Me quedé observándola. La luz de la lámpara resbalaba por sus pómulos y se detenía en la curva de la boca. Pensé en hace menos de una hora: en su cuerpo sobre el mío, en el calor y en la risa que se nos escapó entre jadeos, en la forma en que me miró cuando me atreví a decir lo que tenía en la garganta desde que la vi llegar a Suiza: cásate conmigo, tormenta. No lo planeé. No lo merecí. Se me salió. Y ella dijo sí. Lo dijo con esa voz suya de después, gastada, verdadera. El sí más breve y más grande de mi vida. Luego el golpe. El cuerpo hizo lo que quiso y nos recordó que hay fuerzas que no preguntan. Cuando la levanté del suelo, juré que, si era necesario, aprendía medicina esa misma noche. Si hacía falta, bajaba a la nieve en pijama para conseguir sueros, inventaba una farmacia. Si hací

