-Helena Hawthorne-
La semana del velorio de Archer es un espectáculo de poder y duelo. Si hubiera sabido que podían ser tan hipócritas dentro del palacio hubiera jugado mejor mis cartas desde antes. Las tradiciones son estresantes, mucho más cuando tengo que estar todo el tiempo viéndome como si tuviera fuerzas para mantenerme en pie. Desde el momento en que se anuncia oficialmente la muerte del rey el palacio se convierte en el centro de un ritual cargado de simbolismo. Un ritual que me asquea, que me hace querer destapar las mentiras y exponerlas, pero eso solo sería dar más razones para destruir lo poco que queda de Astley.
La urna, que supuestamente contiene las cenizas del cuerpo de Archer, descansa hoy sobre un pedestal de mármol en el gran salón. El pueblo entero ha sido parte de las tradiciones, ha mostrado su respeto, su dolor, por la pérdida de su segundo monarca en poco más de una semana.
Una tragedia. Una que ha sido noticia internacional, por lo insólito que resulta.
¿Qué monarquía aún vigente ha pasado por esto en toda su historia? Puede que pocas, puede que ninguna.
Las coronas de flores blancas y los arreglos dorados y negros llenan la estancia. Ha sido así durante estos siete días que ha durado este circo.
Respeto la tradición. En mi mente me digo que esto está destinado para los anteriores reyes y no para Archer, que está vivo y recuperándose. Porque si me dejo llevar realmente por todo lo que siento, voy a terminar loca.
Los dignatarios extranjeros llegan uno a uno para presentar sus condolencias. Lo hacen también las principales familias de la corte. Presentan sus lamentos y conmiseraciones como si de verdad lo sintieran. Estoy segura que, contados con los dedos de una mano, son los que sienten esta pérdida de verdad.
Definitivamente, me miran a mí ahora como su enemiga número uno.
«No los culpo, eso esperaba cuando hice mi decreto».
Pero al final de la semana, el último día de rituales y antes de llevar la urna a su lugar de descanso, la atmósfera está llena de solemnidad. Este día mi rostro está oculto tras un velo n***o, visto de completo luto y a mi lado, dos chicas del servicio para asegurarse que puedo mantenerme en pie.
Ahora soy la pura imagen de una reina desconsolada, pero fuerte. Escucho los murmullos sobre mi entereza, sobre cómo cargo no solo con la pérdida de un esposo, sino también con la responsabilidad de proteger a un país que se tambalea.
Pero lo que no sabe nadie, o muy pocos, es que no es en los problemas típicos de una economía pausada donde residirán los mayores problemas. En el interior del palacio, ese donde hasta las sombras conspiran, donde no estoy a salvo, pero al que tengo que exponerme.
Porque voy a jugar al gato y al ratón con mis enemigos. Y tengo que empujarme al laberinto con ellos.
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El barón, al que durante años llamé padre, entra a mi despacho con la arrogancia de un hombre que se siente dueño de todo lo que le rodea. Él no lo sabe, pero está aquí solo porque yo decidí que así sería, por más que a ellos les guste pensar algo diferente, que quieran sentirse poderosos.
Su andar es seguro, sus ojos me escanean con ese aire de superioridad que siempre ha usado para recordarme mi lugar. Unos ojos que en algún momento respeté, pero que muy pronto en mi corta vida, entendí que no me respetaban a mí.
—Helena —dice a modo de saludo, omitiendo cualquier formalidad que mi título exige. Sé que lo hace adrede—. Hasta que al fin te dignas a entender lo que te conviene. Un gusto recordarte que es aquí donde yo tengo que estar.
Su sonrisa de gato empalagoso me pone los pelos de la nuca de punta, pero finjo que su presencia no hace nada con mis nervios.
No lo invito a sentarse, pero él toma la silla frente a mi escritorio como si le perteneciera. Su actitud despreocupada es indignante, provocadora y ofensiva, se siente como una bofetada deliberada. Que no me dé importancia aun siendo la reina es un recordatorio de que, durante años, me vio como una niña caprichosa que no estaba a la altura de sus estándares. Una niña para la que tenía planes ambiciosos y peligrosos.
—Barón —digo con mi barbilla alzada y mirada sagaz. Uso el título con la intención de marcar la distancia—. ¿Ahora intercambiamos cortesías?
Él me observa con una sonrisa casi indulgente, pero veo en sus ojos que no le agrada para nada la manera en que lo trato. Distante, hermética y, obviamente, no siendo el perro faldero que quiere.
—Siempre tan dramática. Pero supongo que no puedo esperar más de alguien que siempre fue una rebelde sin objetivo de vida. —Estrecha sus ojos, a la par que cruza sus piernas y junta sus manos en una pose relajada y, al parecer, intimidante de una manera que solo él entiende—. Estás en este lugar solo porque yo lo decidí.
Mis manos se cierran en puños sobre el escritorio, pero no muestro más reacción. No le daré la satisfacción de verme perder el control. Y si lo hago, es solo porque tengo ganas de hacerlos pagar a todos, no porque hayan jugado con mi vida como les dio la gana todos estos años. Él se jacta de sus palabras, pero esa rebelde que menciona aprendió las cosas importantes de la vida. La importancia de la preparación en todos los sentidos posibles, incluyendo a esa que muestra lo que quieren ver los demás.
«Lo que siempre le di a mi supuesto padre».
—Es cierto que me trajiste aquí, pero también es cierto que lo hiciste por interés propio, no por altruismo. Sé perfectamente quién soy, la razón por la que fui solo un medio para tus fines.
Su sonrisa se desvanece por un instante, reemplazada por una mirada de cautela. Pero se recupera rápido.
—¿Y cuál sería tu punto, niña? —pregunta, inclinándose hacia adelante con una mueca que pretende ser condescendiente—. Sí, te crié. Te di un hogar, un nombre, una posición. Sin mí, seguirías siendo una huérfana sin importancia.
Me río. Levanto una ceja inquisidora.
—¿Sin importancia? ¿Por eso estás aquí ahora? —replico, sabiendo que le doy en su ego—. Puede que, sin ti, no estuviera ahora en esta silla, pero no creas ni por un segundo que este no era mi destino, Aurelius Van Holden. Tú, alguien más… no importa quién, porque es el orden de las cosas. —Me reclino en mi alta silla, lo miro sonriendo—. Pero tu propia ambición me puso aquí, un plan cuidadosamente diseñado, ¿no es cierto? Devolver a la heredera legítima del trono de Astley y asegurar la influencia que ya estabas perdiendo.
El barón me mira con los ojos encendidos de rabia. Está a nada de explotar y eso es evidente.
—Y, por supuesto, para que algún día tu hijo, ese al que tuve que llamar hermano, ocupara el trono a mi lado.
El barón se queda en silencio. Por un momento, parece considerar negarlo, pero en lugar de eso, se echa hacia atrás en la silla y suelta una risa baja y grave.
—Así que ya lo sabes. Bien. Así será más fácil. No he estado años liderando una revolución para que un capricho tuyo lo arruine todo. Nada cambiará, Helena. Estás aquí, tienes esa corona porque yo lo permití y harás lo que yo diga si no quieres que vengan peores consecuencias.
Me inclino hacia él, mi voz baja, pero repleta de autoridad.
—No te temo, Aurelius. Mataste a Archer, mataste a sus padres, todo en afán de cumplir tus objetivos. Querías una pieza más en tu tablero, alguien que pudiera jugar según tus reglas, pero cometiste un error. No soy una pieza, barón. Soy la reina ahora, y tendrás que matarme.
El brillo de triunfo en sus ojos se apaga lentamente, reemplazado por una mezcla de furia y desafío.
—¿Y qué vas a hacer, niña? Esto es más grande que tú y no tienes idea de lo que viene, lo que estoy dispuesto a hacer para salirme con la mía.
Sonrío levemente, pero mi expresión no tiene calidez.
—Por eso estás aquí, barón. —Ya lo tengo donde quiero.
Sus ojos se entrecierran, no entiende nada.
—No soy idiota y sé que me matarás cuando tengas oportunidad, digamos que no quiero eso. Y tú tampoco, porque mi muerte te complicaría las cosas. ¿Es el duque de Altair el siguiente en la línea de sucesión?
Levanto mi ceja, Aurelius ahora se ve entre rojo y pálido, furioso y sorprendido.
—No será mi hermano el Van Holden en el trono.
Asiento, le sonrío otra vez.
—Entonces, digamos que cedo a tus peticiones, pero nadie más que yo ocupa el trono.
Su rostro se endurece. Sé que mis palabras han cambiado el rumbo de la conversación.
—Estás jugando con fuego, Helena. Podría destruirte con un solo movimiento si así lo quisiera.
Él intenta voltear el rumbo de esta conversación. No le gusta el hecho de que haya mencionado lo de la línea de sucesión. Puede que el líder de esta rebelión sea Aurelius Van Holden, pero ahora comienzo a ver mejor sus motivos para ir por esa vía.
—Si pudieras matarme, ya lo habrías hecho. Y ya concluimos que eso no te conviene —respondo, mis palabras tan afiladas como una daga.
Se levanta bruscamente, su cara es una máscara de ira contenida.
—Tienes razón en una cosa, niña, no te mato porque te necesito, pero no cometas el error de creer que lo sabes todo. Hay cosas que ignoras, secretos que podrían cambiarlo todo... y no están a tu favor.
Sus palabras caen como un peso sobre mí, pero no dejo que mi rostro lo refleje. La curiosidad puede tratarse luego.
—Si sabes tanto, barón, ¿por qué no compartirlo? —pregunto, con una sonrisa que no llega a mis ojos.
—Porque no es el momento —responde con una calma peligrosa—. Pero llegará. Y cuando lo haga, veremos si tu trono sigue tan firme como crees. Por ahora, puedes seguir fingiendo que tienes el control.
—Imagino que eso es un rotundo no a mi propuesta —me burlo, aunque me mantengo seria.
El barón solo se indigna más y retrocede, con rumbo a la puerta del despacho, pero no se retira del todo cuando llega a ella. Se gira y, por supuesto, hace su cierre excepcional.
—El trono no es para ti. Ni como Hadsburg ni como Van Holden ni, mucho menos, como la Hawthorne que dices ser.
Se va al fin y yo vuelvo a respirar. Mentiría si dijera que mis manos, aunque firmes, no sienten el impulso de temblar. La punzada de incertidumbre me llena, pero su amenaza no es nada nuevo, no es algo que no esperara desde antes de su aparición. Sus advertencias están de más en este juego que apenas comienza.