Los últimos días en once eran agobiantes por la presión familiar sobre el camino que los graduados debían seguir. Había tres alternativas: estudiar cualquier cosa, trabajar en una fábrica o prestar el servicio militar obligatorio. La primera era difusa porque pocos sabían qué querían estudiar; la segunda asustaba, sobre todo a Fabio, que pensaba que podíamos quedarnos toda la vida intentando ganarnos la vida; la tercera aterraba porque en el ejército la libertad se echaba a perder debido a los métodos disciplinarios e inhumanos. Además, se indignaba Fabio, era combatir en una guerra que no inició ni entendía. Pues la educación militar enseña a manejar fusiles y no a cultivar ideas ni criterios. Por esas razones, esbozadas de manera general: estudiar era difuso, trabajar una condena y el

