SPURV
El amo ha conseguido lo ha hecho de nuevo; ha conseguido lo que quería, como siempre lo hace, dijo Spurv para sus adentros mientras caminaba con pasó lánguido hacia el ascensor, llevaba las manos dentro de los bolsillos, las tenía heladas, siempre las tenía así; uno de los síntomas molestos de su condición de "primero".
Sentía una gran admiración por Dominick Leblanc y todo lo que era, normalmente añgyien de su especie tendría que despreciar a alguien de ña especie del señor Leblanc, pero no ocurría eso con Spurv, estaba demasiado agradecido con el señor Leblanc como para tener alguna opinión negativa hacia él. Antes de trabajar para el señor.Leblanc, Spurv no era nadie, solo un saco de carne y huesos que existía por existir sin un propósito en la vida. Podía decirse que aún era un saco de carne y huesos, pero ahora servía para algo.
Habían pasado ya siete años desde que lo había conocido, en ese entonces, Spurv tenía catorce y sobrevivía sólo desde que su familia había decidido que no era digno de su apellido y lo había echado a su suerte.
El joven y desdichado Spurv había instalado un austero campamento en el bosque, se alimentaba solo fe vayas, raíces e insectos. Tenía un arco y una flecha entre las pocas pertenencias que cargó consigo cuando tuvo que dejar su casa, pero tenía una pésima puntería como para cazar algún animal que le sirviera de alimento. Era un completo inútil en ese entonces estaba convencido de ello, era todo lo que había escuchado decir a su familia y había interiorizado aquellas crueles palabras como una realidad.
Su vida cambió después de su encuentro con el señor Lebñanc, ni lo había conocido igual que ña mayoria; vistiendo un traje fino en algún lugar bonito, no, ñas circunstancias en las que Spurv había conocido a Dominick Leblanc habían sido extrañas, tañ vez eso era lo que los había unido tanto.
Fue en una noche de invierno en la que Spurc había conseguido encender una prqueña fogata. El el fuego se apagóo por una nevada repentina, el frio se le había metido hasta los huesos, y él se había rendido, se había dejado caer en el suelo, cerca de las ramas quemadas que aún expiraba un último aliento de humo cuando un rugido le hizo abrir los ojos.
Trató de hacer silencio para que el depredador no pudiera encontrarlo, pero su mandíbula no dejaba de tiritar, los rugidos se hicieron más fuertes y se le unieron algunos crujidos como si la fina capa de nieve que cubría la vegetación seca se quebrara debajo de un par de pies, o tal vez debajo de dos pares de patas; eran pasos, sin duda algo se aproximaba, algo letal.
Spurv salió a gateas del pequeño triángulo de lona debajo del que se resguardaba, se levantó despacio sin saber por qué no se quedaba quieto. Se giró a la derecha y luego a la izquierda, la luna brillaba en el manto oscuro de la noche, pero los enormes árboles ensombrecían un poco su luz. Entornó la mirada achicando sus ojos liláceos y entonces, lo vio: Un hombre se tambaleaba por el bosque, parecía estar herido. Detrás de él, un lobo lo asechaba, el lobo no era normal, era gigantesco y atacó por la espalda al hombre, que vestía completamente de n***o con jeans y sudadera, entonces Spurv cayó en cuenta de que ese hombre tampoco era normal. Cogió al lobo del cuello y lo apretó hasta hacerle soltar un chillido, el animal logró zafarse y se alejó un poco, no como para huir, pero si lo suficiente para ponerse a salvo.
Hasta ese momento, solo había distinguido sombras, siluetas moviéndose, pero las nubes se abrieron como un par de cortinas despejando el cielo por completo y la luna pareció bajar de su lugar y posarse sobre el lobo, Spurv pudo verlo a detalle; gruñía mostrando sus colmillos, sus orejas estaban echadas hacia atrás y el pelaje gris moteado de n***o de su espalda se crispó.
El imponente animal saltó encima del hombre, apretó su mandíbula directo en el cuello de este. Spurv corrió sin pensarlo hacia el montón de cosas que tenía amontonadas muy cerca de los restos de la fogata. Rebuscaba entre estas mientras escuchaba al hombre gritar como un niño pequeño.
Cogió su arco de madera y la única flecha que tenía, no era una flecha común, estaba llena de inscripciones en un lenguaje extraño, Spurv sabía que esa flecha era especial, pero no estaba seguro de para qué lo era. Se paró erguido con las piernas abiertas a la altura de los hombros, cogió el arco por el mango usando su mano izquierda, cargó la flecha y jaló de la cuerda, hizo todo aquello en un segundo, tal vez dos y antes de disparar cerró lo ojos, era algo que nunca le había mencionado a Leblanc; la noche que había salvado a su amo de una de las pocas criaturas que puede matarlo, Spurv ni siquiera había apuntado la flecha, solo había cerrado los ojos y había disparado, que la flecha hubiera entrado por el oído del lobo atravesándole el cerebro, había sido completamente fortuito.
Disparar esa flecha, matar al licántropo, había hecho que su vida diera un giro de ciento ochenta grados. Vivir en el bosque era cosa del pasado. Ahí estaba; vistiendo un elegante traje y zapatos de diseñador, con la barriga llena de comida y las mejillas rozagantes, siendo la única persona en el mundo en la que confiaba Dominick Leblanc.
Tenía una tarjeta para entrar al departamento, era el único, además de Dominick, con acceso ilimitado a este.
Cuando la puerta de metal se abrió delante de él, dio un par de pasos hacia el pasillo oscuro, encendió la luz y de pronto se sintió observado por un montón de ojos; la entrada al salón estaba decorada con máscaras, muchas de ellas colgadas en la pared formando hileras de aterradores rostros de diferentes materiales: metal, madera, piedra, tela... después de años de entrar y salir del departamento, todavía sentía escalofríos al ver las máscaras.
Un tropel proveniente de alguna de las habitaciones le produjo un espasmo involuntario. Sintió que la sangre en su cuerpo se congelaba dentro de sus venas y lo inmovilizaba. Pero no podía permitirse sentir miedo, si había algo que pudiera poner en peligro a su amo, él tenía que enfrentarlo, hizo acopio de valor y se llevó la mano al cinturón, se sacó el arma de su funda y caminó con sigilo.
Abrió las habitaciones una a una y las revisó. Cuando llegó al despacho dejó salir un suspiro nervioso, levantó los brazos con firmeza y apuntó con el arma, pensó en cerrar los ojos y disparar, pero la misma fórmula no podía resultarle bien dos veces.
Miró alrededor de la habitación, el despacho era pequeño, pero lujosos como el resto del lugar, dos de las cuatro paredes estaban cubiertas de estanterías con libros, Spurv notó que algunos estaban tirados en el piso
―¡Identifícate! ―gritó con voz firme al hombre que estaba de espaldas a la puerta. El extraño lo ignoró, siguió rebuscando entre las carpetas sobre el escritorio de Leblanc ―¡dispararé! ¡lo juro! ¡pon las manos en la nuca ahora y da la vuelta despacio o te vuelo la cabeza! ―el hombre hizo un ruido con la nariz como si olfateara.
―Podría oler tu miedo a mil kilómetros de distancia ―dijo el hombre mientras se daba la vuelta, sostenía una carpeta y tenía los ojos clavados en los documentos en ella. La luz estaba apagada, pero los rayos del sol de medio día entraban por el ventanal detrás del escritorio.
Spurv resopló en cuanto logró verle el rostro. Bajó el arma y rodó las pupilas hacia arriba en un gesto de reproche.
―¿qué haces aquí? Te he dicho mil veces que...
―que no puedo venir aquí ―lo interrumpió el otro dejando caer la carpeta sobre el escritorio.
―¿Qué es lo que buscas? ―preguntó Spurv poniendo el arma en su funda ―ha de ser un mandado para el inútil de tu hermano ―agregó acomodándose el traje gris satinado.
―Te recuerdo que eres tan inútil como él, la misma maldición que le atormenta a él, te atormenta a ti.
―Yo lo superé y encontré mi lugar en el mundo ―refutó Spurv metiéndose ambas manos en los bolsillos
―Tuviste suerte de que adoptara el chupasangre, eso ha sido ―replicó el otro.
―Como sea ―Spurv se acercó al intruso hasta estar muy cerca de él ―¿qué quieres Declan? ―le preguntó con voz distante, formal.
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