—Sigues diciéndome que entiendes mi dolor, Luna— la voz de Elaine temblaba con una furia apenas contenida, mientras su mirada se fijaba en Beatrice. —Pero dime, ¿alguna vez tu compañero te rechazó? ¿Se apartó del vínculo que la Diosa de la Luna creó para ti, porque eligió a otra? ¿Porque ella estaba embarazada?— Sus palabras resonaron como un trueno en la habitación. Nadie se movió. Nadie respiró. La voz de Elaine se elevó, más aguda ahora, cada pregunta era una cuchilla. —¿Alguno de ustedes tuvo que sacrificar a su compañero, su destinado, porque les dijeron que podría afectar la unidad y la paz de la manada? ¿Alguno de ustedes tuvo que sentarse y mirar mientras la persona que era suya abrazaba a otra persona y le prometía un para siempre? Sus ojos ardían, las lágrimas amenazaban con e

