—¿Rechazada?— Darius lo repitió, su voz baja, pero aguda, como si la palabra misma lo cortara. Su pecho se tensó, y la incredulidad estaba brillando en sus ojos. —Eso es… imposible. Ningún lobo rechazaba a su compañera destinada. Era una ley más antigua que cualquier escrita, una verdad incrustada en la médula misma de su especie. Las compañeras destinadas eran sagradas: el regalo más perfecto de la Diosa de la Luna. Rechazar no solo era un tabú; era una ofensa contra su propia naturaleza. Los lobos susurraban sobre ello como un mito, una maldición, algo que podría suceder en teoría, pero que nunca ocurría. Nunca. Sin embargo, allí estaba ella, de pie ante él, frágil y temblando, con sus ojos llevando la prueba en su tristeza. No era sorprendente que pareciera como si la vida misma hubi

