Pasé recostada en el sofá durante casi una hora mientras mi propio corazón parecía inflarse con incertidumbre, el cansancio se apoderó de mí y entré en un sueño profundo en el que veía una y otra vez los recuerdos que creí perdidos, Andrei era el vigilante; mi amigo de la infancia a quien quería más que cualquier cosa. La imagen de aquel niño me provocaba un cambio radical enorme, como si de pronto me diera cuenta de su presencia; no como mi compañero de trabajo o una autoridad, como un hombre, el recordar su sonrisa alegremente, su forma de cuidar de mi tan desesperadamente pero sobre todo sin presionarme a que recordara, de hecho la sensación de que solo el pudiera saber la promesa que nos hicimos me causaba remordimiento, de nuevo desperté sorpresivamente, la sensación de vacío que creí

