Isabella La cena estaba servida en la mesa. Dos platos. Dos copas de vino. Y un silencio que lo llenaba todo. Esperé. Cada tic-tac del reloj era un golpe en mi pecho. Cuando finalmente escuché la llave en la puerta, mi corazón latía con fuerza. Él entró, impecable como siempre… pero con los hombros caídos, como un hombre cargando un peso invisible. —Leonard… —dije con voz firme. Se detuvo, mirándome con esos ojos grises que una vez lo significaron todo para mí. Pero no dijo nada. Ni una palabra. Apreté los puños bajo la mesa. —¿No tienes nada que decirme? —pregunté, con un hilo de esperanza en la voz. Silencio. Solo silencio. Asentí lentamente, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía. —Está bien. Ya entendí todo. Me levanté y me dirigí a la habitación, sin mirar atrás.

