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2307 Palabras

—Te llevaré —comentó Eduardo acercándose hacia mí. —No, como tú ves. Prefiero irme sola, tu puedes seguir siendo succionado por tu novia —comenté y me separé de la puerta. Me sentía molesta y en parte ni siquiera sabía por qué demonios me sentía así. Llegué a la casa después de varias cuadras de caminar, con el sol pegado a mi espalda, ya que al muy condenado se le había ocurrido aparecerse con todo su esplendor. Me sentía toda pegada, y creía que si pasaba por la puerta me iba a quedar ahí para siempre. Y mi olor tampoco ayudaba a mi estado de ánimo. Se ve que me tenía que bañar, mis pies lo activaron. Me quité las zapatillas y las dejé desparramadas por el pasillo. Me saqué los calcetines, y el olor fétido pronto llegó a mis fosas nasales. —¿Tan feo vuelo? —pregunté en voz alta mientr

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