AUSENCIA

674 Palabras
Leonard Una secretaria renuncia. Otra toma su lugar. Así ha sido siempre. La gente viene y va. Nada cambia. Yo sigo aquí, en la cima. Por eso, cuando Isabella Torres abandonó mi oficina con esa dignidad arrogante —como si fuera ella quien tenía el control—, no sentí nada más que un ligero fastidio. El lunes, mi asistente de recursos humanos me dejó un sobre sobre el escritorio. Su carta de renuncia oficial. "Estimado señor Blackwell, Por medio de la presente formalizo mi renuncia irrevocable al puesto de secretaria ejecutiva. Agradezco la oportunidad y la experiencia adquirida. Mi último día fue el pasado viernes. Atentamente, Isabella Torres." Leí la carta tres veces. No había rastro de súplica, ni insinuación de arrepentimiento. Solo firmeza. —Hmpf. —Firmé el documento con un trazo seco y lo dejé sobre la bandeja de salida. Sabía cómo funcionaba esto. Ella se iría unos días, respiraría, y regresaría con los hombros encogidos y la voz baja, rogando por su puesto. Siempre lo hacen. El martes llegó la nueva secretaria. Una rubia de voz chillona llamada Amanda. —Buenos días, señor Blackwell —canturreó con exagerado entusiasmo. —Revise mi agenda y organice los documentos para la reunión de las nueve. —Le ordené, sin mirarla. A las 8:55, nada estaba listo. Los contratos estaban desordenados y uno incluso manchado de café. —¿Qué demonios es esto? —rugí. Amanda palideció. —Lo… lo siento, señor Blackwell. Pensé que— —¡No piense! Haga su trabajo. Por la tarde, ya estaba despidiéndola. El miércoles llegó otra secretaria, Marissa. Parecía eficiente, hasta que olvidó enviar un correo importante al CEO de una filial en París. El trato casi se cae por completo. El jueves, otra más. Esta olvidó hacer las reservas para una cena crucial con inversores. Me vi obligado a improvisar, y detesto improvisar. Para el viernes, había despedido a tres secretarias en una semana. Y en cada fallo, en cada momento de caos… mi mente volvía a Isabella. Ella jamás olvidaba una reserva. Nunca confundía un contrato. Siempre tenía la respuesta lista antes de que la pidiera. Pero sobre todo… no había silencio cuando ella estaba aquí. Había… vida. Leonard La noche del viernes, sentado en mi oficina vacía, giré la silla hacia la ventana. Las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia, indiferentes a mi humor. ¿Por qué demonios no vuelve? Casi podía verla en su escritorio, con su cabello recogido, los dedos moviéndose rápidos sobre el teclado. Podía escuchar su voz firme, sus respuestas inteligentes, sus ocasionales chispas de carácter que tanto me exasperaban… y que tanto extraño ahora. Ella no era como los demás. No solo porque era competente. Sino porque… no me temía. Me enfrentaba. Me veía como nadie más se atrevía a hacerlo. Y ahora… ya no está. Isabella Una semana había pasado desde que entregué mi renuncia. Había llorado la primera noche, sí. Pero no de arrepentimiento, sino de alivio. Por primera vez en meses, dormí ocho horas completas. Por primera vez en años, desayuné con mi madre y mis hermanos sin revisar mi teléfono cada cinco minutos. Encontré un trabajo temporal como asistente administrativa en una pequeña firma de abogados. El sueldo no era tan alto como en Blackwell Enterprises, pero el ambiente era humano, cálido. La diferencia era abismal. Sin embargo… por alguna razón, no podía sacar a Leonard Blackwell de mi mente. Su mirada de acero, sus órdenes cortantes, y esa extraña chispa que había visto en sus ojos cuando me enfrenté a él por última vez. Pero no. No podía volver. No importaba cuánto doliera. Leonard El lunes siguiente, mientras revisaba mi café solo y mi escritorio desordenado por cuarta secretaria en ocho días, algo en mi interior cedió. Ya no era orgullo. Ni ira. Era… vacío. Isabella Torres no era reemplazable. Y yo… no estaba dispuesto a dejar que se convirtiera en alguien más en mi lista de pérdidas. Si ella no vuelve por su cuenta… entonces tendré que ir por ella.
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