AMAYA Despierto sobre su pecho. La respiración de Zayn es constante, serena. Pero yo no puedo moverme. No quiero. Estoy agradecida. Me dio refugio cuando más lo necesitaba. Él abre un ojo y me mira. —¿Tanto te gustó dormir encima de mí? —bromea. —Más que escucharte roncar. Reímos. —¿Sabes que si alguien nos ve así, nos mata? —digo bajito. —Tendremos que cerrar con seguro más seguido. —¿Viste esa película de los ratones que cantaban y vivían en una lata de galletas? —le pregunto. —Claro. Y la del perro detective que resolvía crímenes con una lupa ridícula. Dios, esas películas eran una joya... y una tortura —responde, riendo. —Mi papá las amaba. Decía que era “formación cultural”. —Mi mamá decía que si una peli tenía animales hablando, mínimo enseñaba más que la escuela. Ambos r

