—Trato. Nos quedamos con esa palabra entre los dos, como un vaso de agua que no sabemos si beber o solo sostener. —Me voy a dar una ducha —digo, porque necesito hacer algo que tenga principio y fin y agua cayendo—. ¿Quieres…? —no termino la pregunta. —No —responde, amable—. Me quedo aquí un rato. Asiento. Camino al baño. Cierro la puerta con cuidado. Abro la llave. El agua tarda tres segundos en salir y, cuando sale, me golpea los hombros como si me pasaran una banda de lija tibia. Apoyo la frente en la baldosa. No lloro. No puedo. Hay un tipo de dolor que no saca lágrimas; saca aire de los pulmones. Me escucho respirar como un animal herido. Me quedo mucho rato hasta que el agua deja de cambiarme la temperatura. Cuando salgo, el cuarto está más oscuro. Ella sigue en la cama, sentad

