Eva suspira al ver, ante sus ojos, el enorme portón de su casa, el que no ha cambiado nada en estos veinticinco años. La puerta está semi abierta y no se ve nadie alrededor. Entra a la sala. Allí, abatido, en una silla de ruedas, con una copa de ron en las manos, está su padre. -Hola, papá -saluda la mujer con soberbia. -Isabel... -El hombre se nota asustado. -¿Qué te pasa? ¿Dónde está el hombre orgulloso que recuerdo? -Estoy muy enfermo, hija -confiesa como pidiendo perdón. -Enfermo -sonríe irónica-. Qué lástima. -Voy a morir, tengo mis días contados. -No hay mucho que contar. -¿A qué te refieres? -A que no te queda mucha vida -lanza de sopetón. El padre traga saliva con dificultad. -No puedes hacerme daño, todos saben que estás aquí. -¿Quién? Si todos tus hombres se

