-Helena Hawthorne-
Molesta es poco para lo que estoy. Que me vean como una idiota no es nuevo, pero sigue siendo indignante.
¿Cómo se atreven a mentirme de esta forma?
Archer no está muerto. Ellos acaban de jugar una carta que creen ganadora, porque pretenden desestabilizarme, porque me harán creer que me quedé sola y sin más apoyo, ese que de todas formas nunca tuve.
Savoy dice que por el anillo...y quisiera ver cómo se las arregla para dármelo luego. No estoy segura que Archer lo llevara cuando lo vi estos días, sinceramente, no presté atención a eso. Pero si resulta que sí lo lleva, ya quiero ver qué se inventan para convencerme a mí de que es la joya real, uno de los elementos que debe llevar el rey de Astley consigo.
Camino de regreso a mi habitación con unas ganas inmensas de solo tirarme a la cama y dormir. No puedo hacerlo, sin embargo, las ansias por confirmar la verdad me carcomen, no podría dormir de igual forma, por más cansada que esté.
Estos días han sido una locura, entre mis nuevas funciones y Archer, su situación, no descanso; apenas puedo mover mis pies y sé que no es sano, ni para mi bebé ni para mí. Pero, ¿de qué forma ocuparme de esto?
Tengo que hacer vida social y política como si no estuviera embarazada. Y respecto a Archer y mis horas de sueño y descanso, no podía concebir estar lejos de él sabiendo que todavía no despertaba. Quizás ahora que ya sé que está mejorando pueda tomarme tiempo para mí, ese que él no valoró ni le importó antes de insinuar que mi hijo puede no ser suyo.
«Es que es un maldito, carajo».
En la habitación, me quito el vestido que llevo por cortesía siempre. Abro mi maleta, esa que sigo arrastrando a todos lados, y busco unos pantalones y una camiseta sencilla. Mis tenis sucios, esos que eran de Sarah, regresan a mis pies. Basta de ser la reina, basta de ser solo Helena. Archer puede lidiar con sus dolores de cabeza si le da la gana.
En cuanto me siento lista me decido, tengo que ir por esos pasadizos y asegurarme que todo está bien, justo como lo dejé. Me miro al espejo para darme fuerzas y la mujer que veo ahí me devuelve la mirada con cansancio. Unas ojeras marcan mis ojos azules y mi piel blanca, las señales claras de mi agotamiento.
El pasadizo está más oscuro de lo que acostumbro, o quizás soy yo la que se siente como si las sombras que proyecta la linterna en las paredes de piedra pudieran atacarme. Cada paso que doy retumba como un tambor en mi cabeza, amplifican los latidos acelerados de mi corazón. Tengo un miedo frío en mi interior, por más que sigo repitiéndome que todo está bien, que no debo temer por una mentira.
Cuando llego a la salida, siento que respiro de nuevo, pero mi corazón late con mucha más fuerza. Uno de los guardias está ahí, vigilante. Sus ojos se encuentran con los míos y veo que se pone firme de inmediato.
—Su majestad —me dice con una leve inclinación de cabeza.
No respondo, no puedo. En medio segundo siento que me quedo sin aliento. Las palabras están atrapadas en mi garganta y solo puedo pensar en la urgencia de confirmar lo que Savoy dijo. Mi mirada, que no es menos que una súplica, lo lleva a responder antes de que abra la boca.
—El rey está estable, señora.
No sé si la noticia se extendió y él entiende perfectamente la razón de que llegara aquí ahora, pero agradezco que me alivie. La fuerza abandona mis piernas, pero me apoyo contra la pared antes de caer. Bajo la cabeza y respiro profundo, una vez, dos veces…tres.
«No está muerto. No es verdad».
Me lo sigo repitiendo, porque necesito borrar todos estos miedos absurdos. El temblor de mi cuerpo es menos, pero persiste en mi interior. Una chispa de alivio se enciende en mi pecho, pero la sofoco rápidamente; necesito verlo con mis propios ojos.
Me guían por el corredor estrecho hasta la puerta de madera reforzada. El guardia que me escolta se detiene antes de abrirla. Me mira con respeto.
—La señora Ana está adentro con él.
Asiento lentamente. Sé que Ana tiene cosas que contarle a Archer sobre su madre. Es de esperarse que esté aquí.
La puerta se abre y, al entrar, el olor a medicamento y a encierro se mezcla con el susurro de una conversación. Ana está inclinada sobre la cama, entregándole algo a Archer, unos cuadernos forrados en cuero. Mi esposo, mi rey, el hombre que me ha tenido en su mano y ha presionado sus dedos cada vez que le ha dado la gana, tiene una venda gruesa alrededor de la cabeza, pero está despierto.
«Vivo».
La presión en mi pecho se libera de golpe, pero un torrente de emociones la reemplaza. Es una mezcla de alivio, rabia, amor y miedo. Mi visita anterior no terminó de la manera en que esperaba y mentiría si dijera que no siento el estar aquí como una nueva derrota.
Pero una cosa es lo que yo siento y otra muy distinta es lo que muestro.
Helena Van Holden, Hawthorne o Hadsburg, el apellido que sea que tenga, no es débil. Al menos no ante nadie. Ante mí misma, frente a un espejo, veré mis lágrimas caer por mis mejillas. No aquí. No importa que ame a Archer, que lo haya hecho como Sarah y que lo haya hecho con cada parte de mí. Él no se ha ganado mi confianza, porque cada vez que ha tenido una oportunidad, me ha roto en trozos que, cada vez, se entierran con más fuerza en mi pecho.
Ana se percata de mi presencia y se endereza rápidamente. Su mirada cautelosa busca la mía, pero no digo nada. Todo mi ser está enfocado en Archer. En sus ojos azules que ahora me miran como si no creyera que vuelvo a estar aquí.
—¿Helena? —pregunta con voz rasposa, sorprendido. El brillo de su mirada resurge, el opaco se desvanece.
El nudo en mi garganta finalmente se rompe, trago en seco todo lo que me ahoga. Camino hacia él sin saber qué voy a decir, pero las palabras salen por sí solas. Sin filtro, sin que pueda detenerlas.
—Solo vine porque me dijeron que habías muerto. —Mi tono es más frío de lo que debería. Mi cuerpo entero tiembla por la mezcla de alivio y enojo. Verlo es recordar esa pregunta que me rompió. La duda, la desconfianza.
«Yo no soy la única que no confía».
Él me mira incrédulo y trata de sentarse, pero el gesto lo hace gemir de dolor. Contengo el impulso de acercarme y ayudarlo, cierro mis manos en puños para evitar hacerlo.
—¿Qué clase de juego es este? Yo no pedí que hicieran tal cosa —dice con el ceño fruncido, con el gesto torcido con el dolor que siente. Mira a Ana y ella niega.
Está claro que no fue una orden que tomó él. Soy consciente de que esta fue una decisión del otro bando. El que quiere desestabilizar mucho más a mi reino, el que quiere aprovechar de un pueblo dolido.
—Sé que no lo pediste, Archer. Esto es un paso de los Van Holden. Solo vine a ver que no te habían encontrado.
Ana, que hasta el momento se había mantenido en silencio, interviene.
—Voy a moverme para intentar ver de dónde sale esa información —dice y espera mi confirmación. Se la doy. Le da un vistazo a los cuadernos que están en las manos de Archer—. Los dejo solos. Con permiso.
El silencio que nos rodea hasta que ella sale y por unos segundos después, es abrumador.
—Se están moviendo rápido, tengo que recuperarme y poder…
—No harás nada —respondo con dureza, deteniendo lo que sea que va a decir—. Esto es un campo de minas, Archer. El hecho de que estés vivo es la única ventaja que tenemos ahora. No pienso desperdiciarla.
Su mirada se suaviza, pero su postura sigue siendo rígida. Es una combinación de orgullo, entendimiento y contradicción por no querer ceder.
—¿Qué propones? —pregunta, aunque ya intuye la respuesta. Sus ojos me miran entrecerrados.
Me encojo de hombros, porque la respuesta está clara.
—Que sigas muerto. Por un tiempo más.
Archer respira hondo y cierra los ojos un momento. Puedo ver la tensión en sus hombros, cómo su mente procesa lo que acabo de proponer. Se pellizca el puente de la nariz y suelta un largo suspiro. Espero a que asimile, en mi cabeza todo está claro. Soy yo la que ha estado lidiando con el exterior.
Cuando vuelve a mirarme, su expresión es una mezcla de resignación y preocupación. Y no quiero que lo sienta, que me mire así. Porque no quiero debilidades y él, está siendo la mía.
«Estoy aquí cuando me dije que no lo haría más y solo porque pensé que lo habían encontrado».
—Tiene sentido, pero es arriesgado —exhala como si le costara aceptar eso—. Si sigo "muerto", eso les da ventaja. Podrían consolidar su posición antes de que podamos hacer algo.
—Lo sé —respondo, intentando mantener la compostura, porque eso lo entiendo bien—. A estas alturas ya sé con lo que trato, Archer. Sé que crees muchas cosas de mí, no te culpo por eso. Pero si algo me ha dado todo este problema en el que me metieron, es conocimiento de la mierda que me rodea. La peor parte es que no pedí nada de esto.
Hago una pausa cuando la emoción me gana, pero no es de la buena. Es la que muestra mi rabia, la indignación que siento por toda la manipulación que siempre ha estado rodeándome.
—Pero también nos da tiempo —continúo con un suspiro, porque no puedo mostrar lo mucho que esto me afecta—. Tiempo para planear, para descubrir quiénes son leales y quiénes no. Este juego es más grande de lo que imaginamos, algo me dice que es apenas el comienzo. No podemos seguir reaccionando. Tenemos que adelantarnos.
Sobre todo porque el ataque en la capilla estaba destinado para deshacerse de nosotros, de los dos. Pero yo sigo aquí y estoy siendo un grano molesto en el trasero de esos que no quieren caer.
Él baja la mirada, y por un instante parece que va a discutir. Pero sé que comprende. Sabe que no hay otra opción.
—Está bien. Lo haré —dice finalmente, su voz baja es casi un susurro. La manera en que acepta casi da a entender que tiene alguna oportunidad de decidir lo contrario—. Pero tienes que prometerme algo, Helena.
Su mirada se vuelve intensa, su postura me pone tensa a mí. Todo mi cuerpo se sacude con un escalofrío por la forma en que la temperatura de esta habitación parece subir.
—No tomes riesgos innecesarios, por favor. Esto no es solo sobre nosotros dos. Tú... tú no estás sola.
«¿No lo estoy? Yo me veo bastante sola todo el día y a toda hora».
Mis manos se cierran en puños a mis costados. Sus palabras se sienten contrarias a lo que él pretende. No sé si es que estoy tan enojada que no puedo evitar sentir rencor, porque la más afectada de todo esto siempre termino siendo yo.
Sacudo la cabeza en una negativa. Dejo salir una risita que es más irónica que otra cosa.
—No necesito promesas vacías, Archer. No ahora, no después de todo —susurro, sintiendo que el pecho me arde con la necesidad de aceptar lo que él me dice, pero sabiendo que a la hora de la verdad solo me tengo a mí misma—. Lo que necesito es que entiendas lo que esto significa. Si juegas a estar muerto, tendrás que confiar en mí para mantener el control en la superficie. Y yo... —mi voz se quiebra por un segundo, pero lo escondo tras un respiro—, yo haré lo necesario para que mi plan funcione.
Se queda en silencio, evaluándome. Tiene esa mirada que podría ser capaz de leerme como un libro abierto. Por momentos me odio por el muro que levanto entre nosotros, pero no le doy tiempo para romperlo, ni yo lo tengo para explicarle por qué lo hago.
—Dijiste que tienes un plan. ¿Qué más tienes en mente? —pregunta, con un leve tono de resignación que me hace querer golpearlo y abrazarlo al mismo tiempo.
Me acerco un paso y lo miro directamente a los ojos.
—Le abriré las puertas del palacio a los Van Holden—digo, lo hago con determinación. Sin dudar
Archer me mira como si hubiera perdido la cabeza, sus ojos se desorbitan al instante, comienza a negar y puedo ver su inquietud inmediata. Trato de ignorar el pinchazo de inseguridad en mi pecho al verlo así de alterado.
—¡Eso es una locura, Helena! ¿Sabes lo que pueden hacer si tienen acceso a ti? —Su voz se eleva y se lleva una mano al costado, como si el esfuerzo le doliera.
Trago, lo hago duro, pero no bajo mi mirada de la suya.
—Lo sé. Y también sé que es el único modo de exponerlos. Si no los enfrentamos directamente, seguirán moviendo las piezas desde las sombras. Los quiero dentro, donde pueda controlar sus movimientos, no fuera, donde sean impredecibles.
—¿Controlar? ¿Así lo llamas? Helena, esto no es una partida de ajedrez. Es nuestra vida. La tuya y la de nuestro… —Su preocupación es palpable, pero también lo es su ira.
—No termines eso —lo detengo antes de que se haga el padre responsable. Yo sé a lo que me expongo, lo he sabido y así, me he estado manejando por mi cuenta. Él se calla, el dolor se muestra en su rostro al instante, la desesperación. Me muestro dura e insurgente—. Soy la reina, Archer. Y esto no es una discusión. —Mi voz es firme, incluso cuando siento el nudo en mi garganta—. Yo demando. Y tú... tú debes confiar en que sé lo que estoy haciendo. Por lo demás no te preocupes…
Archer se queda en silencio. Puedo ver la lucha interna en sus ojos, la tensión en su mandíbula y la manera en que sus manos se vuelven puños por no poder hacer nada.
Al final asiente, derrotado.
—Habrá consecuencias —advierte, con los dientes apretados.
—Siempre las hay —respondo, es algo que tengo entendido.
El silencio que sigue está lleno de tensión, la incertidumbre me abruma. Finalmente, me acerco a la cama soltando un suspiro y cerrando mis ojos por un segundo. Me cubro el rostro con ambas manos y cuando vuelvo a bajarlas, él toma una y entrelaza nuestros dedos.
Me atraviesa una corriente de pies a cabeza. Mis muros se tambalean y estoy a nada de soltar un gemido necesitado. Porque Archer es…todo lo que nos rodea es complicado. Él y mis sentimientos son complicados.
—No quiero pelear contigo, Helena. —Su voz se escucha afectada—. Ya me dejé llevar demasiado por todo lo que me dijeron. Antes de que el desastre nos alcanzara otra vez había estado decidido a darnos una oportuni…
—Necesito que confíes en mí —lo interrumpo, sintiendo que mi corazón tiembla por lo que él está a punto de decir—. Si no lo hacemos, ellos ganan.
Su otra mano se cierra alrededor de la que ya sostiene, con más fuerza de la que espero.
—Confío en ti, Helena. Solo prométeme que no te perderás en todo esto. Y que no nos perderemos nosotros tampoco.
Lo miro a los ojos, tengo que hacerlo. Me permito ser débil un momento. Quiero preguntarle si realmente hay un nosotros. Él no quiso a Sarah, no me quiso a mí, no dudó en desconfiar de mí…¿qué tengo que esperar?
Asiento. No tengo palabras que decir, porque sé que no puedo garantizarle lo que me pide. Sin embargo, elijo ceder.
Archer mantiene su mano en la mía por más tiempo del necesario, como si temiera que lo soltara y lo dejara caer al abismo en el que ambos ya estamos. Sus ojos se oscurecen con una mezcla de culpa y vulnerabilidad que no suelo ver en él. Y entonces habla.
—Helena... —dice, su voz apenas un susurro. Da un repaso a mi ropa sencilla, la camiseta, el jeans, incluso mis pies con los tenis que sé que reconoce—. Antes de que te vayas, debemos hablar…
—No es el momento, Archer —lo interrumpo, anticipándome a lo que quiere decir. Mi tono es cortante, pero no puedo evitarlo. No ahora.
Ya me siento demasiado vulnerable.
—Por favor, escúchame. —A pesar de su debilidad, su mano aprieta la mía con fuerza—. Me equivoqué al dudar de ti. Por favor, déjame explicarte lo que sentí, Helena. No solo tú lo perdiste todo…no solo a ti te llenaron la cabeza de…negación.
Sus palabras son como una daga que se hunde en mi pecho. Cierro los ojos y respiro profundamente, intento mantenerme firme. Vuelvo a negar.
«Si me derrumbo ahora, no tendré fuerzas para lo que sigue. Necesito la rabia, necesito la ira, necesito mis muros en el mismo lugar».
—Archer, no... —mi voz es más suave ahora, pero también firme—. No podemos hablar de eso ahora. No puedo.
—Pero tengo que disculparme —insiste, con una urgencia que me desarma, que hace que mis rodillas flaqueen—. No puedo dejar que sigas pensando lo peor, Helena. No quiero una vida en la que tú no estés.
—Estoy aquí —gruño.
—No, no lo estás. No realmente. Y daré todo para tenerte de vuelta. —Su tono es derrotado, pero seguro a la vez.
Me aparto un poco, rompiendo el contacto visual. Su sinceridad es un arma de doble filo, una que abre heridas que no estoy lista para enfrentar. Consciente o no, ha sido mucho el daño que he soportado de su mano. Estoy agotada.
—Tendremos esa conversación cuando sea el momento, Archer. Pero ahora, lo que importa es asegurarnos de que sigas vivo... y de que la monarquía no caiga. —Me alejo, soltando suavemente su mano.
Él intenta decir algo más, pero lo detengo con un gesto de mi mano. Si insiste, me voy a derrumbar.
«Eso no puede pasar».
—Descansa. Vas a necesitar toda tu fuerza para lo que viene.
Mis palabras son definitivas, pero en mi interior siento cómo algo se rompe al dejar esta conversación pendiente. Es lo que en un momento quise y ahora solo se siente como mi mayor debilidad.
«No hay debilidades, no pueden haberlas».
Me alejo de Archer sin volver a verlo. Estoy ya en la puerta cuando vuelvo a escuchar su voz.
—¿Vendrás a verme esta noche?
Cierro los ojos, suspiro. Tiemblo por dentro. Mi mano se cierra alrededor del marco de la puerta.
—No. Tengo un funeral que preparar.
Sigo adelanto y salgo de la habitación, cerrando la puerta detrás de mí. Al hacerlo, todo me cae como un balde de agua fría. Me detengo unos segundos, apoyo mi espalda contra la pared y trato de estabilizar mi respiración.
No puedo permitirme pensar en sus disculpas, en su arrepentimiento, en un futuro.... No ahora.