Me preparé el lunes con una certeza que no debía matarme ni nada por el estilo: este trabajo en Bryrne Holdings no sería el primero del que me despedirían. Todavía recuerdo aquella heladería de la cual lo hicieron cuando tenía 16 años, fue porque no me le quedé callada a una cliente que me comenzó a gritar de la nada. O cuando lo hicieron de aquella frutería porque el supervisor me quería meter mano a cambio de un aumento, conmigo no, conmigo no queridos. Sabía también a la perfección que eso de ser despedida de una buena empresa, con buenos compañeros, ese sueldo, las prestaciones, el seguro médico y en a nada de vacaciones, era una tragedia. Este empleo no era como los otros indeseables, era EL EMPLEO. Sin embargo, tampoco es que me lo mereciera si a esa íbamos, por lo que estaba bie

