A los chicos afligidos nos cubre un halo gris que desaparece con los días y el rostro se vuelve inexpresivo. Esa es la prueba de que la luz del yo interior se apaga. Estamos vencidos. Por ello no queda otra alternativa que aceptar la inutilidad, la soledad y la tristeza. Aprendemos a ser impecables en nuestras labores y trabajamos jornadas inhumanas. Nos acostumbramos al olvido de nosotros mismos porque aprobamos nuestra desdicha. Quizás esa sea la causa de que nos atormente escuchar esa voz interna que nos habla y nos entregamos al lobo con los ojos cerrados. Trabajamos sin cobrar horas extras con el fin de no escuchar esa voz que dice: “¡Rebélate contra el Patrón, dile a esa mujer que la amas, toma a la fuerza lo que te fue arrebatado!”. De ahí que todos, así algunos lo reconozcan a me

