-Helena Hawthorne-
Me miro al espejo y no me gusta lo que veo. Puede ser que me sienta eufórica de una manera extraña, porque me siento constantemente en una cuerda floja de la que, si caigo, no sobrevivo, pero la mirada que me devuelven esos ojos no es la que siempre había deseado para mí.
Me veo muerta. A pesar de que me siento relativamente viva.
Las bolsas oscuras bajo mis ojos, que oculto con un buen maquillaje, son la muestra de mi falta de sueño, de mi agotamiento, pero lo opaco de mi mirada es la muestra de lo que por dentro soy. Una nada absoluta con pocas ganas de continuar.
Lo único que me mantiene activa es mi bebé. Ese pequeño o pequeña que crece dentro de mí y por el que debo poner todo mi empeño. Puede que el padre sea un imbécil, pero mi bebé no tiene culpa de eso.
Me giro un poco para verme de lado, me visualizo con una panza redonda y grande, con una sonrisa enorme y con el hombre que amo a mi espalda, como si fuéramos una familia feliz, como si nada de lo que nos rodea pudiera hacernos daño. Pero esto es solo eso, un espejismo.
Ni Archer estará sonriente abrazado por detrás a mi cintura. Ni sus manos estarán tocando mi vientre abultado con cuidado y amor. Ni yo tendré esa sonrisa radiante y el brillo enamorado en mis ojos.
Esta imagen solo permanecerá en mi mente, en un lugar que encierro con llave para que no salga a relucir en estos momentos tan confusos.
Alguien llama a la puerta y yo me tenso. Al instante escucho la voz del otro lado y me relajo.
—¿Me permite, Su majestad?
Es Briar quien está fuera de la habitación.
—Adelante…
Camino hasta la pequeña sala de estar y cuando la puerta se abre, veo al guardia que siempre me cuida mirarme con cara de circunstancias. Mi corazón se dispara y late acelerado en mi pecho.
—¿Qué pasa? —pregunto, con el latido en la boca y entrelazando mis dedos para que no sea evidente el temblor que se apodera de mis manos de repente.
Su cara es todo un poema.
—Es que… —Hace una pausa y toma fuerzas—. El señor Savoy vino a informarle de algo importante, Su majestad.
Mi espalda se tensa, un escalofrío me recorre.
—Y no lo dejaste pasar.
Él niega.
—¿Te dijo qué quería decirme?
Vuelve a negar.
—Está esperando por mí… —Eso no es una pregunta, es una afirmación.
Briar asiente.
—Dice que es importante.
Yo miro el reloj, son cerca de las cuatro de la tarde.
Después de la reunión extraordinaria para informar sobre el nuevo decreto salí del palacio directo al hospital. Debo aceptar que quitarles los privilegios a los que no lo merecen se siente bien, pero la medida surgió por el bien de este pueblo que se ha ganado mi corazón.
No me interesa cómo funcionaba todo antes, lo que era prioridad para el rey Evander. Poco me importa si Archer no está de acuerdo con mis leyes. En este instante, la reina soy yo, tengo el poder en mis manos y no tengo ninguna intención de ahogarme en él. Si lo hago, será para defender a los que no tienen cómo defenderse.
Por eso di la orden inmediata de entregar los recursos necesarios y que ya estaban escaseando en el hospital. Además de hacer un pedido completamente gratuito en el exterior, para abastecer de productos que estaban en falta.
William Savoy y el consejo, además de todos los nobles respingados, pueden sentarse ante mí y jugar a esta partida de ajedrez.
A ver quién gana.
—¿Dónde está?
—Dijo que la espera en el salón principal.
Asiento y me digo que, si se atreve a darle esa orden a Briar y asumir que iré con él por su petición, es por algo serio.
Salgo de mi habitación y tomo rumbo al salón. Me había tomado un descanso de mis estudios, solo para valorar la posibilidad de ir con Archer.
Puede que no merezca mi compañía y que yo no esté dispuesta a dársela, pero hay cosas que necesitamos hablar. Puedo ser políticamente correcta de ser necesario. Y la prioridad ahora es establecernos, no dejar que la rebelión y las intenciones de los Van Holden opaquen nuestros resultados. Ellos no lograron salirse con la suya, no vamos a darles una segunda oportunidad para que terminen el trabajo dejado a medias.
Atravieso todo el palacio desde el ala de la que me he apoderado y hasta el salón principal. Lo hago con calma, siendo custodiada por dos guardias además de Briar. No soy tan inocente como para no saber que tengo enemigos en mi propio palacio.
Ana misma se pasea por todo el lugar solo a través de los pasadizos, no hay garantías de que ella sea la única que los conozca.
William Savoy está en el centro del salón, vestido de completo n***o y con la mirada perdida en un punto de la pared. Cuando hago acto de presencia, que mis pasos se escuchan, él me mira y en sus ojos hay tormento.
Lo que me hace estrechar la mirada y fruncir las cejas.
—Su majestad. —Hace su inclinación. Yo no le digo que no es necesario hacerla, que se incline siempre, así sabe su lugar.
—Aquí estoy. Espero que valga la pena este llamado y que no sea para lidiar con el ego molesto de doce consejeros que solo velan por sus propios intereses, cuando su labor social y política es mucho más amplia.
Él traga en seco y niega con la cabeza.
—Es algo más…más importante, Su majestad.
Levanto una ceja cuando él hace una pausa dramática. Tengo mis manos a mi espalda, con mis dedos entrelazados, para poder lidiar con mi impaciencia.
—Adelante.
—Es sobre el rey.
Los pelos de mi nuca se erizan, siento que mi rostro pierde de repente el color.
¿Lo habrán encontrado? ¡Maldición! Debí asegurarme de hablar con los guardias sobre su seguridad y la posibilidad de una búsqueda exhaustiva debido a mi insistencia.
—¿Lo encontraron? —susurro, con la voz cortada, doy un paso adelante y apoyo mi mano en el respalda de la silla que tengo delante.
Savoy abre sus ojos. Yo más me asusto.
¡Mierda! ¡Esto lo cambia todo!
—Sí, Su majestad.
Mis rodillas se aflojan, me llevo la mano al pecho. Me falta el aire y siento que puedo vomitar aquí mismo. Esto es un giro que esperaba no tener que enfrentar, tener a Archer de regreso es peligroso y es sobre eso que quería hablar con él.
Me hubiera gustado mantenerlo oculto el mayor tiempo posible. Para poder hacer un plan, para librarnos de todos, con pruebas, sin temor a equivocarnos.
Pero ahora todo cambia.
—Pero…lo encontraron muerto.
Levanto la cabeza de golpe. Mis nudillos se ponen blancos contra el respaldo de la silla, sosteniéndome, sin saber qué decir o tener la fuerza para decir algo.
—¿Muerto? —Creo que me escucho, no estoy segura.
Mi pecho se aprieta. Me digo que me está mintiendo, que yo sé que Archer está vivo. Pero la posibilidad de que lo encuentren siempre estará, mucho más si lo quieren para sus propios planes.
Los oídos me pitan y no escucho, aunque veo a Savoy moviendo la boca. La vista se me nubla y ya no soy capaz de sostenerme. Pronto siento los brazos de alguien rodeándome y agradezco el haber venido acompañada de mi guardia, porque me ayuda a sentar cuando no soy capaz de mantenerme en pie.
—Helena —dicen mi nombre, pero no puedo ver a través de la bruma en mis ojos.
Siento mi cuerpo débil y me parece estar viviendo de nuevo el día de la coronación, cuando sentí perderlo.
—Él no está muerto —murmuro, queriendo convencerme a mí misma de que no es así.
Cierro mis ojos y me digo que tengo que calmarme. Pensar con la cabeza fría.
Sabía que era una posibilidad que llegaran diciéndome esto, pero el miedo a que sea verdad no puedo dejar de sentirlo. Esta puede ser la confirmación de que me siguen creyendo idiota, pero, una vez más, ¿y si de verdad lo encontraron?
Me digo que Ana me lo hubiera dicho, uno de los guardias que lo protegen, pero permanece esa angustia en mi pecho, gritando que no quiero perderlo. No, después de haberlo encontrado y de que haya despertado.
Intento calmarme. Tengo que escuchar toda la historia.
Y si esto resulta ser una treta, al menos mi sentir les dará algo de satisfacción.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando me siento un poco mejor. Abro los ojos y ante mí veo dos sirvientas con un vaso de agua y un poco de algodón bañado en alcohol. Savoy está un poco por detrás de ellas y Briar está cerca también.
Miro a mi alrededor. Descarto el alcohol, pero acepto el agua. Y cuando termino de dar un sorbo, cuadro mis hombros.
—Salgan todos, por favor. —La orden es clara y todos la cumplen al instante—. Savoy, tú quédate.
Él asiente, espera a que todos se vayan y le indico que se siente en la silla frente a mí.
—Dame un motivo para no despedirte ahora mismo. Explícame qué carajos fue lo que dijiste.
Él traga en seco y asiente.
—Lo siento, Su majestad, pero no hay una manera fácil de decir esto. Los rescatistas terminaron de retirar todos los escombros. Se encontraron dos cuerpos y...
Baja la cabeza como si realmente le importara.
—Están irreconocibles.
Siento la bilis subiéndome a la garganta. Mis ojos se llenan de lágrimas de solo pensar en todo lo que me agobia ahora.
«Archer está vivo. Está vivo. Esto es una vil mentira».
Me lo tengo que repetir para recordarlo, para creerlo, pero eso no quita que mi cuerpo se sienta débil, desmadejado, sin fuerzas.
—Quiero verlo...
Mi voz sale ahogada. Pestañeo las lágrimas y caen sobre mis manos temblorosas. William Savoy se encoge un poco, me mira con lástima.
Y yo quiero golpearlo por eso.
—Su majestad, no se lo recomiendo. Usted no está bien...verlo será demasiado.
El revoloteo en mi pecho es la desconfianza. Grito interiormente cuando todo se acumula en mi mente.
Sé que Savoy no es de confianza, pero esto es justamente lo que esperaba. Y me lo acaba de dejar en bandeja de plata.
Si mis miedos son infundados y Archer sigue donde mismo lo dejé, entonces mis enemigos acaban de hacer su movimiento.
Yo haré el mío.
—¿Cómo pudieron saber que es él? —Logro decir, con la voz apretada y la mano en el pecho.
Tengo que hacer mi mejor presentación.
—El anillo.
Cierro los ojos y me imagino esa imagen. La mano de Archer con el anillo de la familia real, ensangrentada, machacada, quién sabe en qué otras condiciones podría presentarse ese escenario que ellos quieren hacerme creer.
Dos lágrimas caen por mis ojos, pero el motivo no es el que Savoy puede creer. Soy yo llorando por todo lo que ha pasado, lo que me queda por vivir y las pocas esperanzas aseguradas.
Asiento. Trago saliva. Levanto la cabeza y miro al asesor ante mí.
—Prepara el funeral. El pueblo querrá ver su cuerpo, pero... —Me tapo la boca cuando un sollozo me sube a la garganta—. ¿Es posible cremarlo? No sé si eso va en contra de las tradiciones...
Savoy asiente. Con su cabeza gacha me mira.
—La familia real siempre es cremada. Podremos despedirnos del rey Archer, justo como lo hicimos con el rey Evander y la reina Clarissa.
Asiento. Me levanto todavía con las rodillas flojas.
—Prepara todo. Yo...yo necesito ir a mis aposentos y... —Lloro con más fuerza. Me muestro débil, destrozada.
Intento recomponerme, finjo que no puedo hacerlo. Le doy la imagen que ellos quieren.
Me voy, dispuesta a seguir llorando. Me alejo de Savoy, pero cuando no he dado tres pasos, me vuelvo a girar.
—¿Cuántos guardias?
Savoy se me queda viendo como si no entendiera.
—¿Cuántos guardias no llegaron a salir de la capilla?
—Solo uno, Su majestad. Su cuerpo fue encontrado cubriendo el del rey.
Siento asco. Por todo esto. Y por las imágenes que pasan por mi mente como un huracán que provoca emociones tumultuosas.
—¿Y los otros dos? —pregunto.
Él frunce las cejas sin entender.
—Solo había un guardia desaparecido, Su majestad.
—¿Nunca hubo más escoltas?
—No...
Suspiro y desestimo mi actitud con una sacudida de mi mano. Pero siento la bilis subir, la confirmación de la mentira, el amargo del engaño y la indignación porque piensan que soy estúpida.
«Él ni siquiera recuerda sus palabras».
...El rey Archer no pudo salir a tiempo. Junto con tres miembros de su guardia personal...
—Olvídalo, esto es demasiado —murmuro triste y salgo del salón.
En cuanto atravieso las puertas, que tomo camino de regreso a mi habitación, pienso en su respuesta.
Me está mintiendo.
O lo hizo hoy o lo hizo el día de la coronación, pero Savoy me acaba de confirmar que no es de fiar.