Isabella Estaba sentada en el café donde le había pedido que nos encontráramos. La taza de té se enfriaba entre mis manos. Ven, Leonard. Por favor. Solo una vez… solo dime la verdad. Miraba la puerta cada minuto. Miraba mi reloj cada cinco. Una hora pasó. Luego dos. Finalmente, tomé mi bolso, ocultando las lágrimas que ardían en mis ojos, y me levanté. —Se acabó —murmuré para mí misma. Leonard —¿Adónde vas? —preguntó Sofía, deteniéndome en la salida del hotel. —Tengo que irme. Isa me está esperando. Ella sonrió, fría como el hielo, y levantó su teléfono. —¿Estás seguro? Porque si sales por esa puerta, estas fotos le llegarán ahora mismo. Me detuve. El peso del mundo cayó sobre mis hombros. Isa… lo siento. —Solo será una reunión rápida —mentí, girando sobre mis talones. I

