ANA El día soleado de pronto se nubló, literalmente hablando, las nubes han cubierto casi todo el cielo, amenazando con una tormenta. No puedo creer que Alex me haya enviado a detención, jamás he estado ahí, ni siquiera cuando a Reagan se le ocurrían todas esas locuras que nos metían en otra clase de problemas. Y ahora estoy aquí, sentada, mirando un punto fijo en la nada, dentro de la cafetería. —¿No piensas comer? —me pregunta Piper, quien ha subido uno o dos kilos. —Tú eres la que no debería comer —suelto sin pensar. —¡Ana! —me regaña Caroll, escupiendo por la boca, un poco de comida. —Lo siento, Piper —suelto un suspiro lleno de cansancio—. No estoy de humor. —No te preocupes. Me le quedo viendo, tiene mala pinta, de hecho, creo que quiere vomitar, miro de soslayo a Elaxi,

