—Doctora —me escucho decir—, yo… no sé qué siento. No quiero sonar… —busco la palabra—. Ingrata. Pero estoy… confundida. Weiss no se ofende. Creo que ha visto a demasiada gente frente a ese mismo póster de bebé con gorrito. —Es normal —dice—. En un intervalo de horas tuvieron que pensar el futuro en dos direcciones radicalmente diferentes. En la cabina emocional, las dos son reales. La sala de espera del “no saber” es la más cruel. El cuerpo tarda en volver al estado anterior. No se exijan claridad hoy. Me dan ganas de abrazarla. No lo hago. Me aferro a Zayn y miro el borde de la mesa como si fuera una línea del horizonte. —Nos asustamos —dice él, bajito—. Pero… —me mira— también hablamos en serio. Sobre tenerlo. Sobre no tenerlo. Sobre qué queríamos. —Eso está muy bien —dice Weiss, c

