El interior del edificio reflejaba algo muy diferente a la fachada moderna. Una franja de terciopelo roja se extendía sobre las baldosas blancas desde la entrada hasta un pequeño mesón de mármol con tope de madera. No había nadie en aquella recepción.
Dos enfermeros llevaban en la camilla al padre de Coral, ella y su hermana les seguían de cerca; Estrella movía su cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda como un ventilador de aspas, su boca estaba entreabierta y sus ojos castaños parecían un par de enormes almendras. Apenas pestañaba, parecía estar deslumbrada por la elegancia de aquel vestíbulo. Coral no estaba menos impresionada que Estrella, pero lo disimulaba muy bien; se hacía la desinteresada y trataba d no quitar los ojos de su padre.
Un hombre de cabello cano que iba vestido muy elegante las siguió hasta el ascensor, su perfume era fuerte, pero agradable
―Su departamento está en el piso nueve ―dijo con voz suave.
―¿qué número es? ―preguntó Coral
―Su departamento es TOooDOoo el piso nueve ―aclaró el hombre alargando las “o” en la palabra todo.
―Gracias. Le dijo Coral ―y miró a Estrella, ambas se miraron impresionadas. El departamento del señor Leblanc ocupaba un piso entero, aquello tenía que ser un lugar enorme.
Tal como imaginaron, el departamento era una diez veces el tamaño del pequeño hueco donde solían vivir.
―Coral ―susurró Estrella tirándole del brazo ―¿quién? ―hizo una pausa ― ¿cómo pagaremos esto? ―reformuló su pregunta.
―Vayamos a ver a papá ―respondió Coral tratando de desviar el tema, cogió a Estrella de la mano y la llevó hacia la habitación en la que los enfermeros habían entrado con su padre. Imaginó que ahí se instalarían los tres, pero al entrar cayó en cuenta de que aquella alcoba era especial y exclusiva para su padre. Acababa de salir de un asombro para caer en otro.
El lugar parecía una habitación de hospital, excepto que era mucho menos tétrica, al contrario, era muy acogedora, pero estaba repleto de equipos médicos, la cama era como la de los hospitales, había un dispensador de oxígeno, maquinas para monitorear los signos vitales, porta sueros, una silla de ruedas, un refrigerador pequeño, un televisor inmenso, sillones y butacas acolchadas, y muchísimo espacio.
―Espero que estén cómodos ―Una voz llegó a Coral desde atrás, tanto ella como su hermanita se giraron de inmediato.
―¡Es el señor del instituto! ―Dijo Estrella ―¿qué hace aquí el señor del instituto? ¿ ha venido a visitarnos? ―Coral miraba a Estrella y ponía los ojos más grandes conforme ella seguía hablando, aun así, no paraba de hacer preguntas ―¿ha venido a ver nuestro nuevo...
―Shhh ―Coral la hizo callar expulsando aire entre sus dientes y llevándose el dedo índice a la mitad de su boca. No le había explicado a Estrella las circunstancias en las que se estaban mudando a ese lugar de ensueños y no era que no quisiera explicarle, en realidad, no tenía idea de cómo hacerlo "He hechizado al señor Leblanc sin querer y ahora tengo que permanecer cerca de él para que no le ocurra lo que mismo que a papá, pero solo será hasta conseguir una cura.
―Estrella ―dijo Leblanc y Coral le arrojó una mirada inquisitiva ―¿por qué no vas a ver tu habitación? ―preguntó, llevaba ambas manos metidas en los bolsillos, iba todo de n***o y tenía dibujada una sonrisa suave en los labios, apenas imperceptible
―¿Tendré una habitación para mí? ―preguntó la pequeña mirando a Leblanc con ojos centellantes
―Sí, es la segunda después de esta ―dijo Leblanc ―puedes ir ahora, si quieres ―Leblanc no había terminado de hablar cuando Estrella empezó a correr hacia su alcoba, Leblanc la vio alejarse y la sonrisa se le terminó de dibujar, dejando de ver yna hilera de dientes perfectos, a Coral pensó de inmediato en Liv, su obsesión por el señor Leblanc estaba justificada, el tipo era guapo.
―Te acompañaré ―dijo Coral caminando a zancada. Estrella ya estaba lejos para escucharla.
Los enfermeros aún estaban instalando a su padre en la habitación, le habían colocado esas cosas en el pecho que transformaba los latidos de su corazón en un constante bip bip, en realidad, no estaba a solas con Dominick Leblanc, aun así, la invadió un terrible temor, una sensación inexplicable de estar en peligro cerca de aquel peculiar hombre.
―Déjala ―le ordenó Leblanc y Coral se detuvo en seco como si aquello hubiese sido una orden incuestionable ―no va a perderse ―agregó con un tono menos severo.
―Es muy traviesa, podría romper algo ―refutó Coral con un hilo de voz y siguió caminando hacia la salida de la alcoba.
Entonces, Leblanc la cogió por el antebrazo, ella tuvo que detenerse, aquel contacto le había producido una sensación desconocida. Se giró para mirarlo y se sintió más confundida de lo que ya estaba; él había cerrado los ojos. Cogió mucho aire, como si intentara llenarse todo por dentro, lo sostuvo unos segundos y lo dejó salir de golpe en una exhalación muy sonora. Los labios le temblaban. El tono pálido de su rostro cambió de un segundo a otro, luciendo un tono más vivo.
―¿Está bien? ―preguntó Coral y miró hacia los enfermeros para constatar si habían notado lo que ocurría. Se acercó, Leblanc no le había soltado en brazo. ―Señor Leblanc, ¿está bien? ―repitió la pregunta con la voz temblorosa.
Leblanc se acercó más a ella, la soltó y la abrazó como si quisiera que aquel contacto fuese mas intenso que solo tocarle el brazo. Coral lo dejó hacerlo, el perfume de Leblanc era envolvente, casi hechizante, olía a una gloriosa mezcla de madera y lluvia.
Sintió como si una hoguera se encendiera repentinamente en su pecho, aquel calor que manaba de ella al estar entre los brazos de Dominick Leblanc, no era normal, no era correcto, no era moral, pero no le importaba, no pensó ni por un instante en romper aquel abrazo; sentía que podía permanecer así por siglos. No podía explicar por qué se sentía de esa forma y no intentaba hacerlo, era como convertirse de pronto en un ser irracional, carnal.
―¡Veo que tus invitadas se adaptan muy bien! ―Aquella voz femenina hizo que Coral diera un salto hacia atrás. Se aclaró la garganta y vio a la elegante mujer parada en el umbral de la puerta.
―Ana ―susurró Leblanc con fastidio en la voz, como si lo acabaran de obligar a despertar de un agradable sueño.
―Amor ―dijo ella con mil veces más entusiasmo que Leblanc, caminó hacia él y le plató un beso en los labios ―¿Te sientes mejor ahora que la bruja está cerca? ―preguntó la mujer mirando a Coral.
―¡Anastasia! ―el tono de Leblanc de pronto reflejó enojo ―ya te dije que no es una bruja ―es una ninfa, una náyades, no es una bruja ―la mujer rodó las pupilas hacia arriba
―Da igual ―dijo con desinterés ―¿Nos vamos ya a almorzar? ―preguntó cogiéndolo de la mano. Leblanc asintió con la cabeza y se fue con Anastasia.
Coral miró sus espaldas alejarse.
Anastasia era alta, un par de centímetros menos que Leblanc, pero le sacaba al menos una cabeza a Coral. Tenía una abundante cabellera rojiza que llevaba acomodada a un lado de su cuello, busto generoso y una cintura muy pequeña. Llevaba un vestido ajustado con un gran escote en la parte trasera que dejaba ver su espalda llena de pecas. Era perfecta, eso percibió Coral mientras la veía alejarse de la mano de Leblanc, eran dos seres físicamente perfectos, eran una pareja perfecta, sin duda.
En cuanto Leblanc y Anastasia salieron, Spurv entró en la alcoba.
―Imagino que deben tener hambre ―dijo juntando las palmas de las manos a la altura de su pecho. Coral asintió con la cabeza. En realidad, moría de hambre ―entonces, vamos al comedor ―exclamó Spurv dándose media vuelta ― ¡les he preparado una delicia! ―se le notaba emocionado como un niño pequeño, Coral lo siguió contagiada por el entusiasmo del joven.
―¿No comerás con nosotras? ―preguntó Coral al notar que Spurv solo puso en la mesa dos platos.
―No, yo tengo asuntos que atender ―dijo él sin mirar a Coral a los ojos. El rostro de Spurv era de un tono glauco, como si sufriera de alguna enfermedad o como si estuviera anémico ―estoy trabajando en algo para, ya sabe...ehh, romper el hechizo.
―Cuando el hechizo sobre el señor Leblanc se rompa ¿también se romperá el que afecta a mi padre? ―era una pregunta que Coral se venía guardando.
―Señorita Steward...
―Coral ―por favor, llámame Coral
―Coral, tú no ha hechizado a tu padre. De momento solo he hallado una forma de romper el hechizo y... no, no he ―dejó salir un suspiro y se rascó la nuca ―no quiero planteárselo al señor Leblanc antes de manejar otras opciones ―puso lo cubiertos envueltos en servilletas a un lado de los platos ―Ahora, si me disculpan, tengo que hacer un viaje largo ―dijo con un tono muy serio ―si necesitan algo, usen el intercomunicador, marquen el uno cero uno y se comunicarán directamente a la oficina del señor Leblan. Si necesita tratar algún asunto con él en persona, puede subir a su departamento
―¡Espera! ¿no vive aquí el señor Leblanc? Es decir ¿no vive en este departamento? ―Spurv sonrió
―¡Oh! ¡no! ¡por supuesto que no! ―dijo él como sabiéndose dueño de un secreto importante ―es un gran privilegio que el señor Leblanc le conceda tanta cercanía. Que la dejara vivir con él en el mismo departamento sería un verdadero milagro. Ni siquiera deja a la señorita Anastasia entrar ahí.
Aquello causó una inexplicable satisfacción en Coral. Spurv hizo una reverencia y se marchó