—Mírame —ordenó, y cuando lo hice, vi ese brillo salvaje que me derretía. Comencé a moverme despacio, provocándolo, y él gruñó con impaciencia. —Más… no me hagas esperar. —¿Así? —aceleré un poco, disfrutando de cómo su respiración se volvía más errática. —Más fuerte, más rápido… —sus manos me guiaron, marcando mi piel con cada apretón—. Dame todo, Amaya… —Solo si tú me das más —jadeé, y él me respondió con un empuje que me arrancó un gemido más alto. —Te voy a dar todo… —sus labios se estrellaron contra los míos, besándome con una desesperación que me robaba el aire—. No sabes lo que me haces… —Entonces demuéstralo… —lo desafié, y fue como encender un incendio. Sus manos bajaron a mi cintura y me movió sobre él con más fuerza, como si no hubiera un mañana. El asiento crujía, el air

