HUMILLADA

679 Palabras
Isabella Llevaba días durmiendo menos de cuatro horas. Leonard había duplicado mis tareas, triplicado las exigencias y añadido reuniones a horas imposibles. A veces sentía que respiraba solo por reflejo. Pero no me quejaba. No frente a él. Hasta esa mañana. Estaba terminando de organizar los contratos para una presentación crucial con un grupo de inversores europeos. Los ojos me ardían y mis manos temblaban de cansancio. Revisé cada carpeta dos veces… o eso creí. A las diez en punto, Leonard entró en la sala de reuniones con su andar seguro, mientras yo colocaba las carpetas sobre la mesa de cristal. Los socios esperaban. El ambiente olía a café caro y nervios. Todo parecía en orden… hasta que no lo estuvo. —Señor Blackwell —dijo uno de los inversores, hojeando los documentos—. Hay un error aquí. Estas cifras no corresponden al acuerdo discutido. Leonard tomó la carpeta, la revisó en silencio. Sus ojos grises se oscurecieron como el cielo antes de la tormenta. —Torres. —Su voz sonó cortante, peligrosa. Yo me congelé. —Sí… señor Blackwell. —¿Revisó estos documentos antes de entregarlos? —Yo… sí. Lo hice. Al menos, eso pensé… —¿Pensó? —repitió, alzando la voz lo suficiente para que toda la sala lo escuchara—. ¿Eso es lo que hace aquí? ¿Pensar? Porque lo que yo necesito es alguien que sepa. No que “piense” que hace su trabajo. El calor me subió al rostro. Todos los ojos estaban sobre mí: curiosos, algunos con lástima, otros con diversión. —Señor Blackwell, asumo toda la responsabilidad. Estaba agotada y… —¿Agotada? —me interrumpió, con una risa fría y sin humor—. Si el cansancio es demasiado para usted, tal vez debería buscar un trabajo más sencillo. ¿Una cafetería, quizás? Allí un error no cuesta millones. Tragué saliva. Mi corazón latía desbocado. Mi respiración se hizo más pesada. Lo había soportado todo: sus críticas, sus órdenes, su indiferencia… pero esto… esto era demasiado. Respiré hondo, enderecé los hombros y lo miré directo a los ojos. —Con todo respeto, señor Blackwell… ya basta. La sala quedó en silencio. Nadie se atrevió a moverse. Ni siquiera él. —Basta de tratarme como si fuera su saco de boxeo emocional. Basta de asumir que mi cansancio es un lujo y no el resultado de cargar con tres jornadas en una sola persona. Él frunció el ceño, claramente sorprendido por mi tono. —Trabajo para darle una vida digna a mi familia. Mi madre enferma, mis hermanos en la universidad… ellos dependen de este salario. Y créame, he dado todo de mí por esta empresa. Pero lo que no voy a hacer, Leonard Blackwell, es permitir que me humille ni un minuto más. Solté el bolígrafo que tenía en la mano sobre la mesa. —Renuncio. El murmullo de los inversores llenó la sala. Leonard me miraba como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. —¿Está segura de lo que dice? —su voz era más baja ahora, pero aún cargada de esa intensidad que siempre me intimidaba. —Más segura que nunca. —Tomé mi bolso, respiré hondo y me giré hacia la puerta. No miré atrás. No podía. Si lo hacía, tal vez flaquearía. Y esta vez, yo tenía que ganar. Leonard Nunca nadie me había dejado sin palabras. Hasta Isabella Torres. La vi salir con la cabeza en alto, sin una lágrima, sin un temblor en la voz. Solo decisión pura. Y por primera vez en años, sentí algo inesperado… vacío. Ella era eficiente. Inteligente. Resistente. Pero más que eso… era la única persona en este edificio que me había tratado como a un ser humano y no como a un dios o un demonio. Y ahora se iba. Por mi culpa. Los inversores seguían hablando, pero sus voces eran un murmullo lejano en mis oídos. Solo podía pensar en ella. En cómo había encendido en mí un fuego que no supe reconocer… hasta que ya no estaba.
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