Cuando surgí de nuevo a la luz, la arena acumulada en los rizos, caía en mi rostro al agitar la cabeza. Escupí tierra que había entrado en mi boca, retorciéndome en los brazos de Camaleón, hasta que me soltó, dando una patada a mi trasero. Rodé hasta chocar con la arena, advirtiendo que había descendido de una duna.
—Jhimoa. —Escuché alrededor cuando trataba de sacar la arena de mis calzones.
—¿Debías hacerlo? —Preguntó, inequívoco, era la voz de Jhimoa.
Subí intrigado una duna en dirección a las voces.
—No fui quien ejecutó a Zerks —dijo Salamandra.
Casi se detenía mi corazón cuando ví a Jhimoa frente a Salamandra, al igual que contemplar desde la cima, un panorama desértico, donde a duras penas podías ver estructuras triangulares y domos dorados, desierto de Armatham.
—¿Camaleón? —Preguntó Jhimoa señalando hacia mi dirección. Al verme relajó sus hombros, sintiendo un gran alivio al saber que estoy bien.
—Fue Ronia I de Mesti quien acabó con la vida de Zerks —dijo Camaleón a mi lado.
Tenía los brazos cruzados, mostrando el rostro escamoso, con la capucha retirada. Dí dos pasos atrás cuando lo ví. El me observó de soslayo, para luego volver a centrar la mirada en Jhimoa. Mi presencia era inferior ante su enorme poder como mago de tierra. Evoqué el dolor en las costillas, llevándome una mano al costado.
¿Por qué salvar nuestras vidas?
—Jhimoa —dijo Salamandra intentando acercarse a ella.
—No te acerques —dijo Jhimoa alzando una mano.
—He salvado tu vida —dijo Salamandra, tratando de mantener el control en las emociones de Jhimoa.
Ella estaba agitada, parecía estar a punto de volver a provocar otro tornado.
—¡¿Por qué no hiciste nada?!
Camaleón y yo nos llevamos una mano al rostro, tratando de que la arena no pudiera cegar nuestra visión. Jhimoa había desatado un vendaval al gritarle a Salamandra. Cuando la tierra y el viento calmaron, volvíamos a verlos, Salamandra impasible y Jhimoa furiosa.
—Debo ser leal a mi señora —dijo Salamandra al cabo de un silencio.
—¡Leal a ti mismo Salamandra! —Rugió Jhimoa.
—No tenía opción…
—¡Maldito seas! —volvió a desatar una ráfaga de viento.
—Tienes que ir a Bianca…
—¡No ignores mi dolor Salamandra! —Le interrumpió Jhimoa, tenía lágrimas en los ojos.
—El imperio de Bianca no está al tanto de…
—¡¿Estás cansado de traicionar a quien les de la gana?! —seguía Jhimoa, paso tras paso, hacia Salamandra, con el dedo acusador.
—La orden de captura que el reino emitió a Calvior y…
—¡¿Puedes callarte anfibio traidor y escucharme?!
—Lianca, no ha llegado a Bianca. —Concluyó un Salamandra con la voz baja.
¿Estaba arrepentido?
Jhimoa tomó con ambas manos el escapulario de Salamandra a la altura del pecho.
—¡Escuchame por una buena vez! —zarandeó a Salamandra, retirandole la capucha, dejando el baboso rostro descubierto, empujándolo—. Ustedes, tú y tu hermano ¿Qué harías tú sin él? ¿Qué haría él sin ti? Agua y tierra.
—Por favor, no sigas —dijo Salamandra.
—Jhimoa —dijo Camaleón.
Ambos estaban arrepentidos. Sabían lo que habían permitido… Mi hermano… Era tarde, ardiendo el fuego de la venganza, quería asesinarlos, pero eran muy fuertes, apenas les causaría cosquillas.
—Vida, Salamandra, ustedes son los símbolos principales de la vida, elementos primordiales para la existencia humana —continuó Jhimoa—. Sin la tierra, el agua no tendría lugar donde estancarse, viviría en un eterno caer hasta disolverse; Sin el agua, la tierra no tendría fertilidad, causándole que sea inerte y dando cabida, a que ningún ser vivo ni flora nazca ¿Entiendes lo que ustedes acabaron de permitir? ¡Acabaron con la vida que daba el amor que sentíamos por un ser humano como Zerks!
Justo en el clavo, Jhimoa.
—Yo y Zalbion somos nada sin Zerks… ¡Nada!, seres vacíos huyendo de un hogar, donde estamos declarados como fugitivos por intentar liberar un pueblo de la tiranía de una sinvergüenza como lo es Ronia I de Mesti. ¿Entiendes, Salamandra?, ¿entiendes nuestro desgraciado dolor? —seguía Jhimoa mientras los dos hombres le miraban atónitos—. Ahora tú, mi mentor, a quien guardaba un respeto infinito por tus enseñanzas y sabiduría, fuiste capaz de confabular con tu hermano para traicionar a mi amado y al familiar de un niño ¡Huérfano por el abuso de los imperiales grises!, ¡solo, sin familia, porque dos degenerados, controlados por los ovarios de una reina, cumplieron la orden de traicionar a un gran líder!
—Tienes que ir a Bianca —soltó Salamandra, prefiriendo ignorar las palabras de Jhimoa
—¿Esto es lo que eres, cobarde? —Dijo Jhimoa cansada de llorar.
—Jhimoa, soy tu maestro, hago lo mejor para ti —contestó Salamandra con la voz de lastimero—. Ella me castigará por esto.
Creer en su voz era encontrarte con el filo de una espada a punto de abrirte.
—Vento —recitó Jhimoa en voz baja.
Extendió una mano que ni Camaleón y yo pudieramos esquivar en la dirección correcta. Estoy seguro que Camaleón no lo hubiera podido hacer, su mirada impresionada hablaba por sí sola. De la mano, expulsó una corriente de aire que empujaría a cualquiera a kilómetros de distancia. Salamandra se cubrió con ambos brazos, enterrando los pies en la tierra para retroceder a unos cuantos metros de distancia.
—Ya no eres mi maestro —dijo Jhimoa, escupiendo al suelo—. Si tengo que enfrentarme a ti para demostrártelo, lo haré —brillaron sus ojos verdes.
—Tenemos el tiempo reducido, Salamandra —dijo Camaleón, tratando de evitar una batalla.
—Perdóname, Jhimoa —dijo Salamandra, bajando la cabeza. Las palabras de Jhimoa le habían herido.
—Jamás lo haré, Salamandra, llegaste muy lejos al arrebatar nuestra felicidad, mi felicidad y la de Zalbion —dijo Jhimoa, volteando a verme—. Hay un cambio de planes, Zalbion, nos dirigimos a Bianca.
—Hermano, olvídalo, debemos marcharnos —dijo Camaleón, haciendo un gesto con la mano.
Deslicé mis pies en la duna, bajando por la inercia del peso de mi cuerpo. Caminé hasta Jhimoa, me detuve a su lado.
—Adiós, Jhimoa —dijo Salamandra cubriendo su rostro con la capucha.
—Adiós, traidor —dijo Jhimoa, tomando mi mano.
Traidores, la leyenda de Salamandra y Camaleón, un vestigio que quedó en el pasado, convirtiéndolos en escoria, basuras sin alma. Así pues, los traidores, abandonaron el sitio. Debía ser fuerte, como Zerks, mucho más como él y podría vengarme, podría matar ambos hermanos, o solo uno de ellos, extendiendo el sufrimiento del otro.
Las historias sobre el desierto son aburridas, lo sé, escuché muchas durante las noches de reunión grupal con los ancianos de la vieja capital. Y créeme, no sabía si eran reales, pues, repetían relatos de familiares fallecidos antes de la muralla.
La verdad, no pretendo recordar las largas caminatas, el intenso sol, sed y la emoción por imaginar un oasis a la distancia y encontrarnos con nada. Tampoco hubo un encuentro significativo con alguna bestia común del desierto, ya que, los seres que lo habitaban, eran escasos, la gran mayoría como los chacales de Dubinis, Buitre abismal, Cactus devorador y perros de arena, estaban en los alrededores de los domos (que resultaron ser también templos antiguos) y pirámides (sarcófagos de los faraones que gobernaron las ciudades de Kahrosir, Byajad-Alijaud y Jhandosea).
—Atreverte a pensar en adentrarte en una pirámide a explorar, es un s******o —dijo Jhimoa una noche, reposamos bajo las palmas en un oasis cercano a una pirámide.
—¿Por qué? —pregunté, escrutando la terrorífica entrada, custodiada por dos chacales de Dubinis.
—¿Es suficiente la presencia de dos seres, como los chacales de Dubinis, para entender que no deberías entrar bajo ningún concepto? —dijo Jhimoa viendo hacia los chacales.
Asentí.
—Entonces no preguntes, conformate con saber que no nos harán daño mientras estemos lejos. —Dijo Jhimoa, acurrucándose para dormir—. Trata de reservar tu interés hacia las pirámides cerca de ellos, te sorprenderá saber que estan escuchando en este preciso instante ¡Ah! —dijo alzando un dedo—. Procura no abrir los ojos si llegas a sentir una respiración lenta y caliente cerca de tu cuerpo.
—¿Debería tener miedo? —quería ahogar el sentimiento de temor.
—Solo, no abras los ojos ¿Sí? —Terminó de acomodarse.
—Esta bien —contesté.
—Buenas noches, Zalbion.
—Buenas noches, Jhimoa —dije haciendome un ovillo para dormir.
Las noches que pasamos cerca de las pirámides, por más ganas que tenía de gritar y huir de esos sitios, al sentir la respiración de un perro cerca de mi piel, no abría los ojos… No los abría hasta el amanecer.
El tiempo en el desierto no lo contábamos, así que no pude saber si duramos días, semanas o meses, caminando con breves periodos de descansos. La comida no era un problema, como magos, tenemos la capacidad de sobrevivir por un largo período de tiempo, absorbiendo la energía que nos brinda El Árbol de la Vida, centro del planeta. Sin embargo, había momentos donde nuestro estómago era insoportable, y el hambre era intenso. Tratamos de dividir las últimas manzanas del fardo de Jhimoa, contando los pedazos que comeríamos por cada noche y día.
Salía la luna y volvíamos a descansar cerca de una pirámide.
—Jhimoa —dije al acostarme a su lado, para contemplar las estrellas con ella.
—Zalbion —contestó con la sonrisa que alegraba mis días.
La duda carcomía mis entrañas.
—Salamandra… —comencé a decir.
—Fue mi maestro hace muchos años atrás —Interrumpió—. Loan ni tú habían nacido para aquel entonces.
—¿Por qué lo ocultas? —Pregunté, ahora con mayor intriga.
—¿Es necesario que los demás conozcan mi vida? —dejó de sonreir.
—¿Zerks sabía? —hago preguntas estúpidas, lo sé.
—Zalbion —giró para clavarme su mirada cálida—. Tu hermano sabía todo sobre mí.
—¿Ni una mentira? —pregunté, enfrentando su mirada.
Sonrió.
—Ni una mentira, era difícil mentirle —dijo haciendo el gesto familiar.
Extrañaba que agitara mi nariz con los dedos, tenía un tiempo que no lo hacía.
—Es duro para ti —dije cuando paré de reir.
—Para nosotros —aclaró Jhimoa.
—Me refiero que has perdido mucho más de lo que cualquiera a perdido y, sigues en pie, ayudándome cuando cualquier otro se hubiera rendido tan fácil, entregándose a la muerte.
—¿Prefieres la muerte? —preguntó Jhimoa sin inmutarse.
Quise mentirle, otra lección que pagaría, no tan caro, pero igual pagaría por inocente.
—No —contesté.
—Mientes —dijo, lo cual me sorprendió.
—¿Cómo lo sabes?
—Tienes mucho que aprender —volvió su vista a las estrellas, llevando dos manos atrás de su cabeza, como si fueran almohadas.
También miré las estrellas, pensando en que tal vez era mejor no haberle expresado aquellas palabras.
—Sigo en pie por ti —dijo Jhimoa levantándose—. No solo eres lo último que queda de Zerks, también eres mi hermano.
Volvió a acurrucarse cerca de una palma.
—Buenas noches, Jhimoa —dije ocultando la emoción que sentí por sus palabras.
—Buenas noches, Zalbion —dijo después de un largo silencio.
A la mañana siguiente, hicimos la rutina diaria de seguir caminando con aparente rumbo hacia el imperio de Bianca. Seguía a Jhimoa, confiando en que supiera el camino correcto.
Recordé las noches interesantes y aún faltan algunas, pero, esta mañana en específico, fue inolvidable por un encuentro con una bestia milenaria.
—Baja la frecuencia que emites —dijo Jhimoa deteniendo el paso.
Estábamos en la cima de la duna, el desierto parecía estar en calma. No había rastro de peligro alrededor. Miré confuso a Jhimoa, quien tenía las manos extendidas, sus ojos estaban brillando.
—Baja la frecuencia que emites —repitió Jhimoa—. Espero valores tu vida —añadió.
Estaba obstinado por el calor y las largas caminatas, el frío de las noches y la falta de comida. Intenté bajar la frecuencia de mi energía, en vano. Concentrarme era imposible con un sol macabro, quemando mi piel día tras día, sudando a chorros y deshidratando nuestro cuerpo mediante avanzamos a la nada. Tuve la leve sensación, aumentando con cada noche, que seríamos víctimas del desierto y que, Salamandra y Camaleón, nos dejaron a nuestra suerte en un destino más honorable que morir a manos de Ronia I de Mesti. Al menos seríamos comida para los chacales de Dubinis, desfalleciendo en un oasis, es mejor que ser ejecutado por la asesina de tu hermano.
—Zalbion, por favor, baja la frecuencia —dijo Jhimoa en un tono de súplica.
—No puedo —dije cansado—. No puedo concentrarme Jhimoa.
Calor, más calor, picaba el ardiente sol.
—Valora el hecho de que estas vivo y hazlo, por favor, estamos ante una situación de vida o muerte —se agachó llevando ambas manos a mis hombros. Sus ojos de cerca cuando brillan, son hermosos—. Concéntrate, mira mis ojos y concéntrate.
La tierra tembló, ¿Camaleón estaría cerca? Estaba lejos de saber lo que aparecería.
—Jhimoa no puedo —dije,
Tratando y volviendo a tratar de bajar la frecuencia de mi energía, pero, era imposible, ahora tenía miedo, un miedo que se juntaba con mi desesperación en el desierto.
—¡Agáchate! —gritó Jhimoa.
Tumbó mi cuerpo al suelo cuando al frente de nosotros emergió de la arena, un demonio de las peores pesadillas que tendría a continuación desde aquel día.
Era el legendario Gusano de Armatham. Una poderosa criatura legendaria de largo indefinible, millones de colmillos móviles, como una sierra en su concavidad cilíndrica como boca. Tenía el color de la arena, pero, era un poco más anaranjado. Púas crecían alrededor del cuerpo agrietado, siendo esta la coraza, la cual, toda su vida a luchado contra quienes murieron o escaparon en la batalla. El resto del cuerpo nos rodeaba, surgiendo de las arenas a nuestro alrededor, ocultándose y saliendo, mostrando líneas curvas en constante movimiento. Jamás divisé el final, donde debería estar un espolón. Era largo, extremadamente largo. El grosor era diez veces ancho que las cabañas del pueblo Luna.
El rugido del gusano, alzándose hasta tapar el sol, casi rompió nuestro tímpano. La duna estalló junto a las ondas del sonido que provocó el gusano. De no haber sido por la mano de Jhimoa al tomar mi brazo, al salir desprendidos en el aire, estuviera muerto.
—¡Zalbion! —gritó Jhimoa cuando estuvimos en las alturas, cubriendo nuestros ojos con el brazo libre, mientras la arena nos golpeaba el cuerpo—. ¡Carga un conjuro tanto como puedas!
—¡¿Y luego que?! —dije.
—¡Disparas al interior de su boca! —escuché perfecto la orden, organizando mis nervios para no arruinarlo.— ¡Saldremos vivos!, ¡Tenemos una probabilidad de escape mínimo, no lo desperdicies!
Caímos lejos, en otra duna, estábamos cerca de una parte del cuerpo del gusano.
—Lo voy a distraer, por favor, no falles y espera mi señal —dijo Jhimoa con el terror en la garganta.
Ella dio un salto impulsada con el viento de sus pies, tan alto que se perdió en una de las nubes.
Empecé a concentrar la energía de mi cuerpo. No paraba de temblar la tierra y la bestia, allá en la distancia, comenzó a luchar contra los golpes de viento de Jhimoa, cayendo en picada hacia su boca. Traté de no perder la concentración. Con ambas manos Jhimoa se impulsó de la cabeza del gusano, para retroceder del diámetro que dibujaba la fosa de sierra, alejándose, conjuró un tornado bajo sus pies y lo que sucedió, fue increíble.
Jhimoa estaba en la punta del tornado, como si fuese parte del mismo. Alzó lo brazos y conjuró dos tornados más, que emergìa a los costados del gusano.
Jhimoa provocó una tormenta de arena. Mi cuerpo estaba cargándose de electricidad aún, cuando el viento me golpeó y la arena como miles de agujas, se clavaban en la piel.. Cerré los ojos y continué concentrado, rechazando el dolor.
La tierra comenzó a temblar, haciendo que la duna donde estaba empezara a disolverse. Estaba a punto de ser arrastrado por los azotes de un viento indomable, hasta que sentí ambas manos tomándome por los brazos.
—Zalbion —era la voz de Jhimoa, susurrando a mi oído, amaba su voz—. Vuélvete rayo hasta mi tornado, provocaremos los rayos dispersados de tu materia, causando tres tornados eléctricos.
—¿Luego? —pregunté.
—Conjura un Thundorificeos, confío en que puedas, tienes el escenario para hacerlo, nuestras vidas depende de ello.
—¿Y si no lo logramos? —cito lo anterior, hago preguntas estúpidas.
—Valga mi sacrificio por salvarte —dijo Jhimoa con una voz llena de valentía y coraje—. Es el momento.
Dicho lo último. Sentí la electricidad en mi cuerpo fluir, recordando a Zerks, juntando el sufrimiento de su pérdida, multiplicaba la intensidad eléctrica de mi cuerpo… Los momentos nunca vuelven, y nada devolverá a mi hermano, pero si algo estoy seguro, es que no hubiera querido que muriera por un gusano, jamás.
—Tú puedes hermano —juro que escuché su voz, lo juro en nombre de los dioses.
En un relámpago, viajando hacia el tornado de Jhimoa. La presión al fusionarnos con la intensidad del conjuro de viento, es inexplicable, diferente a la presión que apagaba mi vida, cuando Salamandra me absorbió en un conjuro de agua. Con Jhimoa no era así, me desvanecía, quedándome suspendido durante los eternos segundos. Reaccioné ante el efecto sutil al hundirme en la viva imagen de la mirada de mi hermano, orgulloso de lo que estaría a punto de hacer.
—Tú puedes —volvía a escucharlo, era de verdad él, creía por un instante que no estaba muerto, que volvería a verlo, despertaría de una pesadilla, un mal sueño—. Tú puedes.
Regresé a mi estado corpóreo, impulsado por el tornado de Jhimoa, quedé en el aire al salir disparado como una bala hacia el cielo. Describo con precisión lo que admiré: Tres tornados eléctricos sumados a la tormenta de arena, que ahora, se convirtió en una tormenta eléctrica de arena, rugiendo en trueno los relámpagos que atacaban al Gusano de Armathan, este rugía, estremeciéndose de lado a lado, agitándose, temblando de la embestida temible de nuestra estrategia.
Alcé las manos al cielo n***o, cubierto por la tormenta eléctrica de arena. Mis ojos ya no eran ojos, eran esferas rebosantes de electricidad, mi boca estaba caliente, iluminando el interior del cuerpo, flotaban mis cabellos como par de serpientes en el aire, aremolinado en una cantidad indescriptible de carga eléctrica en el cielo.
—¡THUNDORIFICEOS! —Grité a todo pulmón.
Cuando baje los brazos, primero una luz cegó el ambiente por un instante y luego… El rayo más impresionante jamás visto.
Jhimoa tomó de mis brazos, antes de apreciar la destrucción que dejaría aquel rayo mortífero que duraría cinco segundos, descargando el dolor sentimental que embargaba a la pérdida de a quien llegué amar un día… Zerks… Desaparecimos en un parpadeo.
El hocico inequívoco de un animal estaba llenando de mucosidad mi brazo derecho. Extendí los párpados para ver un chacal de Dubinis frente a mí. Sus ojos brillaban en rojo en las fosas donde debería de haber vida. Esa forma de canis n***o aterradora, una figura de tres metros de alto, no pude evitar gritar de miedo.
—¡Lo estás asustando! —Dijo una voz autoritaria.
El chacal volteó en dirección a la voz como un títere, mostrando la perfección del nemes adherido a su cabeza, iluminado el hocico mocoso con el resplandor de una fogata en medio de la estancia.
Alcé un poco la cabeza para encontrarme con un hombre de aspecto, digamos, raro. Tenía aros de oro en las orejas, aros de plata en el borde de las fosas nasales, en la frente tenía un lapislázuli incrustado (pareciendo un tercer ojo). En el labio inferior tenía un puntito de plata brillante, redondo, reflejando la luz naranja. Tenía brazaletes amarillos con líneas azules; torso descubierto, exhibiendo el esbelto cuerpo moreno. Calvo, ojos pasivos, símbolos marcados en los bíceps, como los jeroglíficos de las pirámides. Llevaba un shenti ajustado con un cinturón de cuero.
—Tu amiga está a salvo —dijo al leer mi mirada—. Sobrevivir al Gusano de Armatham es una hazaña que no cualquiera logra —se sentó a mi lado y el chacal hizo lo mismo. Debo añadir que las piernas humanas del chacal eran prominentes—. Eres un mago de trueno por la marca de tu piedra ¿Eres Zalbion? —preguntó como si me conociera de alguna parte.
—Sí —contesté, ignorando el hálito caliente del chacal.
—Tu amiga no ha dejado de preguntar por tu estado de salud, llevas días durmiendo y estábamos preocupados —posó una mano en mi frente—. La fiebre ha disminuido —asintió—. Pediré a Kiria que pueda examinar el estado de tu piedra.
—No me has dicho tu nombre —dije al saber que podía confiar en él.
Estaba a punto de atravesar el umbral, dio media vuelta con una sonrisa de medio lado.
—Arkoa Zarkarliz —dijo.
Estaba en una especie de habitación iluminada por una fogata en el medio, distinguía que el material de la arquitectura era adobe y tenía forma cuadrada. Esperé unos minutos, tratando de evitar la mirada del chacal quien estaba concentrado en mis movimientos.
—Te gusta ver a la gente —dije, queriendo que se fuera.
De soslayo, observé que el chacal ladeó un poco la cabeza, parecía un perro cuando no entendía lo que decías.
Y ese momento entró ella… La niña que paralizó mis pensamientos.
Llevaba un pomo con un trapo de agua tibia. Tenía el cabello largo, n***o en su totalidad, haciendo con el largo, una clineja extendida que dejaba casi al roce de la tierra, un aro de plata grande. Sus ojos eran oscuros, labios rosados, cachetes rellenos, piel bronceada. El vestido era una especie de falda larga, con la cintura alta, de una pieza, sujeto con dos tirantes que le cubría los pechos, escondiendo los hombros con una corta y fina capa con un símbolo que desconocía.
—Relajate —su voz, olvidar su voz era un pecado. Recosté la cabeza en un lugar acolchado que no había advertido al despertar—. Respira profundo —llevó dos dedos a mi muñeca derecha—. Mantén el ritmo de tu corazón con la frecuencia que vibres, respira profundo hasta calmarte.
Estaba callado, asentía a cada orden que su melodiosa voz pudiera hablar.
—Tu piedra está estable —dijo después de asentir, tomando el trapo del cuenco y llevándolo a mi frente—. Ella podrá verte hoy, ha estado muy preocupada —dijo al levantarse.
—Hey —dije y sentí el resoplido del chacal ¿Sabía que me había llamado la atención?
Ella giró ladeó la cabeza, dejando caer un fleco al costado.
—¿Cómo te llamas? —Pregunté.
Retiró el fleco con la mano, con una sonrisa nerviosa.
—Kiria Zarkarliz —Respondió.
Me miró por un momento, calladas nuestras miradas, en un silencio sepulcral.
—Eres fuerte —sí, lo soy, para escapar de una criatura que lleva milenios de vida, sí—. Zalbion ¿Es tu nombre?
—Zalbion Zaptirus —contesté.
El día prosiguió después de que ella se hubiera ido. Quedé acostado, mirando el techo, tratando de recordar si alguna vez había visto a una chica tan hermosa como Kiria y la respuesta es un rotundo no.
—¡Zalbion! —Exclamó la voz de mi salvadora por tercera vez, Jhimoa.
Entró en la alcoba corriendo con lágrimas de alegría. Yo me levanté de inmediato, extendiendo mis brazos, juntando nuestros cuerpos en un apretón.
Estamos juntos en esto Jhimoa, juntos en la miseria y en la muerte.
—Estaba tan preocupada —dijo haciendo el gesto familiar cuando hubo terminado el abrazo—. Estabas inconsciente cuando aparecimos en un algún lugar del desierto, temía por tu vida.
—Era la única forma de escapar Jhimoa —dije sonriendo, secando con mis manos sus lágrimas.
—Habían otras opciones, pero, la más segura era esa —pensó por unos segundos y me volvió abrazar—. Eres tan fuerte como tu hermano, un día llegarás a ser como él.
Estaría Zerks con nosotros, celebrando la victoria ante la huída, lleno de orgullo al ver cuanto he crecido, mostrando el fruto de sus enseñanzas. Mi maestro, Zerks Zaptirus.
Dominar un conjuro de clase alta como lo es Thundorificeos, es un intento de muerte segura para quien no controle la energía suficiente para ejecutarlo, estallando la piedra por sobrecarga y desapareciendo al instante de la existencia. Pude hacerlo, pude lograrlo, con las palabras de él, las palabras que había escuchado de él mismo, había vuelto de la muerte para apoyarme.
—Es gracias a él Jhimoa —dije y ella me miró como un extraño—. Escuché su voz, la voz de Zerks, regresó de la muerte para apoyarme, era él Jhimoa.
—Zalbion —dijo mirándome con impresión.
—Estoy seguro que está acompañándome desde algún lugar lejano, él está para protegernos —quería que me creyera.
—Tengo una audiencia con el faraón dentro de dos meses —dijo cambiando el tema, ignorando mis palabras—. El faraón sabe de nuestras identidades, se mantiene neutral al respecto de la orden de captura de Ronia I.
—Jhimoa, estoy seguro de que era la voz de Zerks —continué esperanzado de poder creerme.
—Te quiero, Zalbion —dijo dandome un beso en la frente.
—¿Por qué no quieres hablarlo?
—Vamos, necesitas un poco de aire fresco —Contestó Jhimoa volviendo a ignorar mis palabras.
El recuerdo de mi hermano seguía quemando su corazón, desordenados sus emociones. Lo sentí, cuando le hablé de la voz de Zerks, lo sentí en ella, como ella puede saber cuando miento, yo siento cuando ella está herida, una herida que nunca sanaría, por más tiempo que pasara.
Salimos dejando atrás al chacal de Dubinis pensando lo que pensara, pues, tenía la mirada fija en donde reposaba, tal vez estaba durmiendo, pero, parecía una estatua, no respiraba ni se movía.
Las casas eran cuadrangulares, divididas por murallas del mismo material con el que estaban construidas. Tenían puertas de madera y, sin excepción, debían tener un tejado donde muchos descansaban por el frescor de la noche.
La luna nos ofrecía un velo de luz junto a las antorchas puestas en el camino de tierra compacta.
—Bienvenido a Jhandosea, la ciudad del primer faraón Saranim-Alsaih —dijo Jhimoa haciendo un gesto con los brazos.
Dos niños corrieron frente a nosotros, persiguiendo una bola de barro que patean con sus pies. Habían parejas en los tejados observando las estrellas, señalándo y riendo. Una cuadrilla de guardias del faraón transitando la carretera, montando camellos, portando alfanjes, turbantes blancos cubriendo la cabeza, peto de cuero y faldilla de seda, hablaban con tranquilidad y a veces reían de algún chiste que contara alguno de ellos. Los arqueros estaban en torres que cubrían gran parte del extenso territorio que dominaba la ciudad de Jhandosea, preparados para avisar del peligro que pudiera amenazar las tierras del faraón.
—Estamos seguros, Zalbion —dijo Jhimoa—. Ronia I de Mesti no puede doblegar un pueblo de las tierra de Armatham ¿Sabes por qué?
Negué con la cabeza, estaba volviendo a admirar su sonrisa.
—Armatham y Celis de Mesti, fueron los primeros reyes del territorio —dijo Jhimoa.
La información me reconfortó, el saber que estábamos en una tierra donde nadie podía traicionar nuestros nombres.
—No bajes la guardia, son neutrales, no amigos —dijo de improviso Jhimoa—. Y al guardar una estrecha simpatía con la corona, Ronia I de Mesti puede antojarse de visitar al faraón con quien reserva ciertos secretos, y no son secretos políticos exactamente.
—¿Puede descubrir nuestra presencia?
—Sí, aunque, Ronia I no puede decidir sobre el faraón en sus tierras, eso sería quebrantar las relaciones políticas que han mantenido durante años.
Arqueé una ceja. Ronia I es capaz de todo.
—Descansaré un poco, puedes pasear por el pueblo si gustas —dijo Jhimoa adentrándose a la habitación—. Mañana, Arkoa traerá comida para ti.
—¿Y para ti? —pregunté casi automático.
—Comerás de mi plato también, necesitas estar en forma cuando dejemos Jhandosea —atravesó el umbral, apagó la fogata con un soplido de sus labios.
Plantado, sin saber donde ir o que hacer, durante la noche en una ciudad desconocida.
—Pareces tener buen color, Zalbion —dijo la voz de Arkoa.