El día de los grados nos sentamos en un auditorio. Al frente, en una especie de trono, el rector, un sacerdote y algunos profesores entregaban el diploma. Carlos, en medio del discurso del rector, dijo de manera muy general que el robo era el sábado. Mamá me alquiló un esmoquin. Me sentía disfrazado, pero no le di mucha trascendencia al asunto porque pensaba en el robo y en la posibilidad de marcharme del pueblo. El colegio adecuó el patio cubierto para los invitados. Cada graduado disponía de una mesa para sus acompañantes. En la mía estaba mi madre con dos amigas, entre ellas, Maricela. El aire era denso debido al perfume. Olía a etílico fermentado en cáscaras de naranja en descomposición. Aun así, de Maricela provenía un aroma dulce y seco, como el olor de la manzana verde cuando

