Capítulo 7 (no editado)

1661 Palabras
Escuchaba el río. Extendí los párpados para entender que estaba en algún lugar del bosque, lejos de Nustredam y sus conflictos. Impidiendo el dolor a levantarme mediante un frustrado intento, víctima de la impulsividad juvenil, intenté acumular las pocas energías que me quedaban para sentir su muerte. El dolor que mana mi alma, era incomparable a cualquier otro que llevase mis terminaciones nerviosas en los laterales de mi magullado cuerpo. Saber que un hermano había fallecido en el intento de derrocar un estado en el que creyó dar una solución; consumía en fuego toda emoción en seguir insinuando que la vida tenía tal propósito. Maestro, mejor amigo, confidente y único familiar. Esto que recorren mis mejillas, ¿son lágrimas? Débil, eso es lo que soy, tan débil que no puedo vengar la muerte de mi hermano, no pude defenderlo. Estaría riendo a mi lado en este momento, apoyándome, dando una palmada a mi espalda, comiendo pescado y narrando historias que de pequeño solían difuminar mis pesadillas. Añoro desde aquel entonces cuando desperté, el hecho de volverlo a tener cerca, convergiendo nuestra energía en la eterna hermandad que nos rodea, el vínculo de nuestra sangre fluir con la electricidad, sincronizando nuestras frecuencias. La vida es injusta, rodeada de desdicha ¡y no dejan de caer lágrimas! -Zalbion -escuché reconociendo la dulce voz de Jhimoa-. Cálmate. Sentada en flor de loto cerca de la orilla del río. Jugaba el viento con sus cabellos, meneándose en dirección este. Parecía un ángel, tenía una especie de aura alrededor, transparente, con la energía de su elemento, tan serena. -Cálmate -repitió. Sabía que estaba fingiendo la calma, era ineludible. Cuando enfocaba en mis sentidos a fondo la frencuencia que emitía, estaba alterada, tan alterada que causaría un tornado con apenas estallar. Jhimoa estaba igual de devastada, compartíamos un dolor en común, un dolor profundo que nadie más sentiría, solamente ella y yo. Hipócritas son los que lloran su muerte dos días, quizá una semana o hasta un mes si tanto quieren simular conmoción en la muerte del líder de la resistencia. Una maldita resistencia. -Cálmate -repitió en voz baja, casi susurrando mientras agitaba los hombros, bajando la cabeza. Ese día quería disculparme con Jhimoa por gritar. Sí, grité. Grité tan fuerte que casí rompí mis cuerdas vocales, desatando un torrente de emociones fluyendo en mis ojos. Escuchaba los lamentos de Jhimoa, causando vendavales repentinos. Nunca había escuchado a Jhimoa desconsolada. Cuando nací, mi hermano y ella estaban juntos. Una noche me habían explicado la magia de su amor, como lograron conocerse en la miseria y pactar sus sentimientos en la pobredumbre. Una historia llena de emociones encontradas cuando la vida era una carrera precipitada hacia la muerte. Conocer un amor como el de Jhimoa y Zerks en la vieja capital era desconcertante. Desde el primer momento cruzaron sus miradas para convertirse en compañeros, una indefensa Jhimoa y un intimidante Zerks, intereses que los convirtieron en compañeros, dichos intereses en derribar a otros para conseguir el mejor botín se convirtió en un lazo irrompible al pasar los años, sobreviviendo cada encuentro con la muerte, burlándola en un equipo incomparable como el viento y el rayo. Cuando pasaron a ser jóvenes adultos, se convirtió en un amor, una noche donde ambos miraban las estrellas, hablando sobre el paradero que les deparaba si continuaban viviendo de aquel modo, ahogando los miedos, preocupaciones y angustias en un beso profundo, para luego descubrirse desnudos en la hierba, juntando los cuerpos desnutridos en sazón de la pasión, sin importar las apariencias moribundas. Jhimoa nos consoló cuando nuestros padres fueron ejecutados por negarse a orar un día, donde desmayaron por la sequía en el templo. Tuvieron una muerte tranquila, no sintieron cuando los magos grises estallaron sus cabezas frente la multitud de la capilla. Yo y mi hermano lo vimos, contenidos de ira, superados en número, hecha añicos nuestra felicidad. Jhimoa se volvió madre para Zerks y una hermana para mí. Trataba con una sonrisa nunca borrada de su rostro de animarnos tanto como podía. Nunca fallaba en el cometido de hacerlo, lograba el efecto al cruzar la puerta, siendo la persona para abrazar y en quien confiar ciegamente. Pasaron días desde que estaba acostado. Jhimoa me alimentaba a base de los peces que podía cazar en el río. Armaba una fogata y junto con una cacerola traída de la vieja capital, donde solía hacer viajes encubierta para traer algún material de nuestro hogar, trataba de hacer sopas «especiales» según sus conocimientos en botánica. -Tu hermano era el relámpago que iluminaba mi abismo -dijo una noche cuando el resplandor naranja de las llamas iluminaba su rostro-. Un trueno que inspiraba valentía en mi vida. Tenía los ojos rojos, marcaba en los cachetes algunas rutas de lágrimas. Formaba con las rodillas dos montañas, rodeándolo con ambos brazos, hundiendo el mentón en el medio, contemplando la danza de las llamas. -Yo era el viento que disipaba sus tormentas -continuó con la mirada perdida en los lejanos recuerdos de momentos que no volverán-. La corriente que movía sus huracanes. Aquellas palabras le hicieron quebrar, llevando el rostro en las rodillas. Trataba de levantarme para abrazarla, pero el dolor seguía siendo intenso. Prosiguieron las noches donde ella lloraba a mi lado, siguieron los días donde no paraba de cuidarme. -¿Cómo amaneces? -preguntaba siempre con una sonrisa, aquella sonrisa que no atrevía a desvanecer-. Tienes mejor color, en dos semanas estarás bien. Siguieron los días hasta alcanzar las dos semanas, pudiéndome levantar una noche cuando ella estaba llorando. Me acerqué con las fuerzas renovadas para lanzarme en ella con los brazos extendidos, recibiéndome con un abrazo, lloramos al ritmo del compás de nuestros mal gastados corazones. -Eres lo que queda de Zerks -musitó Jhimoa. Continuamos llorando, fusionando nuestras lágrimas hasta que la fogata dejó de brillar y el sueño nos venció. Ayudé a pescar, cocinar, hacer guardia durante la noche y ser una mejor compañía para Jhimoa. Ella iba encubierta en vigilia de nuestro hogar, procuraba escuchar las noticias que los habitantes mascullaban en las calles, rumores y chismes. -La guardia imperial sigue rastreándonos, debemos marcharnos a Lianca -dijo un día Jhimoa cuando estaba sentado, contemplando el río y los peces nadar en la corriente. Era un joven idealista en aquel entonces. -Merecen la muerte Jhimoa -corté con mis palabras su deseo-. Quiero ir contra ellos. -Zerks rechazó la opción de escapar a Lianca -su voz fue fuerte al pronunciar el nombre. -Entonces, ¿huir y no vengarlo? -dije al final de un silencio incómodo entre ambos. -Perderte no es una opción. -Estaba agotando su paciencia con mi impertinencia. -Me importa una aleta de pez mi vida. -Me posicioné frente a ella, un error del cual aprendí y jamás volveré a cometer-. He perdido lo único que me hacía feliz en esta asquerosa vida que estamos destinados por siempre. -Yo también perdí lo único que me hacía feliz. -El rostro de Jhimoa se ensombreció, el viento empezaba a soplar con fuerza-. No perderé lo poco que queda de él por tu estupidez, ¡la estupidez que marcó su muerte! Una ventisca me empujó al suelo de improviso. Sus ojos verdosos brillaban, los árboles a su alrededor estaban revueltos en las ráfagas de viento, cayendo ramas e incluso los troncos más ajados, haciendo sonidos atronadores. La brizna de la corriente del río al acelerarse, mojaba mi rostro y parte del cuerpo. Suprimí un grito de miedo al saber que había desatado la furia de Jhimoa. -¿Tú crees que la gente está haciendo algo por el líder? -Dijo Jhimoa ofuscada-. Esos miserables estan viviendo como si nada, en el estiércol donde decidieron revolcarse y conformarse. -Señaló en dirección a la vieja capital-. ¡La idea inútil de una rebelión creyendo en un pueblo dominado por una tirana fracasó! -Jhi… Jhimoa. -¡¿Planeas morir cuando salvé tu vida, prometiendo a tu hermano protegerte?! -Alzando los brazos, las ráfagas incrementaron, era temible-. ¡La humanidad es desconsiderada, Zalbion! ¡Sacrificó el amor que sentía por ambos al tratar de liberar un pueblo de la opresión de una tirana, tenía opciones! -Olvidar su grito es imposible, aún me causa pesadillas-. ¡NADIE VALORÓ SU VIDA Y NADIE LO HA LLORADO COMO NOSOTROS! Sí, esta vez era la primera ocasión en verla gritar con tanta ira y sentir en verdad el poder que ocultaba. Estaba delante de una Jhimoa herida. La humanidad es desconsiderada con sus líderes. Mi hermano luchó día y noche para ejecutar una revolución contra la monarquía, es olvidado, desplazado y traicionado por sus compatriotas quienes un día le alababan, aclamaban y ayudaban. Desgraciados hipócritas, la humanidad es hipócrita. -¡Zalbion! Sus ojos se abrieron como cortinas desplegadas, la ví disolverse en una capa de aire que me empujó de inmediato al otro lado del río, mientras una masa gris se expandía y recogía uno, dos, tres y estalló donde estaba, dejando un cráter en su lugar. -Debemos escapar. Me tomó de los brazos sin dejarme reflexionar sobre lo sucedido. Nos adentramos al bosque y después de recuperarme de la conmoción, miré para presenciar a tres magos grises de la guardia imperial. Detrás de ellos mientras se convertían en puntos a la distancia, emergieron cuatro jinetes, cabalgando en caballos negros. -¡Mantente a mi espalda! -dijo Jhimoa jalandome detrás de ella, me aferré cuanto pude a la tela del hábito. Alzó los brazos, expulsando dos tornados de las manos, los cuales arrancaron árboles y tierra mientras crecían. -¡Zonariom Ventora! -recitó. Los tornados de sus manos eran horizontales, los unió y formaron una ola devastadora que absorbía lo que encontrase en la marcha, creciendo cuando devoraba las entrañas del bosque en dirección a los jinetes cuando se desprendieron de ella. -¡Toma mi mano! -exclamó Jhimoa extendiéndo su mano. Me tomaba desprevenido la situación, paralizado del miedo, tenía tanto miedo… -¡Idiota! -rugió Jhimoa asiando mi mano. Desaparecimos en un parpadeo.
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