ZAYN Nos quedamos un rato sin escribir. Solo vemos la hoja. Me recuesto hacia atrás y quedo medio sentado, medio acostado, y ella se acomoda en mi pecho con la facilidad de quien ya lo aprendió. La libreta queda apoyada en nuestras piernas como un mapa abierto sobre un tablero. —Siento menos miedo cuando lo escribimos —dice, sin verme, mirando la lámpara. —Yo también —admito—. El dolor de “si me voy” no se va, pero ya no manda. Queda en su recuadro. —Y tiene cosas bonitas pegadas —añade—. Gorro con pompón, nieve en pestañas, tren con ventana. —Y tú en todos los recuadros —digo, y ahí sí dejo que el cursi me gane. Su mano me busca, la tomo. La tinta le manchó el índice; le paso el pulgar para quitarle un poco. Mi pecho está raro: duele y al mismo tiempo se ensancha. —¿Podemos escribi

