Capítulo 3: Todas las coronas pesan

1284 Palabras
Narrado por Scarlett La entrenadora nos hizo repetir la coreografía ocho veces. No siete. Ocho. Y si alguna se equivocaba, volvíamos a empezar. Spoiler: me equivoqué. Dos veces. —¿Estás dormida o solo estás pensando en ti misma como siempre? —susurró Lana al pasar junto a mí. Me giré. Lenta. Deliberada. Como quien carga un arma invisible. —¿Sabes qué es lo mejor de tener una corona, Lana? Que a veces, una solo necesita inclinarla un poco para cortarle la cabeza a alguien. La sonrisa se le congeló en la cara. —Uy, qué miedo —se burló, pero sus ojos ya no brillaban igual. —No necesitas tener miedo, aún. Pero si vuelves a hablarme como si fueras más que una copia barata de mí, te juro que te dejo llorando en el vestidor. Me acerqué un paso más. —Y sin pestañear. Brooke, que hasta ese momento había estado tan callada como siempre, soltó un resoplido. —Ya, Lana. No la provoques más. ¿Qué ganas con eso? Lana se giró sorprendida. —¿Tú ahora la defiendes? Brooke encogió los hombros. —Estoy harta del drama que armas cada semana. Si Scarlett te molesta tanto, deja de vivir pendiente de lo que hace. La miró directo, por primera vez. —Es agotador. El silencio fue más fuerte que el reggaetón de fondo. Lana chasqueó la lengua, giró sobre sus talones y se fue con sus pompones como si acabara de perder el título de villana principal. Me quedé quieta, respirando. Brooke se acercó y, sin mirarme, dijo en voz baja: —No estoy de tu lado. Pero tampoco estoy del suyo. Pausa. —Tú brillas aunque a veces te olvides de eso. No supe qué responder. Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí menos sola. Salí del gimnasio antes que las demás. Tenía las piernas como plomo y el estómago vacío. Pero no era eso lo que más dolía. Lana había estado especialmente odiosa. Brooke distante otra vez. Y yo, yo solo quería desaparecer. Me senté en los escalones traseros del edificio de artes. Ahí no llegaba nadie. Excepto él. —¿Estás escapando o escondiéndote? —preguntó Logan con esa voz que tiene el descaro de sonar amable hasta cuando pregunta cosas incómodas. No lo miré. Solo suspiré. —¿Y si es lo mismo? Escuché sus pasos acercarse, seguros, pesados, como si el mundo no lo tocara. Se sentó a mi lado, dejando una distancia mínima, suficiente para respirar… pero no para huir. —No lo es —dijo—. Escapar es correr de algo. Esconderse es porque ya te alcanzó. Lo miré. Tenía hojas en el cabello y las mejillas rojas del entrenamiento. Era tan hermoso que dolía. Y no por su cara. Por cómo me miraba. Como si pudiera verme. —Deja de hacerlo —le dije. —¿Hacer qué? —Mirarme así. Como si supieras algo que yo no. —Scarlett —murmuró, suave, casi como si doliera—, no sé todo. Pero sé que no estás bien. Y que estás agotada de fingir que sí. Lo odié un poco en ese momento. Porque tenía razón. Y porque su verdad se sentía demasiado cerca de la mía. Me levanté de golpe. No quería llorar. No enfrente de él. —Tengo clase —mentí, como quien lanza una granada. —No. Me giré, sorprendida. —¿Qué? —No tienes clase. Estás huyendo. Y ahí estaba su sonrisa. Tierna. Paciente. Dolida. Como un faro que se niega a apagarse. —Pero está bien —añadió—. Cuando termines de correr. Aquí estaré. No sé por qué lo hice. Tal vez fue su voz. Tal vez fue su paciencia. O tal vez estaba demasiado cansada de no tener a nadie. Pero me giré. Y lo abracé. No fue un abrazo grande. Ni apasionado. Solo cerré los brazos alrededor de su pecho y escondí la cara contra su camiseta. Logan se quedó quieto un segundo. Solo uno. Y luego sus brazos me rodearon como si hubieran estado esperando ese momento toda la vida. No dijo nada. No se rió. No preguntó. Solo me sostuvo. Con esa calidez que parecía prometerme que el mundo no se iba a romper mientras él me tuviera cerca. Su aliento rozó mi cabello y, con una suavidad casi reverente, depositó un beso tierno en mi coronilla. El latido de su pecho contra mi mejilla aceleró el mío. Un gesto pequeño, casi invisible, pero cargado de una electricidad que quemaba dulce, prometiendo algo más sin necesidad de palabras. Por un instante, el tiempo se plegó, el mundo se redujo a ese abrazo y ese roce. Y por un segundo, solo uno, Casi le creí. Logan no aflojó el abrazo, como si soltarme fuera romper el frágil equilibrio de ese momento. Su pecho seguía pegado al mío, y su aroma —una mezcla de tierra mojada y un dejo dulce que, ahora, parecía llevarme impregnada— me envolvía. Con la voz baja, casi un susurro, me dijo: —Scarlett si alguna vez necesitas algo, cualquier cosa, por favor, dímelo.. No era una promesa vacía, era un compromiso tatuado en su mirada. Y en ese instante, supe que no estaría sola. Narrado por Logan Carter La sentí temblar apenas, como si todo su mundo colapsara en silencio y de pronto, mi único instinto fue sostenerla. Mis brazos se cerraron alrededor de ella, sin pensar, sin medir. Como si su cuerpo hubiera nacido para encajar en el mío. Dios. Olía a hogar. A ese perfume suave que ya me conocía de memoria. Y a ella. Tan jodidamente ella. Sabía que tenía que soltarla en algún momento, pero mi cuerpo no estaba de acuerdo. La tenía entre mis brazos y no quería dejarla ir. No todavía. No cuando por fin la sentía real, viva, temblando contra mí. Bajé el rostro, apoyé la barbilla en su cabello. Estaba tibia. Vulnerable. Perfecta. —Scarlett —susurré, apenas audible— si alguna vez necesitás algo, cualquier cosa por favor, dímelo. Mi voz sonaba más rota de lo que quería admitir. Porque la verdad era simple: no quería que me necesitara. Quería que me eligiera. Pero por ahora, si tenerla así por un segundo era todo lo que me tocaba Lo iba a grabar en la piel. Narrado por Scarlett Sentí cuando su abrazo empezó a aflojarse. No porque quisiera soltarme, sino como si estuviera negociando con el mundo cuánto más podía tenerme entre sus brazos sin romper algo. Nuestros cuerpos aún estaban cerca, demasiado. Y entonces, lo miré. Sus ojos encontraron los míos, y durante un segundo —largo, lento, suspendido— no dijo nada. Solo me miró. Como si intentara memorizar cada detalle de mi cara. Como si, en otra vida, ya me hubiera amado y en esta apenas me estaba recordando. Sus pupilas bajaron. Un leve, casi imperceptible desvío hacia mis labios. Solo un segundo. Solo una mirada. Pero bastó para que mi corazón se desbocara. Yo tampoco quería soltarlo, quería que siguiera abrazándome y nunca me soltara. Por primera vez en mucho tiempo, quería quedarme. Y justo entonces, la realidad entró sin pedir permiso. —¡Logan! —gritó una voz masculina al fondo, seca, impaciente—. A la pista. Ya es hora. Él no respondió de inmediato. Ni siquiera se giró. Seguía mirándome, como si aún pudiera detener el tiempo con solo una mirada. —Tengo que irme, nena —murmuró, su voz un roce. Asentí. No confiaba en mi voz. Sus dedos se deslizaron lentamente por mis brazos mientras se apartaba, como si aún no estuviera listo para dejarme ir del todo. Y yo tampoco lo estaba.
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