Vientre plano, con ombligo achinado; vello púbico n***o, denso, poco rizado, formando un triángulo perfecto; muslos y piernas largas torneadas, deliciosas, una espalda recta levemente hundida al llegar a unas caderas anchas y carnosas, que se continúan en un culo prodigioso, quizás un poco grande, perfecto para mis gustos y maravillosamente grande.
Me vuelve loco su olor, el aroma denso y excitante de su piel que, al igual que su color moreno, de avellana tostada, le dan un toque único que no he conocido hasta este momento. No me canso de besar, chupar, lamer, acariciar este cuerpo maravilloso que responde a mis estímulos con natural y creciente excitación.
Tengo el rabo tenso, tieso, duro y necesitado de alivio; Luisa está mojada y excitada, gime y empieza a poner aún más ronca su voz
—Cógeme, méteme el p**o, dame placer; vamos, penétrame ya, cabrón
Mientras su respiración se hace más rápida. Agarra mi macana para dirigirla a su sexo, penetro lenta y profundamente en un horno densamente mojado, ardiente como lava, que se cierra sobre el camote como un guante suave, estrecho y mullido.
El movimiento de mi pelvis crece y crece en rapidez, adaptándonos mutuamente a una
especie de loco baile en el que la música la ponen los gemidos y jadeos de ambos, el sonido del seco entrechocar de nuestros muslos y cerca del orgasmo, las frases y palabras entrecortadas casi gritadas por Luisa:
—Sigue, sigue; no pares, me gusta mucho; más, más.
Se viene en un profundo orgasmo, con un cierto estrépito de jadeos, grititos, suspiros. Sigo bombeando con fuerza durante un par de minutos hasta venirme en una eyaculación larga y fuerte.
Nos hemos dormido abrazados, sin ni siquiera hablar.
Las buenas noches se plasman en recibir un beso en la boca mientras me musita al oído con su voz ronquita y excitada:
—Duerme y descansa porque a Sandy y a mí nos gustas mucho.
Duermo con sueño agitado; sufro una pesadilla en blanco y n***o en la que Panchita, Consuelo, Luisa, Sandy y alguna otra mujer se montan una orgía lésbica con vibradores de tamaño descomunal en la que no me dejan participar, mientras la amante de Consuelo, abofetea mi cara y rompe mi culo con una pinga negra gigantesca.
Despierto sudando y dudando de donde me encuentro hasta que Luisa, me acuna en sus pechos, dice algo que no entiendo y me sumerjo en un oscuro mar de tranquilidad y sosiego.
Despierto después de dormir tranquilo y bien. Estoy solo en una cama grandísima con ropa de cama de raso n***o, no me había fijado anoche en ello.
—Buenos días, Luis, ¿has descansado?
Un beso suave en mi boca y la maravillosa visión de una diosa semidesnuda son la mejor manera de despertar. Me estiro gatunamente, con pereza, mientras mi tranca empieza a reaccionar ante la visión del cuerpo de Luisa apenas velado por un corto salto de cama n***o transparente.
—Llamó Sandy, te han dejado recado en el hotel para que vayas esta tarde a un pueblo de los alrededores. Dentro de un rato vendrá a recogerte con la moto; ven a la regadera que no tienes demasiado tiempo y ya es hora de comer
Cuando me levanto la erección ya es escandalosamente visible:
—Vaya, vaya, ¿eso no será por mí? Y mis ganas también.
Dentro de la regadera me apetece jugar un poco, así que abro las llaves para que salga agua tibia con fuerza, llamo a Luisa y mientras beso su boca cachonda, la empujo hacia dentro de la tina de baño
—Nos va a encontrar Sandy, date prisa.
Ya estamos los dos empapados y parezco un pulpo: no paro de tocar, acariciar, apretar y besar a Luisa, que no deja de acariciar mi rabo y apretar mi culo con fuerza
—No tienes casi culo, maricón
Mientras gime y habla en voz muy baja
—Me excitas mucho, cómo me pones; penétrame, rápido.
Se da la vuelta y apoya las manos en la pared, penetró de un golpe seco y fuerte su empapado y estrecho sexo, que me recibe con todo su placer.
—¡Aaahhh! Sí, sí… así… con fuerza
Y empujo con ganas en un vaivén rápido mientras siento que me excitan sobremanera el ruido provocado al golpear su culo maravilloso con mis muslos, la cabellera negra, larga y mojada, su perfume agreste, salvaje y sus grititos
—¡Aaayyy, aaayyy! Sí, sí… más, más…
Que van subiendo en intensidad. Tengo una venida corta aunque intensa, sigo con la v***a dentro de su hambrienta panocha.
—No la saques; sigue, sigue…
Más floja que otra cosa, y en poco tiempo Luisa grita alto y fuerte:
—Sííííí, aaauuu; ya, para, para.
Estamos abrazados bajo la lluvia de la regadera, me suelto, tomo un frasco de gel y empiezo a lavar su cuerpo al mismo tiempo que ella lo hace conmigo, qué estupendo masajear esas curvas únicas, esa melena maravillosa y sentir sus manos recorrer todo mi cuerpo. Qué sensación de suavidad y relajo.
—Eh, juguetones, que ya es la hora de comer. Luis, se nos va a hacer tarde. Te he traído ropa, igual deberías darte de baja en el hotel, ¿no, mamá? Es a lo que acostumbras con tus amantes —la voz de Sandy, un poco irónica, ¿no? Nos saca de nuestro mojado ensimismamiento, nos enjuagamos y Luisa desaparece camino del restaurante con su hija mientras me afeito y me visto.
Tras comer excelente pero rápidamente, la joven, callada y seria ¿enfadada? Me lleva a toda velocidad camino de la posible entrevista con el líder de los migrantes.
El pueblo al que vamos está bastante alejado, en una zona boscosa verdaderamente preciosa. Tras un primer contacto con una pareja de sudamericanos con cara de pocos amigos que nos siguen también en moto, llegamos a un lugar perdido en medio de la arboleda y en el bar me encuentro con el dirigente del movimiento migrante.
La entrevista se alarga varias horas, interrumpida casi constantemente por llamadas
al teléfono móvil. Saco en claro que las conversaciones se están manteniendo y que continuarán dentro de una semana en Mazatlán, Sinaloa, al más alto nivel.
Consigo permiso para hacer la cobertura periodística con exclusiva para mí publicación y se me prohíbe publicar nada hasta saber qué ocurre en la reunión.
Son más de las diez de la noche cuando se marcha mi interlocutor y Sandy y yo podemos tomar una copa tranquilamente, aunque no creo procedente decir de forma muy amigable, como antes de lo de su madre.
—Bueno, de momento no va mal la cosa. Luego llamaré a mi jefe, supongo que estará satisfecho. Lo de las fotografías va a estar mucho más difícil
—Satisfecho ya estás tú, aunque por otros motivos, supongo
—¿Por qué lo dices?, ¿estás enfadada por algo? Por favor, di lo que tengas que decir
—Supongo que no es realmente contigo, sino con Luisa. A veces, como ahora me ocurre contigo, no me sienta bien que se coja a los hombres que yo conozco o le presento. Es imposible competir con ella y los hombres sois unos imbéciles, sólo se fijan en aspectos físicos. Dime, ¿te gusto? o es que has quedado tan deslumbrado por mi madre que ya ninguna otra mujer te puede atraer. No serías el primero.
—No digas mamadas. Ni a ti ni a tu madre las conozco en realidad, me parecen dos mujeres fabulosas, una distinta de la otra y, desde luego, las dos son preciosas y estan buenísimas. Es lo único que puedo opinar en un par de días, ¿no te parece?
—Los he visto hacerlo en el baño. Me he excitado mucho y he sentido rabia de no estar en su lugar. Ya es tarde, quedémonos aquí esta noche; para coger, por favor, ¿quieres?
Ha telefoneado a su madre contándole que sigue la reunión y nos quedamos hasta mañana, yo mientras he intentado hablar con Charo.
No ha vuelto aún a Morelos. Mi jefe está loco de contento ante la exclusiva y me exige que permanezca en Tijuana, y viaje a Mazatlán, para dar cobertura a la reunión y que no perdamos nada de lo que se arregle.
No cenamos y pasamos un rato tomando copas, hablando de cosas inconcretas y jugando a enlazar las manos, a besarnos como adolescentes, a excitarnos poco a poco.
Tras tener la inmensa suerte de conocer a Charo y a Luisa es difícil no establecer comparaciones entre ellas y cualquier otra mujer.
Por suerte para mí, cada mujer es distinta y todas tienen lo que tienen que tener. Sandy, es tan maravillosa como su madre, distintas entre sí, aunque también guapa y muy sensual. Le falta rotundidad en sus formas y curvas, madurez en su cuerpo y confianza en sí misma, vamos, que se lo crea un poco.
—Cómo me han excitado mi madre y tú en el baño. Me daban ganas de masturbarme, aunque he sentido vergüenza.
Estamos desnudos, acariciándonos y besándonos tendidos sobre la cama, buscándonos como dos estudiantes en celo. Con deseo, con verdadera necesidad el uno del otro.
Es estupendo meterla en la panocha suave, mojada y caliente de Sandy, me muevo lenta y pausadamente, lo que me pone muy bien y me recreo escuchando los grititos, suspiros y jadeos de la hermosa mujer.
—Qué bien, más; sigue así, más fuerte, más.
Tardo poco en eyacular, lo que provoca una airada reacción de mi pareja:
—Que no se te baje, cabrón; dame v***a, no pares ahora, sigue.
Mi garrote no lo entiende y tengo que empezar una sesión de lengua y dedos intentando buscar el gozo de la mujer:
—Puerco, con mi madre gastas todas las fuerzas de tu v***a; sigue, sigue, cabrón
Cosa que consigo tras un largo rato, con la mandíbula adolorida y la lengua al borde del colapso, empapado de sus jugos y mi saliva.
—Carajo, Luis, ves como a veces tiene que sentarme mal lo tuyo con mi madre; con ella no se te baja y a mí me tienes que terminar con la lengua, lo que por otra parte me encanta —me dice sonriendo coqueta
—No mujer, es que yo siempre he sido de un solo palo y en ocasiones me cuesta poner la v***a dura más de una vez —le explico con sinceridad
Nos dormimos poco después, abrazados, y yo verdaderamente agotado. Me encanta dormir en mitad del bosque y escuchar los sonidos suaves de la naturaleza a primera hora de la mañana mientras el sol todavía no calienta.
Me gusta, aunque creo que me excita y cuando veo a Sandy dormida boca arriba lo que se me ocurre es lamer suavemente su sexo guardado por una mata espesa de n***o vello. No sé si llega a despertar, aunque a los pocos minutos está muy mojada y penetro suavemente ese bizcochito delicioso.
En pocos minutos más le estoy dando unas metidas tremendas al mismo tiempo que ella regala mis oídos:
—Cabrón, dame v***a, me lo debes; Luisa no te dice estas cosas, ¿verdad? Empuja, empuja así, llename con tu camote… me encanta… vamos puerco.
Le estoy dando v***a con ganas, suenan nuestros muslos rítmicamente al chocar y el cabecero de la cama de madera suena como un tambor.
Se viene con un grito que se debe oír en todo el lugar
—Aaaayyyyyy! Qué gusto.
Me paro, descabalgo y sin contemplaciones acerco la reata a su boca
—Ahora no; estate quieto, espera un poquito
Que abre tras un par de buenos empujones
—Chupa, mama y traga como una zorra; no pares hasta que yo diga, vamos
Colocando mis rodillas a la altura de sus hombros. Me excita moverme adelante y atrás, con efecto de meter y sacar en su boca y rozando las tetas con mi culo de manera que creo sentir sus pezones erectos, mientras aprieta v***a y huevos con las manos. Aguanto poco, me vengo dando un pequeño grito:
—Sigue, tragate toda mi leche
Y pongo perdida su cara cuando se saca la v***a de la boca.
Estamos de nuevo en Tijuana, en el piso sobre el restaurante. Hemos comido juntos los tres y estamos alargando la sobremesa ante unas copas y una conversación amable, amigable, aunque con una cierta electricidad estática entre las dos mujeres.