Era viernes en la tarde cuando Carlos tocó la puerta de la casa. Busqué la bici y me dirigí hacía el árbol de mangos. Pedaleé despacio, sin prisas, para disfrutar del viento y el canto de los pájaros. Los chicos me saludaron y hablaron del plan. Jairo, en un papel, dibujó círculos azules. Eran las posiciones de Carlos, Fabio y yo. Aprobamos. Carlos señaló uno de los círculos en el papelito que tenía otro color, rojo, donde estaría Arturo. Luego, otros dos círculos que estaban fuera del Kiosco, en la iglesia. Me limité a mover la cabeza. Debía, ya que era el autor intelectual de la sociedad, estar con ellos hasta la última consecuencia. Así que tragué saliva para engullir el miedo. Antes de marchar lo único que recordaba era que nos veríamos a las 5:30 am. En casa miré el techo y pensé

