Zora sonrió, si, sonrió, cuando un oficial de policía llamó a su móvil para avisarle que su novio, su novio, estaba preso y necesitaba de alguien que pagué la fianza o fuera a hablar por él con los oficiales. No es que sonrió porque fuera un chico raro que le alegraba que su pareja estuviera en prisión o que no quería estar sin él (nunca querría eso). Lo que le hizo sonreír es que le llamaran a él entre todas las personas que Mirko conocía. No llamaron a Stan (aunque el idiota siempre lo sacaba al otro día) o a Jay, lo llamaron a él.
Otras personas no pensarían en el hecho de que sacar a alguien de la cárcel o firmar su fianza es algo de lo que sentirse orgulloso, pero Zora si lo creía así (era un idiota enamorado, ¿qué más se podía decir?). Orgulloso de una manera rara, orgulloso en realidad por como avanzó su relación y la nueva confianza que tiene en su pareja para llamarlo en un momento de aprietos. No siente orgullo porque esté preso, le parece tonto, un rebelde tonto que un poco le da ternura, por lo que no le termina diciendo nada.
Mirko generalmente le decía al oficial que llame a Jay, su mamá lo entendía, aunque pensaba que era un idiota por dejarse atrapar. Mirko hacía idioteces, como pintar paredes, patear y romper autos de profesores que no le caían (en eso su madre no estaba tan de acuerdo), entre otras cosas que no eran consideradas graves ni para los oficiales.
Cuando no podía sacarlo, lo llamaba a Stan; ya hasta que no le cobraba la fianza. Hacía la cosa burocrática y dramática de meterlo preso solo para que Mirko aprenda algo (nunca pasaba) pero era bueno intentarlo. Y cada vez que pasaba fingía que no iba a volver a suceder, por supuesto, ya nadie en la comisaría del pueblo le creía.
Prácticamente se conocía a todo el mundo que llevaban detenido ahí, varones, por supuesto, porque separaban las comisarías por género. No era una cárcel como tal, sino un lugar transitorio, los que estaban ahí eran principalmente delitos tontos como los de Mirko. Algunos de los oficiales de policía lo apadrinaban y lo tenían como si fuera su sobrino rebelde al ser de los más chicos que iban a parar ahí, algo que en definitiva le servía a Mirko pero que no le gustaba, porque como el rebelde que era estaba en contra toda autoridad y por casi, declararse anarquista solo por ver diferencias en el sistema pero sin leer nada al respecto todavía.
Zora sonrió, sonrió y sonrió. Amplió y mostró sus hoyuelos. Bajó las escaleras, casi saltando, ridículamente, de felicidad, tomó sus llaves de la mesada que estaba en la entrada y le contestó con un "a la estación de policías" a su mamá, cuando le preguntó a dónde iba tan temprano un sábado. Dejó a Anne con el ceño fruncido y su mirada abierta, sorprendida, pero sin hacerle más preguntas pues confiaba en su hijo.
Salió sin más. Vestido con un jogging gris oscuro, una remera blanca un talle más grande que el suyo con un unicornio en medio, que era su ropa de entrecasa. Lo único que hizo antes de salir fue lavar su cara, para no lucir tanto como si recién se levantara.
Caminó rápido, apurado por ver a su novio y darle miles de besos por confiar en él y dejar sacarlo de prisión. Y aunque la estación de policías estaba a varias cuadras, caminando con sus piernas largas, llegó en pocos minutos.
Con una cara seria y bastante amargada el oficial le hizo preguntas rutinarias como: ¿a quién quieres sacar?, ¿cómo te llamas?, número de contacto, ¿cuál es tu edad? Zora recordó a Mirko y lo que le dijo una vez: "Stan se hace pasar por mayor de edad para sacarme de prisión". Así que soltó un "20".
El Policía frunció el ceño y lo miró fijo por un rato, obviamente dudando de su edad. Zora tragó saliva, porque si, tenía cara de niño incluso. Lo único que podría ser de 20 años es su estatura.
—Dejaré que se vaya esta vez, aunque pareces de doce años— Dijo más tarde, todavía mirándolo con el ceño fruncido. Hizo una mueca con su rostro que Zora interpretó como “no me vuelva a tomar de estúpido” aunque no sabe bien por qué.
Zora suspiró aliviado. Era tímido frente a personas desconocidas y ni hablar frente a un policía, así que agradecia a su cuerpo por no temblar en ese momento.
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Mirko salió poco después, siendo escoltado por otro oficial menos cara de malhumorado que el que lo atendió. Saludó al que había atendido con un choque de puños y salió de la mano con Zora.
Afuera, llegaron a dar solo un par de pasos antes de que Mirko se planteé en medio de la calle, con un puchero en sus labios y suelte un "¿me cargas hasta casa? Estoy cansado”con una voz de bebé aguda completamente fingida
Zora le sonrió con ternura. Pensó en que era el colmo, sacar a alguien de una comisaria y que le pidiera que lo cargue en brazos. Aunque se podría decir que era el que parecía más un bebé gigante de los dos, definitivamente no lo era tanto como Mirko.
—Haré el ejercicio de mi vida pero como no me queda de otra, lo haré— Contestó con una sonrisa llena de ternura, encogiendo los hombros a la vez.
Rodó los ojos, todavía con su sonrisa tierna en los labios. Mirko le sonrió amplió y prácticamente se tiró encima suyo apenas Zora abrió los brazos para recibirlo, envolviendo torpemente sus piernas alrededor de la cintura de Zora y sus brazos alrededor de su cuello. Zora comenzó a caminar. Lento pero seguro, la única razón por la que avanzaban era porque sus pasos eran largos.
—Ahora no eres tan malo, ¿no?—preguntó con esfuerzo divertido Zora. Soltó una risa que, hablando dramáticamente, le costó un pulmón.
—Soy tan malo como quieras que sea, papi— Contestó travieso, su tono lascivo. Con una mirada exageradamente juguetona, que la hizo aunque Zora no pudiera verla desde la posición en que tenía su mirada.
Zora suspiró pesadamente.
—¿Quieres que te folle aquí, ahora, en la calle?— Preguntó Zora entrecortado y con más pausas de las que debería haber, una de sus cejas alzadas. —¿Que sea bien duro y todo el mundo sepa lo putita que eres cuando estás a solas conmigo?
Quién suspiró pesadamente ahora fue Mirko. Su cuerpo se fundió sutilmente con el pecho de Zora por un momento.
—Si,— Prácticamente lo gimió. —Y que vayamos a la cárcel juntos luego, eso sería romántico— Dijo después de unos segundos, claramente en broma. Rió sin poder aguantarlo apenas lo dijo.
Zora soltó una carcajada divertida también.
—Eres terrible— Murmuró y besó su mejilla. —Te amo por eso.
Todavía en sus brazos, Mirko sonriendo, acomodó su rostro en el hueco del cuello de Zora.
No duró más de tres calles así: llevándolo en brazos y la verdad que era siquiera difícil de pensar que pudiera llevarlo hasta su casa cargando, cuando no entrena en un gimnasio, ni otro tipo de actividad física. Se podría decir, si los vieras por la calle, que es un novio debilucho enamorado dispuesto a cumplir cualquier capricho.