mamá que saliera y se hicie­ra una aromática para los nervios. Luego cerró la puerta. Acomodó una silla. Al lado encendió una veladora blanca y puso una imagen pequeña de la Virgen María. Estuvo unos minutos en silencio. Luego, pronunció unas oraciones en voz baja. Al rato buscó en su bolso un tabaco y tocó mis hombros, el pecho, la frente, la garganta, el vientre y las piernas. Al final empezó a fumarlo. El humo lo echaba sobre mí que seguía con el “te-te-te…” como un disco rayado. Domitila acomodó un balde cerca de la cabecera de la cama. De inmediato em­pecé a vomitar una sustancia verdosa y recobré el sentido. ―Mira, muchachito, ahora tengo la certeza de que te abruma el miedo al amor. Es tu fuerza y debilidad. Es tu abismo y salida. Por eso es que ves lobos donde hay ardi­llas. Es el mismo miedo de tu padre. Lo heredaste, aunque eres más sensible. Puedes tardar días, meses, incluso años para enfrentarlo. O puede ser un instante. Todo depende de si aceptas tu miedo ―concluyó la yerbatera. No respon­dí. Sentí un taco en el pecho. Domitila extrajo de su bolso varias plumas de búho que estaban adheridas a un tron­quito de madera. Llevó las plumas a mi corazón, las agitó varias veces y agregó: ―Es una falta de respeto que te maltrates de esa forma. Debes empezar a quererte. Si no sufrirás mucho. No eres culpable de nada. Debes aceptarlo. Te dejo esta guaira de plumas de búho. Cuando sea el momento la utilizarás y entenderás de lo que te hablo. Por ahora es todo. Y ¿cómo se dice? No escuché. ¡Cómo! Ah, eso sí, ¡gracias! Pensé que te habían comido la lengua los ratones ―Domitila echó el tabaco en el balde y se fue. En los días siguientes tenía mejor semblante. Pasaba las tardes con mamá conversando y jugando dominó. Cuando ella no estaba me quedaba frente a la ventana y veía pasar a los transeúntes. Cerraba un poco los párpados. Sentí que de esa forma podía visualizar en las personas la energía y los colores en que se manifiesta. No sé muy bien por qué me interesaban esas cosas, si eran ocurrencias descabella­das o en verdad había un desequilibrio mental. No quise indagar la razón de esa inquietud, sino comprobar si era cierta. Observé. Una mañana los transeúntes dejaron de ser para mí personas con rasgos, gestos… No logré di­ferenciar a unos de otros, excepto por la masa corporal o estatura. Vi una especie de bulto grisáceo o amarilloso. Volví a mirar, esta vez abriendo un poco más los párpados e identifiqué el aura. Había unos con aura amarilla y otros con aura gris. Pasé horas descifrando comportamientos. En un cuadernito anoté los gestos, los movimientos y las formas de relacionarse con el mundo. Después encontré diferencias. Los de aura gris caminaban con pasos cortos y lentos. En ocasiones, cuando veían de lejos a otra persona, se alejaban hacia al andén contrario. Daba la impresión de que caminaran sin rumbo. En cambio, los de aura amari­lla daban pasos largos. A medida que avanzaban saluda­ban alegres, con la cabeza erguida, buscando entablar una conversación fugaz y cordial. Su aura pasaba a un amarillo dorado. Por otro lado, los de aura gris evadían el contac­to, se encorvaban, buscaban las horas menos transitadas, evitaban movimientos distintos a los rutinarios y así el gris pasaba a ser una mancha apenas perceptible. Me conmo­vieron estos últimos, los descoloridos. Tanto que la textura de la piel, a la distancia, se tornaba lisa y opaca, como de vidrio. Incluso imaginé que al perder por completo el res­plandor del aura se adquiría la textura del cristal. De ser así, un gesto o un sentimiento inesperado podría tarjarlos. Recordé las palabras de la yerbatera y volví a sentir náuseas. El malestar fue momentáneo. Lo que no entendía era qué hacer para no sentirme tan solo, tan triste, tan gris, tan quebrajoso.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR