Se sentía irreal estar allí, ella era dulce y pacífica. Sin importar el peso que llevase sobre sus hombros, no temía de nadie, ni seguía órdenes.
El trabajo lo quería impecable y amaba el silencio. Hablaba poco con los empleados y un poco más conmigo.
El tiempo me llevó a conocer todas las facetas de Charlotte y en cuestión de semanas, se había vuelto mi mejor amiga.
Hacíamos un equipo increíble, inclusive ella lo notaba. Se notaba su alegría y su paz al tenerme allí. Cada mañana iba por el café y llevaba uno para ella. Ella siempre llevaba galletas horneadas en casa.
Charlotte era una mujer de 35 años que había dejado su vida en la empresa, así como siendole fiel y útil a su esposo. No había tenido hijos nunca y se cerraba a la idea de llegar a tenerlo. Se excusaba que su tiempo había pasado y que tenerlos era una carga más que no quería tener.
Estaba en su derecho y era increíble que lo impusiera sin miedo. Suponía que su esposo la entendía, y no solo eso, apoyaba aquella decisión.
Seguía sabiendo poco del señor Smith, más allá de las advertencias de Clara y las cortas historias de Charlotte, solo sabía que era un hombre temerario y muy decidido.
Charlotte y él llevaban un matrimonio de muchos años. Se casaron cuando ella tenía 25 y él 30. 5 años de diferencia que se hacían nada porque su mente y cuerpo tenían la misma edad. Eran jóvenes de mente y alegres como nadie más. «Al menos eso decía»
Las primeras semanas no hice más que convencer a Charlotte de que me necesitaba, asegurando ser la mejor empleada que tendría y la amiga que iba a querer.
Hice mi trabajo a la perfección, cumplí horas extras con ella y me volví su calma dentro de aquellas infinitas toneladas de papel.
No sabía si Charlotte había tenido otra Talia en su vida. No sabía en algún punto había pensando en tener una asistente o solo le había llegado yo como anillo al dedo. «Pero tampoco quería preguntar.»
Después del primer mes no hice más que comprar ropa adecuada al trabajo. Siguiendo las reglas de Charlotte a la perfección, e inclusive llegando 10 minutos antes cada mañana.
Muchos se burlaban sobre mi comportamiento, era exagerada y lamepisos. «Dijo Clara un tanto burlona»
Pero me encantaba lo que hacía y siempre buscaba la perfección. Pero fue entonces para el segundo mes en la compañía Smith que los problemas realmente llegarían.
La llegada del jefe, el señor Smith.
Había estado de trabajo durante meses y nunca había tenido la oportunidad de conocerle. Pero las semanas se hicieron presentes y llegó el momento de conocer al temido esposo de mi jefa, el dueño de Compañías Smith.
Esa mañana la recuerdo con exactitud, hacía frío por las calles de New York, usé ropa caliente, maquillaje discreto y una ducha hirviendo.
Estaba cansada, pues, mi noche en casa había sido larga. Adelataba trabajo inclusive fuera de las oficinas.
Pero no tenía más opciones que sonreír, tomar las llaves y salir de casa.
Una vez fuera de casa, seguí mi rutina diaria y fui al café que quedaba en el camino para comprar mi café y el de Charlotte.
Una vez allí, una mejor idea se cruzó por mi mente. Un café para Smith, el jefe de todos y aquel que no conocía. Al menos debía comenzar con el pie derecho con él. Una buena impresión nunca estaba de más.
—Buenos días, un café con leche, un café solo y...—¿Qué le gustaría al señor Smith? Lo mismo que su esposa, fue lo que pensé.—Mejor, uno con leche y dos descafeinados.—Dije sonriente.
Anotaron mi orden y se fueron en búsqueda de ella, cancelé mi pedido y me dirigí de regreso al automóvil. Una vez saliendo, iba tan concentrada en no hacer caer los cafés, que terminé de arruinarlo al chocar con un gran cuerpo masculino.
—Mierda.—Grité al sentir mi cuerpo contra el pavimento. Los cafés derramados por el suelo y aquel hombre extraño, quejándose del desastre que había ocasionado.
—¿¡Acaso no miras por dónde caminas!?—Preguntó molesto.
Al verle fue inevitable hacer que mi mirada se fuese sobre él. Ojos azules, cabello n***o, piel blanca y una barba algo baja. Sus venas marcadas por todo su cuerpo y un aroma envolvente. Iba de traje y apretaba su mandíbula con ira.
—Yo... Yo lo siento mucho, señor. Fue mi error, iba distraída.—Balbuceé demasiado rápido.
Él no hizo más que mirarme apretando su mandíbula y mirándome fijo.—¿No dirás nada más? ¡Arruinaste mi traje! ¡Y con café, eso no caerá pronto de mi camisa blanca!—Gritó molesto.
—Yo... En serio no quise que ésto pasara. Prometo arreglarlo, pero ahora voy muy tarde a un día muy importante en mi trabajo.—Dije poniéndome de pie rápidamente.—Deme su número de teléfono, prometo llamarle más tarde y arreglar su traje. Puedo arreglarlo o darle uno nuevo.—Dije rápidamente.
—No tienes ni idea de cuánto cuesta éste traje.—Dijo sacudiendo la tierra de su traje.—Y estoy seguro que no te alcazará con el sueldo que debes tener a ese trabajo que llegarás tarde.—Rió.—Pero ten.—Dijo sacando una pequeña tarjeta que tomé y guardé en mi bolsillo inmediatamente sin leer.—Allí mi número, espero tu llamada más tarde para que resuelvas el desastre que haz hecho.—Sugirió.
No hice más que asentir y correr de regreso al automóvil. Por suerte, no tenía rastro de café sobre mi ropa, pero ahora iba al trabajo sin cafés y con una deuda de un traje que probablemente costaba más que el carro en el cual conducía.
Maldije al ver la hora y no hice más que acelerar de manera apresura y dirigirme a la oficina.
Por primera vez en semanas, llegaría tarde a la oficina.