—Se entiende. —Bien. Y además —sonreí—, la última parte del discurso es científica: nadie me obligó a metértela bien rico, tormenta. Eso fue… —hice un gesto con la mano, exagerado— una decisión informada. Y placentera. Asumo la corresponsabilidad con la sonrisa más idiota de la historia. Me pegó en el hombro, riéndose de verdad por primera vez. —Eres un animal. —Un animal enamorado. —Eso sí. Se dejó caer de nuevo en mi pecho. Le ajusté la manta. El radiador hizo un ruido suave, como un gato. La nieve insistía con susurros. Llevé su mano a mi clavícula y la dejé ahí, como quien pone una piedra sobre un papel para que no se vuele. —Cuéntame un futuro —me pidió de pronto—. Uno chiquito. Solo para esta mañana. —Vale. —Cerré los ojos un segundo—. En diez minutos te doy una ducha calenti

