Capítulo 8 (no editado)

4951 Palabras
Cuando decidí admirar en donde estamos, me detuve para alejarme de Jhimoa, aún aterrado ante la situación que nos envolvía estar en medio de Los Valles de Armedia y una persecución del bosque. Es considerable la distancia de la vieja capital, regresar a pie no estaría en nuestros planes. Entonces asimilé la opción de escapar de Celis, estábamos en peligro, perseguidos en nuestro hogar, aunque ya no era nuestro hogar, nunca más. Jadeando, sentí la debilidad de su energía difuminarse con cada respiro agitado que daba. Mantuve la distancia, su figura comenzaba a inspirarme miedo. -No voy a perderte -dijo una Jhimoa al borde del colapso. Comenzó a toser, llevó las manos al suelo para no chocar contra la hierba. Dudaba acercarme, ayudarla o no, temía de su furia. ¿Era un tonto en aquel entonces por pensar en que mi salvadora más de dos veces pudiese hacerme daño? Cayó por fin al suelo luego de tanto luchar contra la tos, perdiendo la conciencia. Estaba estupefacto, veía su cuerpo agotado. Respiraba y su piedra no estaba sobrecargada para estallar, aún tenía vida. Había escuchado sobre Los Valles de Armedia por la leyenda de la princesa Armedia de Mesti, pero; nunca me habían descrito el lugar o conociese alguien que hubiera viajado más allá de los campos de maíz y arrozales de los perímetros de Nustredam. Era hermoso, una extensa llanura se extendía al borde del risco donde estábamos situados, las montañas de nieve dibujan un horizonte místico entre las nubes que la cubren. Había un acantilado inmenso, tal vez el más inmenso que pudieras imaginar, sobresalía en el noroeste lejano de las montañas del norte, bajando en un infinito caudal que se dispersaba en direcciones distintas de riachuelos al final, trazando garabatos en las llanuras. Descendía entonces el atardecer, cuando comprendí que debíamos buscar un refugio para pasar la noche. Fuera de Nustredam, habían criaturas desconocidas y no fue sorpresa para mí reconocer las motas que hay en la llanura, pequeñas y otras grandes, eran parte de la fauna que no deseábamos conocer ni enfrentar. Rumores sobre arañas reinas, acompañadas de sus crías; manadas de TR-5; golem de runas antiguas vigilando las ruinas de los altares de sus maestros fallecidos; Avispones camersí; cobras de oscuridad y las más peligrosa y temible de todas además de los tiburones de Dubinis «La esfera de Marissa». Cuentan que es una criatura descrita como una composición uniforme de energía que desprende coletazos de calor a su alrededor. Suele aparecer cuando la presencia de tiburones de Dubinis aumenta durante la actividad nocturna. Quienes trataron de enfrentarla y regresaron con vida, están ciegos y amputados de forma inexplicable por sus cuatro extremidades. A veces puede manifestarse como la forma de un zorro esmeralda de las nieves, argumentado por las creencias religiosas de la diosa Marissa, ser su mascota antes de la expulsión del reino celestial alfa. Leyendas, son leyendas de pueblo. Así me consolaba mientras mantenía la mirada fija en lo que parecía ser la silueta en la lejanía de la llanura de una bestia rocosa vigilando un altar en ruinas. Tomé a Jhimoa por ambos brazos, pasándolo por mis hombros, llevé el pesado cuerpo conmigo bajando el risco por el mejor camino escarpado, siendo el menos arriesgado. Bajamos con cautela, ya que habían manadas de lo que parecían ser gallinas maestras. El nombre sonará gracioso, pero no es gracioso, se llaman así porque son seres bípodos altos, con alas como brazos y molleja hinchada. Contienen filo en cada pluma como si fuesen miles de cuchillos. Trataba de pasar desapercibido, ocultándome en rocas cuando pasaban grupos de tres, cacareando. Viendo a los alrededores, analizaba las opciones. Enfrentarme alguna de ellas sería una muerte segura, superado en número. Cabe a mencionar que los pasos hacían vibrar la piedra cuando estaban cerca. Seguí en dirección a la llanura, descendiendo la pendiente. Escuché el fuerte co-co de una de las gallinas, una estaba fijando su atención en mí al girarme. Dejé caer mi impresión de horror en un gemido lamentable, surgieron cuatro y en segundos, trece que venían bajando en el trayecto. La tarde seguía en curso. Preocupado e inmóvil, deseando que pudieran irse en paz. En la cima de la rocosa pared que estaba a mi derecha, el sonido de unas garras descendiendo de las rocas me asustó. Hundido de terror al definir lo que parecía ser el Gallo Rey. Fornido, poderoso e inspiraba miedo solo con ver el plumaje n***o destellando como la plata al contacto con los rayos solares. Las plumas a su espalda son de color verde oscuro, la cresta es la más prominente y hermosa que he visto en alguna criatura emplumada. Me mantuve quieto, dejando que examinara con la mirada mi presencia. Entonces, agradecí el temor que me llegó inspirar Ronia I para entender que contra los más fuertes, los débiles debían rendir culto. Dejé el cuerpo de Jhimoa y me arrodillé. Temblaba, vi la sombra del ala acercarse, cerré los ojos y di por terminado el viaje. Debía esperar el despertar de Jhimoa, debía hacer caso a sus palabras, ella sabría que hacer en esta situación, tal vez hubiera enfrentado a las gallinas con su poder que supera el mío a creces. Sin embargo, no ocurrió nada. No, no me degolló con su filosa ala, palpó mi cabeza, picoteó el suelo, rasgó con una pata el mismo y se volvió hacia las demás gallinas maestras. Levanté el rostro para presenciar lo que ocurría y, en un idioma de ave, conversaban o parecía en términos humanos a conversar. ¡Por Dubinis! Unas gallinas con un gallo descomunal conversando sobre nuestro posible futuro. Es absurdo, más tarde mis pensamientos sobre lo absurdo de estas criaturas, fueron difuminadas. Entiende, desconozco el idioma que manejan las aves, pero como vivíamos en una tierra plagada de magia, era de esperarlo y manteniendo la afirmación, todo quiere matarte. Dada la conversación en un final que solo ellas entendieron y jamás me pregunté si entendería lo que dijeron; parecieron asentir y volver de nuevo a la vida de tres en tres en el área. El Gallo Rey dirigió una mirada a Jhimoa. Osado fueron las palabras descritas para la acción de picotear su cabeza, traté de espantarlo con una mano, pero otra vez mi estupidez fue pagada. El Gallo Rey, rápido e intrépido, cortó superficialmente parte de la piel de mi antebrazo, una advertencia de no faltar los respetos ante la eminencia de un ser de la naturaleza superior a un mago de clase baja como yo. Retiré el brazo asustado. El Gallo Rey duró unos minutos comprendiendo mi existencia, ladeó la cabeza de un lado a otro. -No me lastimes -dije. El Gallo Rey pudo entender mis palabras, hizo un gesto de negación y se volvió hacia la pared, escalando con una agilidad propia de un animal tan majestuoso, perdiéndose en la cima con el brillo que reflejaban sus plumas en el sol del atardecer. Tomé de nuevo a Jhimoa por los hombros, traté de cargarla y casi de inmediato aparecieron dos gallinas maestras; picotearon mi cuerpo, haciendo que suelte a Jhimoa, apartándome de ella entre ambas, para luego empujarme con sus mollejas infladas. Caí de espalda hacia la roca y me observaron como el gallo rey y se alejaron otra vez, con aire triunfante. Supe desde aquel instante, cuando admiré la belleza de aquellas aves, protegían Jhimoa de mí, me picotearon con de soltarla. ¿Qué querían de Jhimoa?, ¿sabían el estado de su inconsciencia?, ¿conocían los peligros mejor que nadie de seguir bajando hasta las llanuras de Los Valles de Armedia? La tarde continuó hasta ocultarse en el oeste, dejando un color rosáceo en el cielo con algunos retazos de nubes dispersas. Las gallinas tenían un arte en aparecer de donde nadie las llamaba; di un respingo, pues, una de ellas estaba a dos metros de mí. Habían dos manzanas rodando hacia mis piernas. Ella me veía y yo a ella cuando tomé la primera manzana con inseguridad, se acomodó como cualquier gallina en reposo, comenzando a picotear la manzana. En el costado veía dos gallinas, una de cada lado en reposo también, cuidando a Jhimoa. Parecían dos estatuas al contemplarlas. Entonces di una mordida a la manzana, comprendiéndo que tenía un hambre atroz en ese momento, devorándolo como si fuese madera para un castor. Terminado de alimentarme, giré la mirada hacia la Gallina Maestra que parecía mirarme con sorpresa. La miré de arriba a abajo con desconfianza, dando la espalda y me hice ovillo para descansar. Transcurrió la noche en la cual desperté cuando la luna estaba en el cenit del cielo. El calor de una fogata abrazarme y al voltear con asombro, estaba Jhimoa sentada en flor de loto. Repuesta, con la mirada clavada en las llamas. -Disculpas debo ofrecerte, Zalbión -dijo Jhimoa con un acento refinado que nunca había escuchado en mi vida-. Comprendo tu desconfianza, puedes sentarte donde gustes. Estaba bien en mi posición. Interpreté su manera de sentarse, callado, tragando saliva, sin olvidar la imagen amenazante que había conocido de ella. -Te preguntarás donde estamos -dijo con voz apremiante, viendo a las estrellas-. Es el hogar de Moarn, el Gallo Rey. -¿Moarn? -pregunté desconcertado. Ella hizo una leve sonrisa en la comisura de los labios. -Es mi guardián -soltó Jhimoa luego de unos minutos de silencio, donde el crepitar de las llamas, relajaba nuestro oído-. Es parte de mi pasado, Zalbion, un pasado que solo Zerks conocía. Entonces ellos iban más allá del bosque todas las noches, escapaban del perímetro de Nustredam ¿Qué hay detrás de la voz de Jhimoa? ¿Un pasado que jamás mi hermano revelaría? -Hay tantas sombras de mí que aún no conoces Zalbion, pero puedes estar seguro de que eres bienvenido en el reino del Gallo Rey -dijo aún sin dejar de ver las estrellas. Me levanté. Sí, decidí levantarme y sentarme a su lado. Era estúpido seguir desconfiando de quien te ha salvado dos veces. Veía aquel rostro lleno de calma bajo la luz de la fogata, una vista que no reemplazaría si cada noche tuviera la oportunidad de sentarme con ella a hablar, una vista que durante los meses de mi recuperación disfrutaba cuando dejaba de llorar. -Yo también tuve un hermano -dijo Jhimoa y me percaté que sus ojos estaban aguado-. La Gallina Maestra que picoteo la manzana contigo, era su guardiana. -¿Quién era tu hermano? -pregunté. Ella fijó su mirada en mí con una sonrisa cálida, tomando mi nariz con los dos dedos, gesto que también hacía con hermano. Sentí cuando la agitó con ternura para luego retirar los dedos. Este gesto lo llamamos el gesto familiar. -Pronto lo sabrás, Zalbion -dijo volviendo admirar las llamas. Breve fue el silencio para distinguir que en la oscuridad, al costado de Jhimoa, estaba el Gallo Rey, durmiendo, fundiéndose con el plumaje oscuro en las sombras de roca más alta. Esta vez no me asusté al verlo, lo admiré. Pasaron varios minutos que podrían haber sido horas en silencio, hasta que... -¿Por qué hablas como una noble? -Lo escupí finalmente. Jhimoa dejó de sonreir, no me dirigió la mirada, al contrario, me dió la espalda, apagando la fogata con una ráfaga de viento expulsada de su mano. El Gallo Rey extendió una de sus alas y ella se acurrucó en el plumaje del Gallo Rey, este cubriéndola con el ala. Observé los ojos verdes brillar de Jhimoa en la oscuridad. -Buenas noches -se limitó a decir y sus ojos dejaron de brillar. Estaba atónito ante el comportamiento repentino de Jhimoa, aunque no sentí perturbación en la energía, tampoco molestia, fue simplemente, levantarse y dar la espalda, eso fue todo. Rabia en su voz no había, tampoco molestia en la vista, solo era Jhimoa, un comportamiento que pudiera ser normal para ella, algo natural, evitando hablar más de la cuenta de quien era. A decir verdad, de Jhimoa no conocía nada en absoluto, solo lo buena como persona que puede llegar a ser. Conocer sus habilidades como maga, emociones y comportamientos era algo nuevo para mí. Hermano sin lugar a dudas la conocía mejor, incluso a saber un pasado que tampoco me fue revelado. Un pasado que ocultaba Jhimoa, siendo una habitante de la nueva capital, tal vez ¿Cómo podía ser posible? Despertamos la mañana siguiente o mejor dicho, desperté de último en la mañana siguiente, sintiendo un empujón leve de Jhimoa con la mano sobre mi hombro. -Despierta, debemos partir -dijo Jhimoa. Me puse en pie, ella llevaba un fardo que tenía al costado de la cintura ¿De dónde lo habrá sacado? No tenía idea alguna, pero, decidí no preguntar y reservarme estos pequeños detalles. -¿Hacia dónde vamos? -Pregunté. -Debemos tratar de llegar al puerto Arjak cruzando el desierto de Armatham -tenía la sonrisa que le caracterizaba-. Trata de no caminar muy lejos de mí, estan siguiendo nuestro rastro. -¿Cómo nos estan siguiendo? -Era evidente preguntar ante sendo tornado que había provocado. Encogió los hombros, tomando una manzana del fardo. -Come -dijo al lanzarmela-. Será un largo viaje. Di una mordida a la manzana. Antes de seguir bajando hacia la llanura, alcé la mirada y en el borde de la cima de la pared rocosa, allí estaba, el Gallo Rey. El primer destino no era el desierto de Armatham. Lo supe cuando nos adentramos a un bosque (que se extendía ante las llanuras) durante el descenso, siguiendo un sendero marcado por las carrozas y en medio de un camino, un palo con distintos carteles indicando la dirección a cada pueblo. -Iremos al pueblo Luna -dijo Jhimoa al tomar un sendero que dirigía hacia el Noreste-. Cuando estemos cerca de la entrada del pueblo, no bajes la guardia y, si con suerte conseguimos alojarnos en una taberna, no dormiremos hasta el amanecer ¿Entendido? -¿Por qué? -pregunté deteniendo el paso, haciendo que Jhimoa también se detenga-. Podemos tomar otra dirección a un pueblo que se acomode a nuestras necesidades de descanso. -¿Entendido? -Repitió Jhimoa. Aprendí la lección, no obstinar a un mago de viento. -Entendido -dije sin titubear. El camino era un poco peligroso, habían múltiples barrancos profundos, haciendo que bajemos y subamos pequeñas lomas de tierra. Había momentos en el que teníamos que saltear algunos troncos caídos que bloqueaban el camino. -Ni pienses usar tu magia para poder despejar los obstáculos -ordenó Jhimoa, advirtiendo que iba a lanzar un Zaptaria contra un tronco seco. -¿Por qué? -pregunté, olvidando que Jhimoa no le gustan las preguntas. -Salta sobre el tronco, no seas flojo -dijo Jhimoa saltando con gracia, impulsada por el viento que puede manipular. Emití un bufido en aquel momento, el último que emitiría cuando me clavara su mirada asesina, brillandole los ojos, parecía tampoco gustarle la desgana. -El pueblo Luna es uno de los pueblos más peligrosos de Celis, nadie en su sano juicio se hospeda una noche en aquel pueblo -explicó Jhimoa durante el camino-. Quien esté persiguiendo nuestro rastro, va a tener que limitarse a adivinar donde seguiremos el camino, ya que, no se atrevería a pisar esa tierra. Mi mente hacía mil y un preguntas sobre el peligro de un pueblo con un nombre tan soso ¿Temer al Pueblo Luna? a menos que el pueblo sea una especie de tugurio inhospito rodeado de criminales y bandas de bárbaros pero, al llegar al límite de entrada del pueblo, leyendo el cartel: Bienvenidos al Pueblo Luna; mis pensamientos sobre aquel lugar quedaron plasmados en un ¿Por qué temer? Todos los hogares sin excepción eran cabañas de madera idénticos. De doble planta y con un pórtico agradable donde sentarse con una mecedora. Estaba cerca de un río donde habían ruedas de agua y lavaban la ropa, como también encontrabas adultos atrapando peces con las manos. Las damas caminaban con vestidos blancos de seda, otras con camisones, las criadas con vestido, delantal con chorreras y un lazo blanco que le recogía el cabello. Los niños jugaban en el suelo de tierra, entreteniéndose con palos, simulando duelos de espadas, las niñas jugaban con las muñecas o tejían, aunque algunas también batallaban con palos. Pude notar que los hombres no llevaban nada puesto en el torso y que, gran parte de ellos, eran fornidos y de musculatura marcada sin mencionar lo peludo de sus pechos y brazos. -Acercate -dijo Jhimoa tomando de forma brusca mi brazo, callé mi queja con un gemido producto de la brusquedad-. Camina a mi lado, iremos a la taberna -bajó la voz casi en un susurro-. No bajes la guardia en ningún momento durante la noche, Zalbion, recuerda que no podemos defendernos usando magia. -¿Son leales a la corona contra los fugitivos? -Pregunté pensando que Jhimoa me reprendería por mi insolencia, en vez de limitarme a asentir. -No, no son leales a la corona en cuanto a fugitivos se refiere, tampoco guardan simpatía con la corona, a ellos les vale la corona realmente -me conformo con que no me haya visto de forma agresiva -. Siento tu frecuencia alta y si te has dado cuenta Zalbion, has llamado la atención de algunos viejos en la puerta de las cabañas y por si no lo has notado, tienen mosquetes cargados con balas anti-magia. Me callé e hice lo que ordenaba, bajé la frecuencia que desprendía la energía de mi piedra en la muñeca derecha. -Así está mejor, mientras piensen que somos humanos y no unos ladrones, todo estará mejor -dijo Jhimoa retomando la sonrisa. Sí, pensarás que iba a preguntar y realmente no pregunté, sabiendo que Jhimoa prefería guardar discreción en aquel sitio actuando como una paranoica. Contemplé lo único maravilloso del pueblo, una mezquita con un aspecto bastante tétrico y llamativo. Al final de la calle principal del pueblo, estaba la cabaña más grande de todas y la que, por supuesto, se diferencia de las demás. Supuse que sería una mansión de madera, tenía un cerco blanco y parecía ser de cuatro plantas, con ventanas arqueadas y doble puertas con mangos de plata. Tenía un jardín exquisito, con estatuas de piedra gris en cada matorral. -Lo que ves es la casa del gran jefe del pueblo -susurró Jhimoa-. Habita allí con su hija, quien mantiene el nombre de Luna como el pueblo, esperando que cumpla la mayoría de edad, para declarar la primer hembra alfa de la manada. ¿Manada? ¿Hembra alfa? ¿Acaso son todos incivilizados? -Llegamos -dijo Jhimoa-. Te repito, no bajes la guardia durante la noche ¿Entendido? -Sí -dije asintiendo. Jhimoa sonrió y me tomó la nariz con ambos dedos, índice y corazón. La taberna era un local de poco juicio para quien desea imaginar algo decente. Pues, cuando atravesamos la puerta, subiendo las escaleras del pórtico, nos encontramos de a cara con el humo a tabaco y el olor a cerveza. Un hombre barbudo del pueblo (lo supuse porque no llevaba nada en el torso) estaba tocando el piano con una sonata alegre mientras los demás cantaban una canción que solo ellos entendían, los que estaban en las demás mesas, levantando jarras y chocándolas en el aire. -Caballero -dijo Jhimoa saludando como una noble de la nueva capital, con el acento refinado, otra vez-. Mi hijo y yo buscamos asilo para una buena noche con una excelente paga de por medio. El hombre que estaba detrás de la barra tenía un ojo de vidrio, dientes amarillos, un palillo de madera en la boca que al ver a Jhimoa y escrutarme a mí, escupió al suelo, mientras limpiaba con un trapo sucio una jarra de cerveza. -¿Cuánto ofreces? -preguntó con la voz aspera y gruesa, haciendo un gesto con el mentón, arrugando un poco el labio. -Veinte rubí y dos esmeraldas -dijo Jhimoa, extrayendo veinte monedas de oro y dos de plata. Después entendí el anonimato del hablar en clave en un lugar como ese. -Acepto -dijo tomando las monedas con rapidez, procurando que nadie le viera tomarlo-. Arriba, habitación número quince -extrajo del calzón amarillento, un cinto con diferentes llaves, tomando una de ellas con el número quince marcado. -Gracias, caballero -se despidió Jhimoa. ¿Seguiría ocultándolo por más tiempo? Era evidente que fue una noble de la nueva capital ¿Tiene miedo de que me lo tome mal? o ¿Quiére dejar atrás un pasado que le atormenta? Como sea, estabamos en la habitación quince, donde me lancé a un cómodo réctangulo que no me hirió el cuerpo y tampoco causaba dolores de espalda. -Eso es un colchón -dijo Jhimoa sentada en la otra cama, donde también había un colchón cómodo-. Disfrutalo. Su sonrisa no dejaba de iluminar el rostro de ella, parecía alegrarle el solo hecho de verme saltar en el colchón, enérgico y feliz por un momento de comodidad, un momento de preciosa comodidad. -¿De dónde sacaste el dinero? -Pregunté con la imprudencia que bien, un niño puede hacer. -Tengo secretos -se limitó a contestar, encongiendo los hombros. Al demonio sus secretos, esto era lo mejor del mundo. Dormir donde cualquier ser humano merece despertar, sin malestares, dolores, músculo inflamado, piernas acalambradas y la espalda acabando con tu vida. Después, ella se unió a mí, saltó de la cama donde estaba sentada hasta donde yo estaba, abalanzandose sobre mi cuerpo, haciendome cosquillas. Reíamos tanto, haciendo el ruido que queríamos, de verdad parecíamos un hijo y una madre. Cuando terminamos de divertirnos, cruzando nuestro reflejo en la mirada, frente a frente, entendiendo que detrás de la risa, existía un abismo que jamás volvería a llenarse: Zerks. -Zalbion, por nada del mundo, cometas una estupidez, prometí a tu hermano protegerte -dijo Jhimoa retirando con los dedos mis cabellos pegados a la grasa de mi frente-. Eres todo el recuerdo que puedo conservar de él. Sonará egoísta, pero ambos somos el recuerdo que podemos conservar de él. -Ten por segura que no sucederá -dije respondiendo a su sonrisa. -Eso espero -se volvió a sentar en el borde de la cama-. ¿Te gustaría probar algo que no sea pescado o carne podrida? -Sin dudas -dije asintiendo. -Ya vuelvo, entonces, puedes descansar -dijo al levantarse. -Pero me dijiste... -Aquí estamos seguros, puedes bajar la guardia en la habitación -giró la llave de la puerta y salió. Cuando desperté del mejor sueño que he tenido y jamás volveré a tener. Estaba de frente con una bandeja de carne, ensalada, pan, frutas y algo marrón llamado café. Jhimoa hacia guardia en la ventana con los brazos cruzados. -No agradezcas, solo come despacio y procura no ahogarte -dijo sin despegar la vista de la ventana. La habitación era iluminada por una vela en una lámpara que expandía su iluminación. Comí y degusté despacio cada delicia al masticar. Nunca había comido carne en buen estado o pan que no tuviera hongos. El café me revitalizó las ganas de seguir despierto, listo para que sea lo que quisiera Jhimoa, estuviera con la guardia en alto, ya que esa bebida, pareció ser suficiente para estar atento ante cualquier mínimo enemigo. -Apaga la vela -ordenó Jhimoa. Hice lo que me pidió. La luz de la luna atravesaba nuestra ventana. -Ven y entenderás el motivo de nuestra cautela en este pueblo -dijo Jhimoa. Me acerqué con cierto sigilo y entonces lo que ví, mi mente jamás lo olvidaría. Lobos... Cientos de lobos... Caminando sobre las dos patas, como hombres y mujeres. -Licantropos -susurró Jhimoa-. Son capaces de sentir la frencuencia de la energía emitida por un mago a corta distancia, perturbando sus sentidos auditivos y mostrando una agresividad capaz de derribar a cualquier mago de elite. Humanos y no ladrones, una muestra ingeniosa de Jhimoa para no decir: Humanos y no magos. -Dormiremos en lo que el sol salga hasta el medio día para avanzar hacia las llanuras, debemos tener precaución, están alterados. -¿Por nuestra presencia? -pregunté. Un silencio abismal rodeó la habitación. -Nos han estado siguiendo, Zalbión -dijo Jhimoa preocupada-. Están cerca y una muestra de su cercanía, es la alteración de los habitantes del pueblo. -Pero pueden defendernos ¿no? Jhimoa me miró con una seriedad que no había visto en su rostro. -Ellos devoran carne humana, amiga o enemiga -concluyó Jhimoa. El cielo anunciaba el alba, cada lobo se adentraba en las cabañas. Quedó el pueblo en un ambiente solitario. Estabamos listos para continuar. -Es hora -dijo Jhimoa abriendo la puerta-. Debemos salir cuanto antes. Dió una propina al hombre que ya estaba en la barra organizando las jarras. Continuamos el viaje por un sendero concurrido por carrozas y grupos de excursión. A veces habían bardos con laúd en espalda transitando, silvando una melodía. -Jhimoa -dije a su lado. -Dime, Zalbion -respondió Jhimoa, sonriendo. -¿Puedo hacer una pregunta? -La imprudencia no era viable para el tipo de pregunta que quería hacer. -Esta bien -dijo Jhimoa, suspirando-. Pregunta. -¿Eras noble de la nueva capital? -pregunté. Me detuve, prediciendo que ella lo haría tambien, y que equivocado estaba, no se detuvo, siguió caminando. -¿Quieres oír o no? -preguntó mientras avanzaba. Corrí hasta situarme a su lado, una carroza pasó cerca de nosotros, Jhimoa saludó el chófer quien este también respondió, alzando la boina. -Verás Zalbion, es un pasado que deseo olvidar y no contar, es díficil para mí hacerlo -dijo con una mirada de nostalgia en el camino-. Zerks los sabía desde el principio, nuestro amor nació desde que lo ví en la muralla, cuando éramos jóvenes. -Querías hacerme sufrir con la intriga ¿No? -pregunté, aceptando su orígen. -Tonto -dijo tomando mi nariz con el gesto familiar-. Quería hablarte en el momento apropiado, ahora veo que no supe disimularlo y tengo que enfrentar tus preguntas, bien, te lo contaré -dijo al fin-. Formaba parte de la familia Ventoris en el sur de la nueva capital. Nací siendo m*****o del clan del este y crecí consiguiendo la admiración de mi disciplina ante el consejo real, postulándome desde temprano como una niña prodigio al servicio de Ronia I de Mesti, cuando en aquel momento, Liquidia era una princesa adolescente y Karila estaba en proceso de gestación. -Oh. -Al cumplir los quince años, estaba preparada para ingresar a la milicia de elite real, hasta que... El follaje de los árboles reververaba en el sitio. -Fuí a lo alto de la muralla con mis padres -continuó Jhimoa-. Ese día, juzgué por mí misma los criterios de la reina para dirigir un pueblo, alegando con mi voz infantil e idealista que sus creencias religiosas no cumplían con los dictamenes altruistas que hacia ver a los nobles. Pronto descubrí más detalles del mandato de Ronia I de Mesti y a los dieciséis años... Se detuvo, bajando el mentón, fijando la mirada en un escarabajo que llevaba una bola a lomos. -Dictó un destierro inmediato al oponerme contra su forma de gobernar, catalogandome como una futura amenaza pública. Sopló el viento, divirtiendose con nuestros cabellos. -¿Jhimoa? -pregunté. Extrajo una daga del fardo a una velocidad vertiginosa, situándose en frente de mí, llevando la daga a la altura del rostro. Sonó acero contra acero, dejando en el suelo un cuchillo afilado. El viento parecía intranquilizarse. -Zalbión, ocurra lo que ocurra, corre lo más lejos que puedas. -Jhimoa... No puedo... -¡Es una orden! -gritó. -Hermanita -dijo una voz socarrona que provenía de la copa de uno de los árboles cercanos. -Loan -dijo Jhimoa, advirtiendo la presencia en la copa-. Eras tú quien seguía nuestros pasos. -El niño no va a ningún lado -dijo saltando desde la copa. Loan... Ese era su nombre... Loan Ventoris. -Te has vuelto un lacayo de Ronia I de Mesti, no esperaba menos de los designios de nuestra familia -dijo Jhimoa expresando desdén al verlo caer con sutilieza desde una altura que cualquiera hubiera muerto. Loan Ventoris era un niño también, teníamos la misma edad. Tenía el cabello rubio y ojos verdes como los de Jhimoa. Debo admitir que tenía un cuerpo tonificado para la edad, dinámico y aspecto sano en comparación conmigo. Su energía era mayor que la mía y como pude captar, controlaba el viento a merced. -Debía aprovechar tu ausencia querida hermana -hablaba con un tono agudo y molesto, fino, como si estuviera en un palacio-. Si no fuera por tu pensamiento contra la corona, no hubiera alcanzado el favoritismo del reino. -Padre y madre te usan como un títere igual que Ronia I, eres un símbolo que pronto desecharán al encontrar alguien mejor que tú -sentí tanta decepción en las palabras de Jhimoa hacia aquel chico, que me pregunté realmente si eran hermanos o una broma de mal gusto. -Ordenes son órdenes, ustedes vienen conmigo o morirán en el intento -dijo alzando las manos como si no le importara que muriese su propia hermana, con una sonrisa de medio lado. -Señorita Jhimoa, baje el arma y entreguese en nombre de nuestra señora -dijo una voz a mis espaldas que reconocí al instante. -¿Dónde esta Salamandra? -preguntó Jhimoa sin bajar la daga-. Siento su energía próximo a nosotros. Una figura de agua surgió al lado de Loan, quien ahora tenía las manos cruzadas en su torso descubierto. Salamandra se materializó, tenía el escapulario bajo y las manos extendidas, preparado para atacar. -Ambos son fugitivos de la rebelión contra la corona -dijo Salamandra-. Queremos resolver en paz nuestras diferencias, la reina recuerda el nombre Ventoris en alto y no dudará en perdonar la insolencia que usted mostró al apoyar un líder rebelde. -No quiero un indulto, quiero escapar de la miseria, abandonamos el reino y dejaremos de ser una carga para la monarquía -dijo Jhimoa. Me aferré al escapulario de ella, mi única aliada.
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