Y las caricias que nos prodigamos, cada vez más audaces, largas y provocativas, consigo una tremenda erección que se ve favorecida por el olor a sexo húmedo, caliente y necesitado que despide Mariana. La mujer se ha montado sobre mi duro camote —¡Qué bien!, me gusta mucho; ¡me gusta! Y la aprieta, como si tuviera una mano masturbadora dentro de su empapada y sabrosa panocha, durante un buen rato hasta que empieza a subir y bajar cada vez más rápido intentando que yo llegue lo más lejos posible en su interior. Creo que nunca me habían apretado tanto el chile con un bizcocho ¡es como si me estuviera ordeñando! Busco ayudar agarrado a sus recias caderas apretándola hacia abajo con fuerza al compás de su ritmo y chupando sus tetas altas, picudas, de pezones hinchados rodeados de una

