Este capítulo es pura oscuridad. Un monstruo celebrando su propia carnicería. Don Gerardo, el villano que no se esconde, que se ríe del dolor ajeno como si fuera vino añejo. Aquí va, con la tinta manchada de humo y sangre: La finca de Don Gerardo, en lo profundo de las montañas de Cuba, no olía a café ni a tierra húmeda. Olía a pólvora, a gasolina, a muerte reciente. Él estaba de pie en su terraza, con un habano encendido entre los dientes y una copa de coñac importado en la mano. Sus ojos, negros como la traición, brillaban con satisfacción. —¿Y bien? —preguntó sin voltear, mientras Emilio, su mano derecha, se acercaba. —Confirmado. El fuego hizo lo suyo. Los padres de Liliana... quedaron como carbón. Gerardo soltó una carcajada seca, desalmada. —Qué ironía… tanto insistieron en mete

