Me muerdo la mejilla para no decirle cosas demasiado empalagosas. Me conmueve su manera de amar: el deseo de entender mis obsesiones hasta las piezas diminutas. —Hecho —respondo—. Y tú me mandas cada vez que encuentres un bicho que te haga sentir que el mundo es un milagro pequeño. —Eso pasa diario —dice. —Entonces tengo material para diario —replico. Nos tomamos una foto. No la de i********: bonita, sino una con la cámara frontal, luz amarilla, ojos de vidrio y pelo de guerra. Sostenemos la libreta abierta, los plumones en alto como trofeos. Salimos un poco chuecos. Amaya ríe al ver la captura. La guardo en una carpeta que acabo de crear: “Nosotros (lista)”. El nombre me da risa y pudor. Ella me besa sin decir nada, como si la foto le hubiera dado ganas. Pienso un segundo en diciembr

