La casa de la manada vibraba con energía, risas y el constante ritmo de pasos, a medida que más invitados llegaban cada día. El aire estaba cargado con la mezcla de aromas de las manadas vecinas, los pasillos cobraban vida con saludos y voces ofreciendo felicitaciones a Michael y Kathy. Para los visitantes, esta era una ocasión alegre, un honor presenciar la unión del futuro Alfa y Luna de la Manada Silverblade.
Para Elaine, era como una jaula.
Cada nueva llegada, cada estallido de risa, cada palabra de felicitación se sentía como otra barra que la encerraba en una prisión de la que no podía escapar.
Se movía silenciosamente por los salones de reunión con su bloc de notas en mano, anotando horarios y transmitiendo mensajes. Servía vino, ajustaba los arreglos de asientos y manejaba el constante flujo de solicitudes con precisión ensayada. Para los Alfas y Lunas visitantes, ella no era nadie importante, solo un rostro servicial, una presencia silenciosa que aseguraba que todo funcionara sin problemas.
Y eso era exactamente lo que quería que vieran.
Su sonrisa era medida y cortés, pero nunca cálida. Sus palabras eran eficientes, concisas, pero nunca groseras. Su reverencia era respetuosa, pero sus ojos nunca se demoraban lo suficiente como para invitar a una conversación. Para el mundo exterior, ella era como una sombra, un engranaje silencioso en la gran maquinaria de los preparativos de la ceremonia.
Pero por dentro, se estaba desmoronando.
Más tarde esa noche, mientras los líderes de la manada se mezclaban en el gran salón, Elaine se mantenía de pie sobre una pared lejana. Se movía con gracia entre las mesas, rellenando copas y tomando notas mientras los invitados le hablaban.
Las risas y la música crecían a su alrededor, burlándose de ella con su júbilo. Sentía que presionaban contra su pecho, exprimiendo el aire de sus pulmones hasta que su respiración se volvía entrecortada y controlada.
Sin embargo, nunca flaqueó. Seguía moviéndose, una tarea tras otra, como si su vida dependiera de ello.
El banquete se extendió hasta entrada la noche. Las largas mesas brillaban bajo el parpadeo de la luz de las velas, el gran salón resonando con el sonido de voces y copas chocando en celebración. Los Alfas y Lunas visitantes se inclinaban cerca unos de otros, compartiendo historias de sus manadas, fortaleciendo alianzas sobre comida y bebida. De vez en cuando, sus miradas se dirigían hacia la pareja honrada, Michael y Kathy, y sus sonrisas se ensanchaban con aprobación.
Elaine también captó esas miradas. Vio la forma en la que Michael se sentaba alto y orgulloso junto a su hermana, con su mano descansando casualmente en el brazo de Kathy. Vio cómo las mejillas de Kathy se sonrojaban encantadoramente cuando otra Luna la elogiaba, cómo los labios de Michael se curvaban en una sonrisa orgullosa cuando la presentaba.
Cada vez que Elaine pasaba por su mesa, su pecho se contraía, un dolor físico que florecía justo debajo de sus costillas. Pero su rostro permanecía sereno, su expresión vacía de todo lo que realmente sentía.
No dejaría que lo vieran.
Y nadie lo notó.
Nadie vio cómo sus manos temblaban brevemente cuando se daba la vuelta. Nadie sintió el filo agudo del aullido de su lobo dentro de su pecho. A nadie le importó lo suficiente como para mirar más allá de la máscara.
Cuando finalmente el banquete terminó y el último invitado fue escoltado a sus habitaciones, Elaine se quedó atrás.
Sus pasos eran lentos, pero firmes, mientras se movía de mesa en mesa, recogiendo copas y platos medio vacíos. Sus manos doblaban los manteles con cuidado practicado, cada movimiento mecánico, como si fuera un autómata. El agotamiento que tiraba de su cuerpo no era por la larga noche de trabajo, sino por el constante esfuerzo de mantenerse unida.
Cuando se dio la vuelta con una bandeja en sus brazos, sus ojos se dirigieron hacia el extremo lejano del salón.
Michael todavía estaba allí.
El futuro Alfa estaba cerca de la mesa principal, con su brazo descansando suavemente sobre los hombros de Kathy mientras hablaba en tonos bajos. Pero sus ojos, sus ojos no estaban en su compañera.
Estaban en Elaine.
Incluso a través del gran salón, sintió la intensidad de su mirada siguiéndola en cada paso.
Su corazón vaciló, atrapado entre un salvaje aleteo de anhelo y la aguda punzada de la traición. Por un peligroso segundo, casi vaciló, casi se permitió creer que había algo en sus ojos que no era orgullo por Kathy, sino arrepentimiento por ella.
Pero Elaine aplastó el pensamiento antes de que pudiera echar raíces.
Apretó el agarre de la bandeja, enderezó sus hombros y caminó con firmeza hacia la puerta. No miró hacia atrás. No podía.
Ya no había espacio para la esperanza.
Para cuando llegó a la salida, sus pulmones ardían por contener el sollozo que se abría camino por su garganta. En el momento en que la puerta se cerró tras ella, corrió.
Sus pies la guiaron por el camino familiar a través del bosque, las hojas crujían bajo sus botas, las ramas arañaban sus brazos como si intentaran detenerla. Pero nada podía impedirle llegar al único lugar donde podía respirar: la cascada.
El rugido del agua al caer llegó a sus oídos antes de que el claro se abriera. El sonido era un bálsamo, un escudo que ahogaba los ecos de palabras crueles y sonrisas falsas.
Cayó de rodillas en la tierra húmeda, con su cuerpo finalmente traicionando la fuerza que había intentado mantener. El sollozo brotó de su pecho, crudo y desenfrenado.
Su loba aulló dentro de ella, con el sonido vibrando en sus huesos, lamentable y furioso. "Esto no está bien. Esto no es lo que la Diosa quería para nosotras".
Elaine presionó sus palmas contra el suelo, con las lágrimas fluyendo libremente.
—Lo sé— susurró con la voz quebrada. —Lo sé, pero ¿qué opción tenemos? Nos han quitado todo.
Su loba gruñó, inquieta, deseando luchar, desgarrar por la injusticia. Pero Elaine no tenía fuerzas para luchar. No ahora. No cuando cada día se sentía como sangrar lentamente por una herida que se negaba a cerrar.
El agua rugía ante ella, implacable, constante, como si se burlara de su pequeñez ante el destino. Durante mucho tiempo, se permitió romperse, dejar que los sollozos sacudieran su cuerpo hasta que apenas podía respirar.
Elaine se quedó dormida por el agotamiento, por un día entero de fingir, y por el constante dolor de ver a su compañero con otra.
Y entonces...
Una ramita se rompió detrás de ella.