Ese día no hice más que desear desaparecer, André era por mucho, más arrogante de lo que esperaba. No guardaba sus palabras, ni media sus actos, guardaba silencio cuando otros venían y solo daba respuestas a su esposa.
Ante sus órdenes y casi amenaza sobre su traje, Charlotte le calmó, y una vez más yo ofrecí arreglarlo.
Huí un par de veces, buscando refugio en las cuatro paredes de un pequeño baño que había en la oficina, fue allí donde tomé aquella tarjeta de presentación que André me había dado en la cafetería.
Él estaba allí, y me había flechado más rápido de lo que debía.
Fue entonces cuando entendí las advertencias de Clara, él era encantador de solo verle. Fuerte y varonil, aquel tipo de hombre con el capaz has fantaseado en secreto toda tu vida.
Charlotte era afortunada de tener aquel gran hombre, pero temía la fidelidad que podría llegar a tenerle.
La puerta siendo golpeada tres veces me sacó de mis pensamientos.—¿Si? ¡Ya salgo!—Grité guardando aquella carta y bajando el WC fingiendo estar allí.
Lavé mis manos, arreglé mi cabello y salí sonriente.
Una vez fuera, me encontré con André.—¿Te escondes?—Preguntó sin cuidado.
Era imponente, temerario y decidido. No tenía miedo de nada.
—No, usaba el baño.—Me defendí tratando de salir de allí.
Él bajó su brazo hasta apoyarlo en la pared, dejándome entre ella y él.
—Talia, Talia. Debes ser buena chica si quieres permanecer aquí.—Susurró sin más. Mis alarmas, al igual que mis miedos, se hicieron presentes.
¿Qué significaba eso? ¿El jefe coqueteaba conmigo?
—¿Estás coqueteando conmigo?—Dejé salir sin miedo.
Él me miró de arriba a abajo, rió con sarcasmo.—Tómalo como quieras, nueva.—Y se marchó.
Una vez lejos, solté el aire que de manera involuntaria había retenido en mis pulmones. Él generaba eso quizás no solo en mi, si no en todas las mujeres que le conocían.
No hice más que seguir aquel día y tratar de fingir que no ocurría nada que André estaba cerca, pero la verdad era que mi mirada se perdía en él y mi pulso se aceleraba.
Comencé a fantasear con mi jefe más rápido de lo que debía, era inevitable no pensar en un momento intimo con él, sobre el escritorio, sobre la silla o contra la pared.
No recordaba la última vez que había tenido un poco de acción en mi vida. Probablemente había pasado un año, apenas cuando tenía 18 años, pero el resto del tiempo, no hice más que entregarme por completo a lograr una meta, y esa meta me había puesto junto a él.
Tenía que tener presente que estaba jugando con fuego, Charlotte me había dado la oportunidad única, creyendo en mi y en mi trabajo, y yo solo estaba de éste lado pensando y fantaseando un momento erótico con su esposo. Eso era injusto, totalmente injusto. Pero, ¿En éste mundo había justicia?
—¿Todo bien?—Preguntó Charlotte poniendo una mano en mi hombro y sacándome de todos mis pensamientos, y haciéndome pegar un pequeño brinco de miedo.—Lo siento.—Rió.—No buscaba asustarte.
Yo solo reí, peiné mi cabello tras mi oreja y asentí.—Tranquila, solo soy un poco asustadiza.—Me excusé.—Pero todo bien, solo mal día. Estoy ordenando los documentos que me dijiste la semana pasada, ya no falta mucho para acabar.—Dije señalando la pantalla.
—Más que bien, yo creo que me iré temprano a casa hoy, debo ordenar un par de cosas. Pero tranquila, cualquier duda puedes preguntarle a André, estará hasta tarde en su oficina.—Se despidió, sonrió y subió aquel mismo ascensor.
Yo respiré hondo y miré cada rincón de la habitación. Había quedado completamente sola con aquel seductor hombre.
No hice más que pasarlo por alto, respirar hondo y meterme de lleno con la tarea que tendría aquel día.
Poco a poco, el día fue cayendo, la noche entrando y el momento de volver a ver a André.
Terminé mis tareas y caminé lentamente hasta su oficina, toque con cuidado dos veces hasta oír un leve “adelante”, del cual me arrepentiría inmediatamente.
—Señor.—Dije ante la puerta.—Mi día a terminado, quería solo informarle.—Avisé jugando con mis manos.
Él despegó la mirada de su ordenador, me miró de arriba abajo y rió.—¿Y mi traje?—Dijo poniéndose de pie.—Aquí sigo viendo la mancha en él.—Señaló.
Yo solo asentí y quedé inmóvil.—Sí señor, espero que lo traiga para ponerme al día con ello. Prometí que lo arreglaría y lo haré.—Respondí sin cuidado.
Pero él una vez más me vería y en silencio comenzaría a quitar su saco.—¿Qué hace?—Pregunté con miedo.
—Darle mi traje.—Continuó.
Mi respiración comenzó a agitarse y los miedos se hicieron presentes.—Creo que es mejor idea que lo traiga mañana, señor.—Respondí en defensa.
Pero él me miró en silencio, se aproximó a mi y comenzó a desabrochar cada botón de su camisa.
Poco a poco fui viendo su pecho, sus pectorales y finalmente estaba completamente desnudo de la cintura para arriba ante mi.
Sentía mi pecho subir y bajar sin disimulo, él sabía lo que generaba en mi, y se aprovechaba de eso. Le gustaba generar tensión, y por mucho, tener el control.
—¿Se siente bien señorita Clara?—Preguntó poniendo sus dedos con cuidado sobre mi frente, algo que haría mi cuerpo entero estremecer.—La noto un poco pálida.—Continuó.
—Estoy bien, estoy bien.—Balbuceé rápidamente.—Solo que es tarde, debo irme.—Continué rápidamente.
—¿Y qué espera? Ya puede irse.—Dijo sin más, dejando en mis manos su traje y su camisa.Más rápido de lo que debía, giró su cuerpo y caminó semidesnudo una vez más hasta su escritorio, levantó una vez más su mirada y me miró sin escrúpulos.—¿Segura que está bien? Siento que está un poco agitada.—Dijo con un tono burlón.
Lo miré en silencio una vez más, tomé las cosas con fuerza y solo fui capaz de decir,—Buenas noches, señor André.—Y me marché.