Me muerdo la lengua. Camino hasta la ventana, la abro un poco como si necesitara demostrarle al aire que puede entrar. Vuelve el olor a noche tibia. Me apoyo en el marco. Me giro. La veo pequeña, preciosa y hecha pedazos, con la sábana apretada al pecho. Quiero ir y cubrirla con mis manos, prometerle que la voy a armar ladrillo a ladrillo, como le dije una vez. Pero eso ahora se convierte en prueba en su contra: “me vas a armar y no quiero que esa sea tu biografía”. —No estás rota —digo, despacio, para que no se me escape nada—. Estás cansada. Estás herida. Te han dicho cosas que se te quedaron pegadas como etiquetas. Pero no estás rota. —A veces me parto —responde con sinceridad feroz—. Y me da miedo que un día no se me note el pegamento. Nos quedamos mirándonos. Le tiembla la barbilla

